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La Coctelera

Categoría: HISTORIAS DE HOMBRES

A LO LARGO DEL TIEMPO

Posteado por: cuentocaliente el 26 jul En: HISTORIAS DE HOMBRES - 1 comentario

1ª PARTE: RECIBIENDO A MIS SUEGROS

Mi historia comienza con un hecho desgraciado, la triste muerte de mi esposa, después de una penosa enfermedad. Quedé viudo con 32 años y con un hijo pequeño que entonces tenía 4 años. Al quedarnos solos la vida se complicó bastante porque no me podía permitir abandonar el trabajo que entonces tenía, y debía incluso echar horas de más para aumentar un sueldo que algunos meses venía escaso. El problema además se acrecentaba con la corta edad de mi hijo, al que no quería separar de mi bajo ninguna circunstancia, pero yo sólo casi no me podía hacer cargo de él y toda mi familia se hallaba en otra ciudad muy lejana a la nuestra. Mi agobio y mi apretada situación se vería aliviada al menos por un tiempo cuando mis suegros y abuelos de mi hijo decidieron venir a pasar el verano a nuestra casa.

Gregorio era el nombre de mi suegro y Rocío el de mi suegra. Ambos querían mucho a mi hijo, sobre todo ella, que se desvivía en atenciones con el niño y porque no decirlo, conmigo también, diciéndome que estaba muy desmejorado y que necesitaba comer mejor, por lo que preparó durante aquel tiempo exquisitos guisos. Fue un tiempo en que me sentí cómodo con la presencia de Gregorio y Rocío, porque sentía que aquello era como una pequeña familia, salíamos juntos a la calle los fines de semana y compartíamos todo el tiempo que podíamos juntos, porque por otro lado yo no sostenía en aquel entonces sólidas amistades con nadie de por allí. Fue esto concretamente lo que llevó a mi suegro a plantearme una conversación en la que me preguntó si no tenía la necesidad de salir con ninguna mujer y tener relaciones sexuales. Aquella charla me sorprendió, pero él me tranquilizó diciéndome que en todo caso buscar a una mujer sería lo normal y que si él estuviese en mi situación seguro que lo haría. Así que le confesé que verdaderamente tenía ganas de hacerlo, pero que con él y con su esposa allí pues me sentía bien y que quizá con la presencia de ambos no sería adecuado traer a ninguna chica a casa, aunque era cierto –le dije- que se me iban los ojos detrás de cualquier mujer. Esto que dije provocó en el una reacción inmediata que le hizo preguntarme:

¿De verdad que miras a muchas mujeres?

Si –dije yo- prácticamente a todas.

¿Incluso a Rocío, mi mujer?

¡No! ¿Qué dices Gregorio? Ella es mi suegra y la respeto, al igual que a ti.

No te creo –me dijo- porque Rocío tiene un culo fabuloso y alguna vez se lo habrás mirado con ganas, lo mismo que hacen muchos hombres por la calle.

Por favor dejemos el tema, esto no tiene gracia.

Como quieras –dijo él- pero no creas que me voy a enfadar si miras a mi mujer.

Así se quedó la cosa. Escapé algo avergonzado de aquella conversación pero he de admitir que sí, que más de una vez me había quedado mirando el culo y las tetas de mi suegra y que la encontré poderosamente atractiva para la edad que ella tenía, pero es que después de que mi suegro me dijese todo aquello aún la miré más y lo que fue peor, comencé a elaborar fantasías eróticas con aquella mujer en el transcurso de muy pocos días transcurridos desde aquella charla. Gregorio por su lado no dejaba de sonreírme cuando los dos nos hallábamos en presencia de Rocío, señalándome con la mirada hacia el culo de su mujer si ella se encontraba de espaldas o haciendo gestos obscenos sin que la mujer lo advirtiese. Pensé que era un pervertido, pero a decir verdad aquello solo avivó el fuego de mi deseo, haciéndolo cada vez más intenso, hasta el extremo, he de confesarlo, de que comencé a masturbarme teniendo como objeto de mis anhelos sexuales a mi suegra. Sentí algo de malestar por ella, pues siempre había sido buena y respetuosa conmigo, pero desde luego no tenía la sensación de estar traicionando a mi suegro, ya que era el único responsable de que yo hubiese llegado a tal situación. El caso es que a partir de entonces no tuve más aspiración que ella y olvidé la atracción que en semanas anteriores había tenido por determinadas mujeres (compañeras de trabajo, vecinas, etc). Gregorio llevaba razón: cuando íbamos por la calle o entrábamos en algún restaurante los hombres lanzaban más de una mirada furtiva hacia Rocío, cosa que a mí me provocaba celos, algo que nunca había experimentado, y el caso es que con su marido no me ocurría; mi suegro la podía acariciar, besar o darle una palmada en el trasero que era algo que no me molestaba. Es más, seguro que si los espiaba mientras follaban sería algo que me excitaría una barbaridad. Me pregunté entonces si lo harían a menudo y me propuse averiguarlo.

