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La Coctelera

Categoría: HISTORIAS DE MUJERES

Divorciada, con más de cincuenta y muy apasionada.

Posteado por: cuentocaliente el 19 mar En: HISTORIAS DE MUJERES - 1 comentario

“Una mujer con más de cincuenta años, recién divorciada a pocos sitios puede ir”. Eso pensaba yo, repudiada por mi exmarido que alegó insatisfacción sexual ante el juez para que este concediera el divorcio. De esta manera me humilló ante familiares y amigos.

Deprimida, pasé una larga temporada encerrada en casa, sin ganas de salir para entretenerme. Mi hija mayor, un encanto, intentó animarme, convencerme de que debía seguir viviendo plenamente y que después del divorcio con más razón aún.

Un día, don Arsenio, un vecino diez años mayor que yo y viudo desde hacía al menos cuatro o cinco años, al encontrarme en el supermercado me invitó a salir a pasear por el parque la tarde que a mí me apeteciese. Vi que al buen hombre le costó expresarse y valoré su esfuerzo como un gesto de verdadero interés y honestidad, aún así, no le di una respuesta inmediata. Lo consulté con mi querida hija, que entusiasmada me alentó a aceptar la invitación de don Arsenio, ya que a ella le parecía un buen hombre, educado y no carente de atractivo pese a la edad.

Una buena tarde me vi paseando junto a él por un bonito parque. Se portó como un caballero en todo momento, y cuando esto lo hace un hombre a una la hace sentir más mujer. Agradecida acepté una segunda cita: esta vez a cenar en un lujoso restaurante. Fuen una velada agradable en la que finalmente empezamos a hablar en profundidad de nosotros mismos, de nuestro pasado y de nuestros sentimientos. Le conté el motivo por el que mi ex me abandonó y el bueno de Arsenio confesó que a su edad ya no importaba el sexo tanto como la compañía de una mujer, una buena mujer como yo. Esto me conmovió, por lo que tras la cena acepté ir a su casa pues quería que viese su albúm de fotos familiar.

En su acogedora casa me invitó a tomar algo. Acepté un martín y juntos vimos fotos de su difunta esposa, que parecía una mujer feliz en todo momento, y de sus hijos, todos muy guapos y sonrientes. Comprendí que Arsenio había sido un buen padre y sobre todo un buen marido.

A pesar de la diferencia de edad entre nosotros, concluí que era el hombre que me convenía. En eso pensaba cuando se acercó a mi cuello y empezó a besármelo posando incluso una de sus manos sobre mis senos. Inmediatamente me despegué de él y le recriminé con ira su atrevimiento diciéndole que era como todos y que al fin y al cabo se veía de lejos que era un cerdo que sólo buscaba sexo.

Arsenio se excusó compungido asegurándome que no se trataba de eso, solo le había traicionado el nerviosismo, mi belleza, quizá el vino ingerido en la cena, y sobre todo el hecho de llevar tanto tiempo sin la compañía de una mujer. No acepté sus disculpas y me marché de inmediato con los ojos arrasados por las lágrimas.

Durante unos días me hallé triste por el episodio vivido. Arsenio habló con mi hija y por ella supe que él también se encontraba desolado. Pensé mucho a lo largo de una semana, valorando la situación, analizando mi vida de casada, intentando comprender a Arsenio e imaginando cómo sería mi futuro, bien sola, bien en compañía de un hombre como él. Le telefoneé; tembló de emoción al oír mi voz, reiteró las disculpas diciéndole yo que no eran necesarias, que yo era la que tenía que pedir perdón, que me comprendiera, que todo había sido muy rápido y complicado para mí, pero que al final lo que realmente deseaba era estar con él, por eso esa tarde decidimos ir juntos al cine y comenzar de nuevo.

Me puse un vestidito sexy que compré exclusivamente para la ocasión y para disfrute de mi Arsenio. A él le sorprendió gratamente, pero fue muy delicado al alabarme el gusto. Fuimos charlando tiernamente hasta el cine, y una vez dentro comprobamos que había poco público, quizá porque la película no era muy buena. Esos días sin él fueron de reflexión, una reflexión que me llevó a determinar que en efecto mi matrimonio fracasó por la cuestión del sexo. Por eso ahora yo había de procurar que fuese distinto, y empezaría en esa sesión nocturna.

Acerqué mi boca al oído de Arsenio para hablarle mediante susurros y le dije que no se sorprendiera de lo que yo estaba a punto de hacer, que lo amaba y deseaba hacer algo que nunca había hecho por un hombre, pero que con el me salía del alma. Me levanté de mi butaca y me arrodillé entre las piernas de él, que puso cara de estupefacción, pero aún así me dejó hacer, no antes de preguntarme que por qué lo hacía, a lo que yo le contesté que por amor y que porque quería verle disfrutar.

- Te la voy a chupar cariño –le dije- pero quiero que antes me confieses con sinceridad si alguna vez te ha hecho esto una mujer.

- En mi vida –dijo en un tono serio que confirmaba una actitud sincera en la respuesta.

- Yo tampoco se lo he hecho a un hombre –dije yo mientras él asentía sabiendo que no le estaba mintiendo- por eso Arsenio quiero que ambos disfrutemos de esta primera vez.

- Si querida –me dijo-, estoy deseando de que empieces…

Mientras él pronunciaba estas palabras yo había bajado la cremallera de su pantalón, introduciendo mi mano bajo sus calzoncillos y agarrando su pene, que encontré entre flácido y duro. Pensé que a lo mejor a su edad tenía algún problema de disfunción eréctil, sin embargo me propuse salir de dudas empleando bien mi boquita.

Primero olfateé sus bajos, comprobando, contrariamente a prejuicios que me habían hecho pensar que quizá allí oliese a orines, que sus genitales desprendían un atrayente aroma balsámico, debido a los cuidados higiénicos a los que se habría sometido previamente Arsenio.

El tacto era suave, pero apenas podía ver lo que tenía entre manos. Apenas lo había tocado cuando noté que Arsenio se estremecía.

-¿Qué te ocurre cariño? –le pregunté.

- Nada, solo que tu respiración sobre mi…

-…tu polla, ¡sí! –le ayudé.

-…tu respiración sobre mi polla me hace sentir un cosquilleo excitante.

- ¡Siéntete cómodo y disfrútalo!

De repente la pantalla mostró una secuencia de la película en la que predominaba un ambiente soleado, lo que alumbró un poco más la sala, sobre todo la fila de butacas en la que nos hallábamos. Pude ver bien la verga de Arsenio, que por momentos, con mis caricias, crecía ante mi cara. Su glande, o capullo como diría mi exmarido, era de un rosáceo más acentuado que el resto de su pene. Era probable que lo hubiesen operado en la juventud de fimosis, ya que el capullo se mostraba totalmente descubierto. Iba pasando del rosado pálido al rojizo intenso casi morado conforme crecía, y así mismo su piel se estiraba desapareciendo cualquier finísima arruga, por lo que el capullo adquiría una sugestiva brillantez de caramelo.

Acerqué mis labios y el primer contacto fue el de un tímido beso en la punta de su polla. Esto le hizo estremecer más a un hombre que iba a recibir un trato al que pocos machos se resistirían a ser sometidos. Seguí con más besitos en el capullo, a lo largo de su pene e incluso busqué los testículos, que advertí enormes y pensé “como los de un toro”. Con este trato previo no sólo pretendía apaciguar a Arsenio y relajarle para que disfrutase más, sino controlar mis propios nervios y ejercitarme para la posterior tarea de la mamada, en la que me proponía poner todo mi empeño y amor.

Me di cuenta que Arsenio tenía un buen aparato cuando lo tuve totalmente rígido entre mis manos y recorrerlo con mi lengua, que ya había entrado en acción, era un “camino” largo. Con lo de la lengua conseguí que él se derrengase sobre la butaca del cine y se preparase definitivamente para gozar.

Me metí el glande en la boca y tras unos segundos de incertidumbre, por no saber muy bien como proceder, lo ensalivé. Arsenio posó sus manos sobre mi espalda y la acarició, pero poco a poco una de esas manos se fue desplazando hacia mi nuca, para sujetar mi cabeza y no dejar que “aquel placer se escapase”. Fui tragando pene progresivamente hasta atascar mi boca de carne; subiendo y bajando mi cabeza, expulsaba su polla y la volvía a tragar. Me esforzaba en que mi saliva no fuese escasa para poder lubricar bien el cilindro.

Levanté la vista para mirar su cara justo después de haberle oído suspirar. Su cara manifestaba un gozo enorme. No fui yo la que decidió volver a agachar la cabeza, sino él el que empujó mi nuca hacia abajo en un gesto que ya tenía poco de delicado. No obstante me agradó ese trato. La mamada continuó un minuto más antes de volviese a respirar para coger aire, porque aquel pijo en mi garganta me ahogaba. Le pregunté si gozaba y me respondió afirmativamente moviendo solo su cabeza de arriba abajo y con los ojos cerrados. De nuevo me obligó a tragarme su herramienta.

Noté por debajo de mi blusa el endurecimiento de mis senos y en las bragas cierto humedecimiento. Con una mano me toqué las tetas por encima de la camisa, más por comprobar la consistente dureza insólita de la carne que por autosatisfacerme; este gesto no lo advirtió Arsenio, ni yo quería, quizá por cierto pudor. El caso es que no podía retirar mi mano de mis tetas de lo sorprendida que me hallaba de aquella facultad sorprendente de mi naturaleza no manifestada hasta aquel momento. No solo me resultaban mis senos más duros sino que también me parecían más grandes.

- Cariño…-me dijo- creo que voy a…

No supe bien a que se refería hasta que una primera descarga de caliente líquido hizo aparición en mi boca.

-…¡correrme! –concluyó.