Como era pleno verano y hacía calor casi todas las puertas del piso permanecían abiertas durante la noche para que el aire corriese, así que una noche, un buen rato después de habernos ido todos a la cama, me levanté para acercarme hasta el dormitorio de mis suegros cuya puerta se hallaba semiabierta. Estaban hablando y esto fue lo que oí:

-...mira Rocío –decía mi suegro- no puedo tomar tan a menudo una viagra para conseguir una erección, podría darme un ataque al corazón o algo por estilo...

- Sí, lo sé –le dijo ella- pero es que tengo más ganas de follar que nunca...

- Sé como te pones con el calor mujer, y no creas, a mi también me apetece hacerlo.

- Entonces ¿por qué no te tomas una de esas pastillas esta noche?

- Ya te he dicho que no. Creo que hay otro modo de que se me ponga tiesa sin tener que recurrir a fármacos. Esta noche si quieres te como el coño, te lo hago con el dedo o cogemos un plátano a ver que tal.

- ¿Dices que conoces un modo para que se te ponga tiesa?

- Sí, ya te contaré, pero quizá tengamos que variar algo en nuestros hábitos sexuales.

- Lo que haga falta –dijo Rocío, presa de la excitación sexual-. Y ahora dime ¿qué habías propuesto de un plátano?

Los dos rieron con aquello del plátano, pero no se trataba de ninguna broma, porque mi suegra se levantó de la cama y se dirigió a la cocina en busca de aquella "fruta prohibida". No pudo verme porque yo me hallaba oculto en la oscuridad, pero yo a ella si, y con mucho detalle. Iba en bragas y en sujetador, y verla así me hizo sentir deseos de abalanzarme sobre ella, tumbarla sobre el suelo y abrir sus piernas para perforar su anhelado coño con mi verga que estaba totalmente tiesa después de haberlos oído hablar sobre aquel tema y de haberla visto a ella pasearse casi desnuda por la casa. Mi suegra regresó inmediatamente de la cocina con un plátano en la mano y se lo entregó a su marido diciéndole que era el último que quedaba. Ambos rieron y advertí que pronto dieron comienzo a sus juegos ya que no se cuidaron en reprimir sus gemidos de placer, sobre todo ella, que probablemente ya se hallaba con el plátano entero metido en la húmeda cueva de su chocho. Gregorio hablaba a su mujer con las palabras más malsonantes y atrevidas, lo que ella agradecía enormemente pues aumentaban su excitación:

- ¿Te gusta esto puta asquerosa?

- ¡Siiiii...! –decía ella entre gemidos- sigue metiendo y sacando ese plátano, ¡no pares!

-¡Toma esto zorra...!

Mientras me estaba yo haciendo una violenta paja allí mismo en la puerta de su dormitorio, escuchando sin ser visto e incluso planteándome irrumpir allí dentro a ver si me dejaban entrar en el juego. Pero eso no era más que una fantasía loca que no llegué a cumplir, solo me corrí reprimiendo un grito de satisfacción dejando todo el suelo a mis pies lleno de semen, el cual ni me molesté en limpiar porque al día siguiente estaría seco y porque si lo veían me daba igual que tipo de preguntas se hiciesen. Así, mientras yo eyaculaba, mi suegra experimentaba su triunfal orgasmo con el plátano dentro. Al acabar parece que ambos compartieron la fruta comiéndose la mitad cada uno. Todo quedó en silencio y me fui a dormir, sin que mi cabeza parara de darle vueltas a lo que había sucedido.