No hice ascos y dejé que se vaciara completamente en mi boca. Su explosión de semen inundó mi garganta. Nunca imaginé que un hombre pudiese expulsar tal cantidad de esperma. Como después me explicó, llevaba demasiado tiempo sin eyacular. El sabor me recordó a la mar, al olor salitroso del agua marina, que tanto me ha gustado siempre.

Apenas dio tiempo a más porque la película concluía. Volví a sentarme en la butaca después de haber ayudado a Arsenio a guardar su revólver que poco a poco se desinflaba. Limpié un poco mi boca apenas manchadas las comisuras de un semen que tragué casi en su totalidad. Se encendieron las luces de la sala y mi futuro marido y yo nos mirábamos encandilados a los ojos, el de puro agradecimiento y yo de amor. Le pedí que me llevase rápidamente a su casa para poder seguir amándonos.

Pero antes de salir del cine advertí que una pareja formada por una mujer y un hombre de más o menos nuestra edad y que se sentaban en la fila de butacas trasera, mostraban un semblante que les delataba haber estado mirándonos. Ella algo escandalizada, pero él totalmente encantado, como diciéndole a su mujer “aprende de esa otra”.

Lo de los mirones no nos causó vergüenza ni disgusto, sino más bien supuso un acicate para el nacimiento de nuestra más que probable ardorosa relación sexual.

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ESE EXTRAÑO

Posteado por: cuentocaliente el 3 feb En: HISTORIAS DE MUJERES - 3 comentarios

Se acababa de levantar, estaba en la cocina con una taza de café caliente entre las manos.

Apoyada contra la ventana miraba hacia arriba, el cielo estaba despejado y ya comenzaba a hacer calor a esas horas de la mañana.

Un ruido llamó su atención, miró hacía abajo y pudo observar como se abría la ventana de enfrente, un piso más abajo. Era él, aquel muchacho que llevaba dos meses viviendo en el edificio, estaba en el baño y se disponía a afeitarse. Tenía el torso desnudo y una toalla enrollada en la cintura, ella no pudo evitar mirarle y se escondió tras la cortina de la ventana como si estuviera haciendo una travesura. Podía verle muy bien desde allí, era un chico muy atractivo, tenía la piel bronceada y los músculos de los brazos marcados, aunque no demasiado. No tenía prácticamente vello en el pecho y se podía adivinar que hacía deporte por su aspecto tan fibroso, llevaba el pelo un poco largo y ondulado.

Ella se sorprendió de la excitación que le provocaba ver a ese hombre, deslizó sus manos sobre su bata de seda, acariciándose y dejando que se resbalasen sobre la suave tela, esa sensación le gustaba y disfrutó de ella sin apartar la mirada de la ventana. Sin querer sus manos tiraron del lazo que sujetaba la bata y sus dedos se dirigieron lentamente a su entrepierna, tenía ganas de tocarse, tenía ganas de sentir…

Levantó suavemente la tela de sus braguitas, él estaba terminando de afeitarse y estaba agachado ante el lavabo, lavándose la cara. Se incorporó y de repente sus ojos se clavaron en la imagen de una mujer que le observaba desde el piso de arriba, ella se sobresaltó y se escondió rápidamente tras la cortina, el corazón le latía fuertemente mientras se abrochaba la bata. No podía creer lo que había estado a punto de hacer, ¿le habría visto aquel muchacho?... Tímidamente volvió a mirar a través de la cortina, él seguía allí, se quitó la toalla que le cubría quedando completamente desnudo. Mientras entraba en la ducha volvió a mirar hacía la ventana de arriba y adivinó una silueta agazapada que seguía observándole.

Ella se vistió y decidió salir de casa para ir al supermercado, en el camino iba pensando en lo que le acababa de pasar. Era una mujer madura, tenía cuarenta y siete años, casada y con hijos, aquel muchacho podía ser hijo suyo, tendría unos veinticinco años como mucho. Era feliz en su matrimonio, aunque su vida sexual dejaba mucho que desear, hacía el amor con su marido de manera rutinaria y mecánica, casi no sentía placer. Muchas veces se había imaginado a sí misma como la protagonista de una película porno, probando todas esas cosas que había visto, siendo penetrada por todos lados y por muchos hombres, pero enseguida se arrepentía de esos pensamientos al imaginar lo que pensaría de ella su marido e incluso sus amistades, su círculo social era muy conservador y muy religioso, se sentía como una niña pequeña a la que le decían que eso era pecado. Pero ella intuía que el sexo tenía que ser algo más que lo que su torpe marido le ofrecía en la cama.

Inmersa en sus ensoñaciones volvió a casa cargada de bolsas, el portero le abrió la puerta y la saludó como muchos otros días. Subió en el ascensor hasta el tercer piso y buscó la llave en el bolso, abrió la puerta de su casa y cogió una de las bolsas que había dejado en el suelo, con el pie empujó la puerta para cerrarla pero no se oyó el ruido del portazo habitual. Ella se giró a la vez que una mano le tapaba la boca y el filo de una navaja presionaba contra su cuello, las bolsas cayeron al suelo y pudo ver como una manzana rodaba por el suelo hasta chocar contra una pared.

- No se te ocurra gritar- le susurró una voz al oído.

En el espejo del recibidor pudo ver el reflejo de su atacante, era un hombre alto, llevaba la cara tapada con un pasamontañas negro y las manos enguantadas. Podía notar el tacto del cuero contra sus labios y la fuerza de los brazos que la apretaban contra el pecho de aquel hombre, sin duda era una persona fuerte y joven.

Él empujó la puerta y se cerró de un golpe, después la llevó a la fuerza por el pasillo hasta su habitación y la hizo tumbarse en la cama. Comenzó a llorar, estaba muy asustada y todo su cuerpo temblaba. Él se le acercó sin soltar la navaja y besó sus lágrimas.
- No tienes nada que temer. Estoy aquí para hacer realidad tus sueños.

Y deslizó sus besos hasta su boca, ella se resistió pero ante la fuerza de su lengua y al temor de ser herida por el filo del arma, acabó abriendo sus labios para dejar que la besara. La sensación de esa boca desconocida la desorientó y no se dio cuenta de que mientras recibía ese beso, él la había esposado a los barrotes de la cama. Quiso gritar al verse tan indefensa pero esa lengua ocupaba todavía su boca y no le dejaba hacerlo, así que apretó sus dientes con fuerza y el extraño se retiró rápidamente hacía atrás.
Antes de que pudiera gritar la mano de cuero le tapó la boca mientras le susurraba:

- Confía en mí, por favor.

Los ojos de aquel hombre se clavaron en los suyos y parecían decirle la verdad, parecía que ese hombre no iba a hacerle nada malo. Él le tapó la boca con un pañuelo que sacó de un cajón de la cómoda y se sentó a su lado, observándola. Estuvo así varios minutos, hasta que sus manos comenzaron a acariciarla, suavemente, muy despacio. Ella se puso tensa y no quitaba la miraba de esos ojos que se dejaban ver entre los agujeros del pasamontañas, poco a poco fue relajándose y empezó a sentir lo agradable que eran esas caricias. Esas manos desabrocharon su blusa lentamente y se apoderaron de sus senos, la sensación de los guantes de cuero contra su piel le excitó y cerró los ojos, lo que aquel hombre le hacía le estaba gustando y eso no estaba bien, era un extraño que había irrumpido en su casa y pretendía violarla.

El filo de la navaja rasgó la tela del sujetador y sus pechos quedaron expuestos, con los pezones bien duros. Él acercó sus labios y comenzó a chuparlos, deslizando su lengua con avidez, ella sabía que no iba a poder contenerse a eso y notaba como sus braguitas se humedecían poco a poco. En su interior luchaba por no sentir placer pero esa lengua la volvía loca y no podía resistirse. Sintió unos suaves mordiscos en los pezones mientras unas manos se sumergían bajo su falda buscando su cálida entrepierna. Podía notar la erección de aquel hombre frotándose contra ella, parecía que el pantalón le iba a reventar cuando se desabrochó la cremallera y liberó una enorme verga sonrosada que apuntaba hacía arriba. En su escasa experiencia sexual jamás había visto algo parecido.

Enfrente de la cama había una mesa pequeña, como de un metro de altura, cubierta por una tela de terciopelo y llena de fotografías. Él se dirigió hasta la mesa y de un manotazo tiró todo al suelo, luego se acercó hasta ella y la liberó de sus esposas haciéndola levantar de la cama. Esto la asustó, no sabía lo que se proponía aquel individuo, pero por una extraña razón, no forcejeo demasiado, se dejó llevar hasta la mesa y él la tumbó encima con el pecho apoyado sobre la tela. En un rápido movimiento esposó sus manos a las patas y usó dos pañuelos para sujetar sus tobillos a las otras dos patas. No podía moverse en absoluto, él se le acercó por detrás y le subió la falda hasta la cintura, llevaba unas medias de encaje negro con un liguero y unas braguitas a juego, notó como le rasgaban las bragas con la navaja y su sexo quedaba totalmente expuesto para aquel desconocido.

Los dedos enguantados recorrieron su cálida abertura recogiendo los flujos que comenzaban a salir, esto hizo sonreir al hombre, sabía que ella iba a disfrutar de aquel encuentro. Deslizó la fría navaja por el ardiente sexo , esto la hizo estremecerse. De repente notó una lengua recorriéndola, buscando su vagina, su clítoris… Dios mío, hacía mucho que no sentía tanto placer, alguna vez su marido se había entretenido en hacerla disfrutar, pero ya no se acordaba de eso. Notaba como la lengua se agitaba dentro de su ser y las piernas le temblaban por las oleadas de placer que acudían a su cuerpo. Mientras los dedos de aquel hombre acariciaban su clítoris y conseguían que un orgasmo la invadiera. Abrió los ojos y pudo ver en el suelo una fotografía de su boda con el cristal hecho añicos, aquel extraño le había proporcionado el placer más intenso que había experimentado en su vida. Y ahora quería más y él estaba dispuesto a darselo, se acercó hasta su boca con su pene erecto entre las manos, retiró el pañuelo que la tapaba y la obligó a chuparlo sujetándole el cabello con las manos. Pensó que tendría que forcejear con ella para que se la comiera, pero para su sorpresa ella aceptó ese miembro en su boca y comenzó a mamarlo sin miramientos. Él se derretía de placer, al fin la tenía allí, toda para él, como había soñado muchas veces, chupaba su pene con muchas ganas y se sometía a él como en sus fantasias. Ya no pudo más y se volvió a colocar detrás de ella penetrándola de un golpe, se agarró a sus caderas y comenzó un ritmo frenético entre los gemidos de ambos. Él sabia que debía controlar la situación o se correría pronto, así que ralentizó sus movimientos y con su guante buscó los fluidos que rezumaban de ella, se impregnó bien de ellos y se dirigió a su ano, para comenzar a dilatarlo.