Al día siguiente, durante la comida hubo la misma normalidad que siempre, aunque yo veía en cierto modo a mi suegra de otra manera. La respetaba sí, pero me sorprendía de ella hasta que punto llegaba durante el acto sexual: su desinhibida forma de jugar a lo que le proponía el marido, las palabras que empleaba y el consentimiento que daba a las palabrotas que le profería Gregorio. Para cualquiera Rocío podría ser como una vulgar puta dado su comportamiento, pero para mi no dejaba de ser la gran señora que había sido siempre y por eso tenía muy buen concepto de ella, si bien era verdad que la deseaba como a nada en este mundo. El día trascurrió como otro cualquiera. Mi suegro y yo hablábamos de cualquier cosa mientras Rocío jugaba y daba de cenar al niño para después acostarlo temprano. Posteriormente nos tocaba cenar a nosotros y mientras Gregorio y yo continuábamos charlando, Rocío iba y venía de la cocina con la cena preparada. Ambos la mirábamos, pues en mí ya no había recato con él delante. Miraba el culo de mi suegra y sus enormes y apetecibles tetas cuando se inclinaba ante nosotros para depositar un plato. Su marido estaba orgulloso de ella y yo complacido de tenerla en casa. Nos pusimos a cenar los tres juntos y Gregorio empezó a piropear a su mujer diciéndole que si era una gran cocinera, una gran esposa y después diciendo también que él era muy afortunado al tenerla consigo. Además él mismo me preguntó que opinaba yo, y con algo de timidez le dije que tenía razón, que Rocío era una mujer que valía mucho y que además era muy guapa.

-¿Solamente guapa? –preguntó Gregorio.

- Bueno, también muy hermosa –dije yo con algo de rubor, haciendo al mismo tiempo que Rocío se ruborizase.

- Guapa, hermosa, ¡y que está muy buena, admítelo! –dijo él.

- ¡Pero qué cosas dices! –le reprendió sin demasiada energía su mujer- Gregorio cuida que cosas dices delante de nuestro yerno.

- No te enfades Rocío –le dije yo- es evidente que eres una mujer atractiva, eso no hay quien lo niegue. No hay nada de malo en que lo digamos nosotros.

- Así se habla –concluyó mi suegro.

Mi suegra se había puesto roja como un tomate, pero no parecía que aquello le hubiese desagradado, sino todo lo contrario, pareció que le había gustado e incluso por como habló y se movió después daba la impresión de que coqueteaba un poco.

- Bueno –dijo ella a continuación- ¿qué queréis de postre?

- Un plátano –pedí yo con algo de malicia-.

- No hay –dijo.

- Sí –contestó mi suegro casi a carcajadas- aquí en esta casa debe haber alguien a quien le gusten mucho los plátanos y no deje ni uno en la despensa.

Mi suegra se volvió a poner otra vez colorada y dio un pequeño cachete a su marido por la poca gracia de la broma, pero al mismo tiempo ella se reía. Las conversaciones y las palabras de doble sentido de aquel matrimonio empezaban a ser para mí una fuente de morbo milagrosa, justo lo que yo necesitaba para arder de excitación. Después de la cena los tres nos sentamos a ver la tele. Ellos se sentaron en un sofá el uno junto al otro y yo enfrente en otro sillón. Pasaron los minutos y poco a poco mi suegra se fue quedando dormida junto a su esposo, reclinándose en el sillón para descansar mejor y apoyando medio cuerpo en Gregorio, el cual le fue dando caricias durante todo el rato en la cara, en el pelo y en el cuello. Esto era inofensivo y ella no le dio importancia antes de quedarse profundamente dormida. Fue entonces cuando Gregorio aprovechó para empezar a acariciar los senos de su esposa delicadamente por encima de la blusa que ella llevaba puesta. Él solo miraba hacia la tele, pero yo los miraba a los dos atraído por lo que empezaba a ser una morbosa escena. Seguro que mi suegro era consciente de que los observaba y quizá por eso fue a más y descubrió uno de los enormes senos de Rocío; yo me removí en mi asiento de pura excitación, pues aquello era más de lo que podía imaginar en las perversiones de mi suegro. Seguidamente descendió con una de sus manos a acariciar las pantorrillas de aquella mujer que inocentemente dormía. Tocó sus piernas, sus muslos y ascendió poco a poco hasta las bragas, pasando la palma de su mano por toda aquella zona. Mi suegro me miró durante unos instantes directamente a los ojos. Ninguno dijimos nada, pero yo le desafié con la mirada a ver hasta donde era capaz de llegar y él entendió el mensaje.