Ella enseguida se dio cuenta de lo que pretendía, nunca había practicado sexo anal y le entró miedo pero decidió relajarse y sentirse como la protagonista de esa película porno que tantas veces había imaginado. Un dedo se introdujo en su ano moviéndose en círculos mientras él seguía follándola sin descanso, la sensación fue un poco dolorosa al principio pero le fue gustando poco a poco y la enloqueció cuando sintió dos dedos en su interior agitándose y dilatando su agujero. Cuando estuvo lista él sacó su miembro de la vagina y lo acercó despacio hasta su ano, penetrándola con cuidado, pero con decisión y hasta el fondo. Un grito de dolor se escapó de sus labios, pero pronto se convirtieron en gritos de placer. Él ya no pudo contenerse más y desató toda su fuerza penetrándola sin cesar , aumentando el ritmo de sus embestidas hasta sentir como un orgasmo le invadía y se corría en su interior mientras le flaqueaban las piernas.
Muy despacio desató sus piernas y después se arrodilló ante ella y se acercó para besarla en los labios mientras soltaba sus manos de las patas de la mesa. Ella le correspondió a aquel beso y él le sonrió, pero enseguida salió corriendo de la habitación y se alejó por el pasillo para salir de la casa dando un portazo.

Ella se quedó tirada en el suelo, pensando en todo lo que acababa de pasar y en todas las sensaciones nuevas que había experimentado. Había descubierto por fin lo que es el placer y lo que es sentir un buen orgasmo, a sus cuarenta y siete años el sexo le ofrecía muchas cosas que jamás había imaginado. Se levantó del suelo y comenzó a recoger la casa para no dejar ninguna huella de lo que había sucedido, al poco tiempo llegó su marido y la encontró en la cocina.
- Hola cariño, ¿Qué tal todo?- dijo mientras le daba un beso distraído.
- Bien, todo bien.

Se acercó a la cortina y pudo ver como se abría la ventana del baño del vecino, allí estaba él y sobre el lavabo tenía un par de guantes de cuero.

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Emma y el médico

Posteado por: cuentocaliente el 2 feb En: HISTORIAS DE MUJERES - sin comentarios

Emma entró con la vista en el suelo, con las manos cruzadas sobre la falda de cuadros y con el botón del jersey abrochado de manera opresora, apretándole el cuello. El pelo dorado, cortado por el final de las orejas, fulguraba al calor de aquella mañana de junio. Los párpados le caían lánguidos sobre los ojillos celestes de felino. Ojos agresivos para una chica tan tímida. Emma era una de las mejores estudiantes del colegio. El doctor se lo había dicho bien al director: no quería una chula, ni una sabelotodo. Quería una recatada, una reprimida, una de esas alumnas que todavía eran vírgenes y que lo serían aún por mucho tiempo. No por fealdad, por supuesto. Alumna ejemplar desde primero, Emma no salía los fines de semana, no contestaba mal a los profesores, no suspendía nunca un examen, no daba problemas. Estaría callada o suspendería irremisiblemente.

- Puedes pasar detrás del biombo y desnudarte. – le ordenó el doctor sin dejar de mirar sus papelorros

No dejó sin embargo de levantar la vista. Vio caer sobre la parte superior del biombo el jersey rojo, la camisa blanca, la falda de cuadros, los leotardos escarlata. Emma surgió con el sujetadorcito y las braguitas aún puestos. La blancura de las prendas se confundía con la blancura de su cuerpo.

- Has de desnudarte por completo, Emma. – le advirtió el doctor

- Ninguna de las chicas se desnuda. – dijo Emma tímidamente, con una vocecita casi imperceptible

- Si no te desnudas, no podré terminar la revisión médica adecuadamente. – dijo el doctor

- No quiero desnudarme sin hablar antes con mis padres.

El doctor dejó a un lado sus papeles. Sacó una carpeta azul del cajón, y de ella extrajo cuidadosamente un papel que Emma intuyó que era un boletín de notas.

- Por lo que veo aquí, has suspendido Historia. – observó el doctor

- El director me ha la suspendido a propósito. – denunció Emma

El doctor lo sabía. El doctor, que era el profesor de Biología, había aprobado al hijo del director cuando no pasaba del puro cero. Era la única asignatura que le quedaba para ingresar en la universidad. El director, en agradecimiento, había accedido a suspender a Emma, a la dulce Emma, a la alumna que nunca protestaba.

- Si pasas correctamente tu examen médico, se podrá hacer algo con esta asignatura.

Emma temblaba y enrojecía de vergüenza. Ella no era como las chulas del patio. Ella no conocía la calle, ni los cuerpos de los hombres, ni había bebido nunca, ni había probado las drogas. No quería suspender. Un suspenso era algo impensable en su casa. Pero sabía que aquello era injusto, que el examen estaba más que aprobado. Sin embargo, mientras pensaba esto, ya se estaba desabrochando el sujetador por la espalda. Se lo quitó y lo lanzó al suelo. No separó las manos de sus tetas. El doctor le hizo una señal: - Ahora las braguitas, por favor, Emma. Terminemos pronto la revisión.

Una lágrima de indignación le rodó mejilla abajo. Con el brazo izquierdo abarcando sus dos tetitas, bajó la mano derecha hasta las bragas. No las pudo bajar del todo y hubo de usar las dos manos con rapidez. Ese pequeño intervalo de tiempo le hizo gracia al doctor. Era una chiquilla tan adorable… Quedó frente a él con el brazo izquierdo sobre las tetas y la mano derecha sobre el coño.

- Las manos atrás, por favor. – especificó el doctor

Emma miraba al suelo, sollozando de rabia.

- Las manos atrás. ¿Crees que tengo toda la mañana? – el doctor se irritó

Emma, con lentitud, retiró las manos. El doctor no pudo contener una horrible mueca de asombro, una atronadora pulsión de excitación en el estómago que le bajaba hasta la polla, que sintió cargada de electricidad.

Bajo el rostro felino de Emma, enmarcado en su carita pequeña y proporcionada, latía un cuerpo que parecía a punto de reventar de esplendor. Bajo su cuello delgado y endeble, se destacaba una clavícula prominente y fina, pero a la vez fuerte, y bajo ella, dos tetitas pequeñas, ligeramente separadas entre sí, de aureolas rosadas casi imperceptibles y de pezones grandes, endurecidos por la vergüenza. Las líneas descendían y, bajo el minúsculo ombligo, se abrían en unas caderas bien marcadas, de líneas finas, que desembocaban en dos piernas largas, de tersas carnes y redondeadas rodillas. Era un cuerpo blanco y brillante, como el de un hada o un ángel. Temblaban el pecho y el estómago agitadamente. En su coñito, pequeño, crecía un bosque de pelusa dorada poco espeso.

El doctor sonrió maliciosamente.

- Está bien. Voy a hacerte las preguntas pertinentes.

Le preguntó si había padecido alergias, si alguna vez la habían operado, si dormía bien, si guardaba una dieta equilibrada, si hacía ejercicio. Emma respondía sumisa, hondamente asqueada. Le hizo todas las preguntas así mismo: ella desnuda ante él, con las manos atrás, respondiéndole, y él frío tras la mesa, vestido, con rostro académico.

- Muy bien, pasa a la camilla.

Emma se acercó a la camilla. Era grácil moviéndose, como una cervatilla, pero a la vez tenía algo de torpeza, como un pajarito.

- Espera un momento. – le dijo él – No te tumbes.

Le ordenó que se apoyara con las manos en la camilla de espaldas a él. Observó su culito, blanco, esponjoso y a la vez terso, como un melocotón no del todo maduro. Lo probó con el tacto. Lo masajeó un poco. Observó como una lágrima cayó en las sábanas blandas. Después, recorrió con las dos manos la espalda: desde las caderas hasta los hombros, desde las caderas hasta los hombros, desde las caderas hasta los hombros. Se atrevió a meter un dedo en su ano. Ligeramente. Lo sacó en seguida.

- No te preocupes. – le dijo al oído – No vas a perder tu virginidad. No voy a arriesgarme. Pero sí que vamos a terminar el examen.

Le ordeno voltearse y sentarse en la camilla. Emma lo hizo torpemente. Le palpó las tetitas y las sopesó con esmero. Se dio cuenta de que eran ligeramente picuditas. Le hizo cosquillas en los pezones. Emma intentó resistirse en un principio, pero recordó el suspenso, y miró al techo de la enfermería y se dejó hacer. El doctor se los apretó. Un gemido de dolor y placer desgarró la sala. El doctor los dejó. Le masajeó la barriguita, y de ahí le acarició el vello de oro, suave, débil. Le ordenó abrir las piernas. Observó el chochito abierto en todo su esplendor. Estaba mojado. Se rió.

- En el fondo no te está desagradando, Emma.

Ella no dijo nada: siguió mirando al techo, aguantando las lágrimas. El doctor se pasó a las piernas. Desde las rodillas subía hasta la ingle, y allí se detenía y volvía a las rodillas. Abarcaba toda la carne posible entre sus dedos. Carne tibia, ya algo sudorosa. Dejó las piernas y ya acarició el coño: los labios los excitó moviendo un dedo arriba y abajo, arriba y abajo.