No lo dudó. Apartó las bragas de Rocio y comenzó a acariciar todo el coño, para después meterle dos dedos y frotarlos en el interior de la vagina. Yo miraba excitadísimo y a pesar de tener mi polla más tiesa que nunca no pude sacármela para hacerme una paja pues me daba mucha vergüenza. Pero mi suegro proseguía con sus manejos y mi suegra aunque dormida, temblaba de placer, solo que conforme el mete y saca de los dedos en el coño iba adquiriendo más velocidad, ella fue despertándose. Con los ojos entornados disfrutó durante unos minutos, quizá pensando que aquello le estaba ocurriendo en la intimidad del dormitorio y con la única presencia de su marido. Sin embargo pronto abrió los ojos y lo primero que descubrió fue a mi sentado enfrente de ella y mirándola casi con la lengua fuera; instantáneamente hizo ademán de taparse con la ropa e irse de allí, pero su marido la retuvo. Rocío nos miró con algo de enfado, como sintiéndose traicionada. Esa mirada me bastó para comprender que quizá lo mejor sería irme de allí y a punto estuve si no nos hubiese suplicado de aquel modo Gregorio:

-Por favor os pido a los dos que no os mováis de donde estáis sentados –dijo-. Rocío compréndelo, mira como se me ha puesto la polla por el mero hecho de que nuestro yerno esté aquí presente contemplando como te meto mano.

Mi suegro extrajo su verga y la mostró a su mujer. Probablemente el pobre hombre no alcanzaba una erección así sin tener que recurrir a la viagra desde hacía mucho.

-No te enfades tú tampoco –me dijo a mí- y quédate un rato más. En cuanto a ti Rocío, ya te dije que había un medio para que se me pusiera dura, pero que tendríamos que cambiar algunas cosas. Así que tu decides si seguimos adelante...y desde luego no le eches la culpa a él, pues yo he sido quien lo ha planeado todo.

Mi suegra no dijo nada, permaneció inmóvil unos segundos, quizá pensando que hacer, si seguir allí y disfrutar del sexo en mi presencia o irse para así mantener una respetabilidad que a lo mejor ella consideraba que estaba en juego. Yo bajé mi mirada algo avergonzado, creía que aquello sería el fin de una amistad y de un respeto mutuo. Mi suegro y yo esperábamos la reacción de Rocío. Entonces, cuando yo creí que todo se había terminado, Rocío cogió el pene de su marido con la mano y lo empezó a masturbar muy suavemente. Gregorio sonrío, yo presté más atención...

- ¿Así que queréis morbo no? –dijo Rocío.

- Sí, mi vida –le dijo su marido- ¿a ver de qué eres capaz?

Rocío se quitó las bragas y se sentó sobre Gregorio clavándose la rígida polla del viejo en su encharcado coño. Lo cabalgó durante unos minutos suave y sensualmente, mirándome de vez en cuando directamente a los ojos. Tuvieron un orgasmo que los llenó de una satisfacción que seguramente hacía tiempo que no experimentaban. Yo me levanté sigilosamente y me fui al dormitorio a hacerme una merecida paja. La noche no estuvo mal.