¡Como hubiera querido poseerla allí mismo! Apretarse contra su cuerpecito desnudo, poseerla contra la camilla, contra las paredes, contra el suelo, contra el armario. Hacerle chillar. Pero tendría que conformarse con eso. No se atrevió a introducirle el dedo del todo.

Puedes vestirte. – le dijo casi malhumorado – Historia está aprobada.

Emma se vistió entre lágrimas. Aulló la sirena del instituto.

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MARTA Y LUCIA

Posteado por: cuentocaliente el 31 ene En: HISTORIAS DE MUJERES - sin comentarios

Era sábado por la noche y a las dos jovencitas su grupo de amigos les había dado plantón. Habían comprado bebidas, preparado algunos platos con patatas fritas y cosas por el estilo, preparándose para una buena fiesta.
Y justo en el último momento las habían llamado para decirles que había un concierto y que no irían a la fiesta.

Lucía y Marta estaban decepcionadas, la casa de Marta estaba sola por primera vez en mucho tiempo y por un simple concierto iban a perderse la oportunidad de pasar una noche de ensueño.
Lucía había cumplido 18 años hacía unos días y todavía no había tenido oportunidad de celebrarlo y se sentía muy triste, se había puesto una peligrosa minifalda al estilo colegiala, unos calcetines blancos hasta la rodilla con zapatos de tacón y un top negro que no dejaba nada a la imaginación. Su amiga Marta de 23 años la había maquillado y parecía una diva de película porno, aunque quedaba un poco infantil comparada con ella, que se había puesto un explosivo vestido rojo.

Lucía se miró en el espejo, tenía la piel blanca, el pelo negro y muy largo, recogido en dos coletas, los ojos tan negros como su pelo, unas tetas pequeñitas pero redondas y cintura de avispa. Tenía la esperanza de que esta noche viniera Toño, un chico con el que le apetecía pegar el polvo de su vida. Suspiró acariciándose las caderas mientras miraba a Marta. Ella si que era un ángel venido del cielo; rubia, de grandes tetas, con una profunda mirada azul y sonrisa de no haber roto nunca un plato.

Marta se le acercó con dos enormes cubatas llenos hasta los bordes y brindaron en honor de la no celebrada fiesta, riendo y procurando apartar el mal humor. Pronto la primera copa se convirtió en una segunda y así hasta que la botella de vodka que habían estado consumiendo se quedó seca.

Las mejillas de ambas estaban ya rojas y habían perdido un poco el sentido del ridículo, además, estaban solas y había confianza. Pusieron la tele ya que no eran horas de tener la música muy alta. Pronto toparon con el canal regional que empezaba con su semanal emisión del porno más duro que Lucía hubiera visto en toda su vida. Dos tíos enormes estaban rompiendo a una jovencita que parecía incluso más joven que ella, haciéndola gemir como una posesa dándole por el culo y haciéndola chupar una verga de un tamaño descomunal.

Ambas se quedaron prendadas del televisor, sus ojos no podían mirar otra cosa y el calor de los cuerpos de las chicas y su olor a excitación impregnó la habitación. Lucía distinguió unos gemidos diferentes a los de la chica de la película y vio como su amiga Marta había empezado a tocarse el coño descaradamente, su cara era la viva expresión del placer y sus jadeos se hacían cada vez más altos.

Lucía se sintió tan tentada que, contemplando de nuevo la película comenzó a tocarse los pechos, sacándolos fuera del top, viendo que sus pezones estaban duros como piedras. Apenas había comenzado a pellizcarse los pezones cuando Lucía sintió el cuerpo de su amiga abalanzándose sobre el suyo. No supo como reaccionar, dándole tiempo a Marta a poner su boca pintada de rojo sobre la de ella, dándole primero unos pequeños y húmedos besitos, haciendo que abriera su pequeña boca inconscientemente hasta que tuvo espacio para meterle la lengua.

La lengua de Marta se sentía tibia y húmeda y comenzó a responderle al agradable beso que hacía que su tanga se empapara por segundos. La mente de Lucía estaba totalmente ida, entregada al cálido beso, tumbada en el suelo con su amiga a horcajadas sobre ella y las tetas fuera del top, como una putilla barata y ofrecida. Marta dejó de besarla repentinamente y su boca se lanzó a devorar los duros pezones de la jovencita. Las manos apretaban las tetas y las sobaban mientras la lengua hacia círculos sobre los oscuros pezones. Lucía estaba en el séptimo cielo, jamás había sentido algo tan delicioso, se estiraba suavemente de las coletas mientras su amiga le mordía y succionaba los pezones, haciéndola gemir.

Sus tetas estaban ya brillantes de saliva y la cara de Marta estaba transformada en una máscara de vicio indescriptible. Usaba a la pequeña Lucía como una muñeca y en realidad eso era lo que más excitaba a la más joven. Actuaba como un animal en celo y no tardó en levantarle las piernas y quitarle el tanga, dejando al descubierto el coñito mojado y depilado de Lucía. Se relamió humedeciéndose los labios y se abalanzó a por el pequeño coño. En ese momento Lucía empezó a pensar que quizás habían llegado demasiado lejos y tomó con sus manos la cabeza de Marta intentando apartarla con un quejido lastimero, pero su amiga la tenía bien agarrada de las caderas y devoraba su coño de un modo tan salvaje que los quejidos volvieron a convertirse en gemidos.