Durante el día siguiente pensé que si todo lo ocurrido no había sido un sueño era verdad que probablemente no pasaría de ser una experiencia aislada en la vida. Que aquello sería algo para recordar pero no para repetir. Me equivoqué. Al caer la noche mi suegra dio de cenar al niño y lo acostó más temprano de lo habitual. Descaradamente dio a entender qué era lo que estaba esperando. Otra vez solos mis suegros y yo. No hubo demasiada demora ni preámbulo, es más, apenas tomamos cena aquella segunda noche. Ocupé mi mismo puesto de la noche anterior en el sillón y me dispuse a ser espectador de lujo de las relaciones sexuales de mis suegros. Esta vez, después de meterse mano ambos y besarse como locos, se quitaron toda la ropa. La erección de Gregorio volvía a ser enorme, al igual que la excitación de mi suegra. La sesión tampoco duró mucho esta vez, aunque superó en intensidad a la de la noche anterior. Mi suegro tumbó a su mujer sobre la mesa del comedor y él de pie desde el suelo se la folló con singular maestría. Después, en mi dormitorio, me hice mi paja.

La tercera noche fue también muy esperada. Mi suegra hizo la cena del niño algo más temprano aún y lo acostó pronto (esto conduciría a un imprevisto en esta ocasión, como voy a relatar). Todo se desarrolló casi como una fotocopia de la noche anterior, hasta el hecho de que mi suegra se tumbara en la mesa y allí se la follase Gregorio. El coito, eso si, estaba resultando ser de el más potencia de los que hasta entonces practicaron conmigo de espectador, tanto, que mi suegra gimió y gritó descontroladamente. Entonces oímos a mi hijo llamarnos desde su dormitorio; claro, se acostó tan temprano que casi no tenía sueño y parecía haber estado despierto y escuchando. Los tres nos quedamos en el más absoluto silencio, aunque muy nerviosos por la inoportuna interrupción.

-Esperad –les dije a mis suegros- ya voy yo y lo soluciono.

Date prisa –dijo mi suegra-.

Me preocupó que mi hijo, a pesar de su corta edad, hubiese podido intuir que estaba sucediendo. Pero a pesar de ser muy listo, no parecía que lo hubiese comprendido.

- Papá –me dijo- ¿qué le sucede a la abuela? ¿porqué grita?

-Hijo –le contesté- está enferma y el abuelo le está poniendo una inyección. Una buena inyección –añadí entre dientes-. Así que tú a dormir.

No hubo problema, se durmió al instante. Al regresar al comedor mis suegros aplaudieron mi ocurrencia sobre la inyección y continuaron follando a lo bestia. Después mi paja. Pero al día siguiente no aguanté más y le dije a mi suegro que no quería que me siguiesen utilizando de aquella manera, y no era porque me desagradase que ellos experimentaran goce sexual, sino que el problema era que el que no podía experimentarlo era yo. Mi suegro me pidió que no los abandonase en ese momento tan dulce que ellos estaban viviendo en el terreno sexual y me prometió que esa noche me tenía reservada una sorpresa.

2ª PARTE: FOLLAR DESPUÉS DE TANTO TIEMPO

Así que la noche llegó y ya estábamos los tres otra vez solos después de haberle explicado al niño que el abuelo tenia que ponerle otra inyección a la abuela. No sabía cual era mi sorpresa hasta que sonó el timbre de la puerta y entró una chica de unos treinta años, de pelo rubio rizado, muy guapa y bastante bien proporcionada. Era una prostituta, se le notaba, mi suegro la había contratado exclusivamente para mi. Se llamaba Nuria y desde el primer momento se mostró muy cariñosa conmigo, aunque se sorprendió cuando descubrió que el juego consistía en follar delante de aquella pareja de vejetes, mi suegros, mientras ellos también echaban su polvo. Así que cada uno por su lado íbamos a lo nuestro, aunque Nuria y yo entramos sin dudar en terrenos de materia sexual que captaron en seguida la atención de nuestros suegros. Nuria comenzó a chuparme la polla magistralmente y a mi eso me volvía loco. Hasta ese momento no había mostrado mi herramienta en presencia de mis suegros y eso hubo de causarles impresión, pues sobre todo Rocío, no apartó la vista de mi verga casi en ningún instante. Rocío y Gregorio parecían estar disfrutando más que nunca solo por el mero hecho de ver como lo hacíamos Nuria y yo. No tardé en correrme entre gritos de gusto en la boca de la puta. Hacía tiempo que necesitaba una mamada así. Quedé exhausto en el sillón. Nuria se volvió hacia mis suegros y animó a Rocío a que se la chupase también a Gregorio. Rocío argumentó nerviosa que era algo que nunca había hecho.

-Hazlo –le dijo Nuria- seguro que tanto si lo haces bien como si lo haces mal a tu marido le gustará. La tiene tan dura que seguro que le explota en cuanto le pongas los labios encima.

Rocío comenzó a meterse el pijo de Gregorio en la boca. Lo hizo lo mejor que pudo, y Nuria llevaba razón, pronto el hombre eyaculó en la boca de su mujer de puro goce que aquello le producía. A mí, contemplar la escena hizo que inmediatamente se me pusiese dura de nuevo. Nuria lo agradeció, pero me pidió que antes de follar le comiese un rato el coño. Aunque era una puta, comprendí que tampoco ella habia vivido una situación tan especial como la de aquella noche, y por eso estaba tan excitada. Ahora les tocaba mirar a mis suegros, claro que al pobre Gregorio no se le volvió a levantar igual que a mí, y por otro lado era evidente por su cara de excitación que Rocío tenía más ganas de follar aquella noche. Le comí el coño a Nuria y después me tumbé en el suelo para que ella se sentase encima de mi polla. Así follamos un buen rato, mientras Rocío le pidió a Gregorio que al menos la masturbase con los dedos. Yo, hubiese preferido levantarme del suelo, haber dejado de lado a Nuria y haberme ido a follar con mi suegra, pues era a ella a quien deseaba por encima de todo, pero aquello no estaba en el guión y su marido podía no consentirlo. Entonces solo podía hacer una cosa, follar con Nuria brutalmente y así quizá dar envidia a Rocío, como creo que sucedía, pues los ojos se le salían de las órbitas mirando como lo hacíamos la pareja joven. Follé con Nuria en todas las posturas y maneras, incluso la sodomicé; todo durante un largo rato (yo diría que durante casi tres horas) en las que mis suegros no se cansaron del espectáculo. La joven prostituta se fue habiéndose hartado de mi semen y muy satisfecha, tanto que le hizo un descuento a mi suegro, encargado de pagarle.

Al día siguiente agradecí a mi suegro el detalle. Le dije que me había gustado mucho, pero que quizá no era aquello lo que necesitaba. Él me pidió que no me rajase a aquellas alturas, que no me traería a una puta, que me traería a dos si hacía falta, solo porque a él se le empinase de vez en cuando y pudiese follar dignamente con su parienta. Le dije que no era eso lo que quería y entonces me suplicó que pidiese lo que yo deseara. Se lo solté a bocajarro:

-Quiero follar con Rocío, o sea con tu mujer, con la que es mi suegra.

-No me pidas eso –exclamó mi suegro- Puedes mirar como lo hacemos, pero eso no, creo que no lo soportaría.

- ¿Qué es lo que no soportarías? No puedo aguantar más, fuiste tu mismo el que me animaste a observarla. La deseo.

-No soportaría ver como te la follas – me dijo-.

-No tendrías porqué verlo. Sería nuestro trato. Tu consientes que ella sea mía de vez en cuando y yo estaré presente cuando te apetezca en tus juegos.

-Si, pero...,¿ tu crees que ella querrá?

- Por supuesto que querré –exclamó la propia Rocío desde la puerta, pues lo había escuchado todo. Me parece que es lo justo.

Casi me faltó saltar de alegría al oír aquello. Mi suegra tenía tantas ganas como yo y mi suegro no tuvo más remedio que aceptar. Un rato después mi hijo preguntó si ese día el abuelo no tenía que poner la inyección a la abuela. Eran las cuatro de la tarde de un domingo. Gregorio dijo a su nieto que no, que ese día quien le pondría la inyección a la abuela sería papá. Rocío sonrío y dijo que tenía muchas ganas de "inyección" así que pidió a su marido que sacase a pasear al nieto por el parque y que no regresara al menos antes de dos horas. Gregorio se fue algo apesadumbrado, pero ya se acostumbraría; en todo caso él tuvo la culpa por ponerme a su mujer a tiro. Rocío y yo nos fuimos rápidamente al dormitorio y lo primero que me pidió es que le hiciese todo aquello que le hice a la prostituta.