Marta sintió como su propio coño chorreaba tan sólo con ver el de su pequeña amiga, ahora juguete. Tenía unos labios apretaditos, rosados. Se dispuso a abrirlos introduciendo su lengua entre ellos, abriéndose camino, sintiendo la calidez y la humedad. Primero sólo con la puntita y luego introduciendo la lengua dentro inició un lameteo de arriba a abajo, llenando de saliva todo el coñito que le sabía a dulce. Pronto fijó la atención en el hinchado clítoris y comenzó a torturarlo lamiéndolo en círculos, haciendo que las caderas de Lucía botaran. No pudo resistirlo, ese agujerito caliente la llamaba. No hacía falta ensalivarlos, dos de sus dedos se introdujeron rápidamente hasta el fondo y comenzaron a follar a su amiga, arrancándole largos gemidos, mientras su boca no dejaba de prestarle atención al clítoris. Pronto los dos dedos se convirtieron en tres y empezaron un mete-saca rápido e infernal que consiguieron que Lucía se corriera, temblando, aullando de placer.

Lucía se había dejado los pezones rojos de tanto estirárselos mientras su amiga le había comido el coño. Respiraba con fuerza, creyendo que todo había pasado, pero se equivocaba. Marta la cogió de un brazo y la obligó a levantarse sin mediar palabra y la arrastró hasta la habitación.

Con un gesto duro la tumbó en la cama y la miró sonriendo. Su amiga le devolvió la sonrisa, volviéndose a sentir cachonda creyendo que Marta volvería a comerle el coño. Lo había sentido tan rico que quería más, casi le había sabido a poco.

Marta con un solo gesto se quitó el vestido y quedó desnuda ante la joven que todavía llevaba los calcetines, la falda y el arrugado top a la cintura. Quiso imitar a su amiga y desnudarse pero ésta se lo prohibió. "Me gustas más con la ropita arrugada como una putita barata cariño", le dijo. Y sin decir nada más abrió un cajón del que sacó un arnés que se colocó alrededor de la cintura. La expresión de Lucía estaba a medias entre terror y excitación cuando vio que del arnés colgaba una polla de tamaño bastante considerable.

Con aire autoritario Marta puso a la ya sumisa Lucía a cuatro patas en la cama, le arremangó la falda y disfrutó por unos segundos de las preciosas vistas, las nalgas perfectas, un culito apretado y las tetas colgando como campanas. Metiendo cuatro dedos en su boca ensalivó la verga de silicona que le colgaba ahora de entre las piernas y la apuntó en el coño de su amiga. Disfrutó unos segundos sintiendo los gemidos suplicantes de más placer de la jovencita introduciendo y sacado sólo la puntita de la polla. La sentía suya, como si también le diera placer. Con sólo la punta apoyada decidió jugar un poco y azotó un par de veces ese culito pálido que tan a cien la estaba poniendo. Lucía gimió lastimera, pero no se rebeló.

Marta se encorvó un poco para pellizcar y manosear los pechos de su nueva perrita. Sintió como gemía con los estirones que le estaba dando a los pezones, sabía que la tenía concentrada en el placer que le hacía sentir en los pechos, así que mordiéndose los labios por el éxtasis dio un fuerte empujón y le enterró la polla a su putita hasta las entrañas.

La espalda de Lucía se arqueó mientras gemía como una loca. Se sentía rellena de polla como nunca, se le caía un hilillo de saliva de tanto vicio y placer.
Sin soltarle las tetas Marta inició un bombeo frenético, estaba demasiado cachonda como para andarse con delicadezas y se dejó llevar. Oía el ruido del coño de su amiga chapotear, se agarró a la falda arrugada para ayudarse a bombear más hondo, sentía casi como si ella misma se corriera sólo al ver como temblaban las nalgas de Lucía con sus embestidas.

Para Lucía el tiempo se había parado, para ella sólo existía esa enorme polla de plástico en su coño, entrando y saliendo, haciéndola sentir la mas perra del mundo. Notó los dedos de su amiga frotándole el clítoris como si se lo quisiera arrancar y su coñito estrecho se estremeció.
Finalmente aulló como una loba cuando se corrió, escurriéndose sus jugos por los muslos y esa infernal polla que no bajaba el ritmo.
Marta continuó follándola unos minutos más y luego sacó la polla, le tiró del pelo obligándola a darse la vuelta y sin dejarla protestar se la metió en la boca.
Como era una niña buena Lucía chupó la polla de plástico, mirando con cara de putita buena a su amiga que la sonreía con satisfacción mientras, sin saber Lucía como sacaba un enorme consolador y le decía.
"Bueno, creo que ahora es mi turno"

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