3ª PARTE: A SOLAS CON ROCÍO, MI QUERIDA SUEGRA

Ambos teníamos la misma necesidad de follar, aunque ella estaba algo asustada por considerarme un joven león hambriento de sexo, mientras ella ya era algo madura. La tranquilicé diciéndole que practicaríamos coitos delicados. Así pues, y a pesar de las ganas que ambos teníamos, lo hicimos con dulzura. Besos, caricias y sexo oral sin prisas, y como suele decirse, sin pausa. Me comí su coño como si se tratara de la mejor ración de marisco que jamás hubiera degustado. Ella experimento su brutal orgasmo con aquello y a mi me produjo una erección terrible. Sin obligarla ni pedírselo Rocío se decidió a darme una mamada, así que rocé gustoso sus labios con mi glande. Ella sólo lo había hecho una vez y con su marido, pero expresó su temor de que a mi no me gustase. Le dije que tratándose de ella me gustaría lo hiciese como lo hiciese. Y lo hizo muy bien. Es más, creo que cualquier puta con años de experiencia no lo hubiese hecho mejor. Su legua y sus labios se movían alrededor de mi pene proporcionándome un placer que hacía tiempo no experimentaba. La mujer sabía como emplear su saliva para darme goce y sus manos no paraban de cosquillearme los testículos, y fue por esa sensación tan fascinante que perdí la noción del tiempo; no sé si transcurrieron cinco minutos o media hora, el caso es que ella la chupaba tan bien y yo me hallaba tan cómodo y excitado que acabé eyaculando en su garganta. En principio yo no quería que eso ocurriera pues ella se podía sentir asqueada, entonces le pedí afligido disculpas y ella sólo me dijo que no me preocupase pues pasó lo que ella deseaba que pasará, o sea, que le llenara la boca de semen. Así pasaron casi dos horas y todavía no me la había follado en el sentido exacto de la palabra. Pronto volverían Gregorio y el niño, Rocío me esperaba abierta de piernas y con el chocho encharcado deseosa de que le clavase mi enorme polla tiesa. La puerta de la casa se oyó; allí estaban ellos. Dudamos sobre seguir adelante o no, pues nos podían sorprender, pero eran tantas las ganas que cerramos el dormitorio por dentro con el cerrojo y nos decidimos a hacerlo cuanto antes y en el menor tiempo posible. Fue un record, me follé a mi suegra en menos de dos minutos, pero fue imposible reprimir gritos de placer, sobre todo ella que parecía enloquecida por el goce de aquel polvo. Gregorio lo hubo de oír desde fuera y cuando salimos tenía cara de cierto enfado, normal, me acababa de follar a su mujer. El niño también lo oyó pues preguntó que si le había puesto otra inyección a la abuela.

-Así es hijo mío- le explicó Rocío- tu papá pone la inyección de maravilla.

Fueron días difíciles para Gregorio, pues veía cómo su mujer también gozaba con otro, pero esto sirvió de aliciente a la relación de ambos pues todas las noches Gregorio aparecía ante Rocío con su polla bien tiesa y con ganas de guerra. Se estableció una dinámica de turnos para tirarse a aquella mujer. Gregorio lo hacía de noche y yo durante el día siempre que tenía ocasión, como aquella vez que la encontré cocinando y llegué desde atrás, le remangué la falda, le bajé las bragas y se la introduje desde atrás. Las lentejas que estaba preparando se quemaron mientras ella me suplicaba que no dejara de follarla. Una hora después Gregorio ya se la estaba follando en el dormitorio. La verdad es que teníamos a Rocío extenuada de cansancio por aquel ajetreo sexual, a pesar de que a ella le gustaba también hacerlo y siempre estaba dispuesta a satisfacernos. Llegó un momento en el que mi suegro y yo casi no nos hablábamos, porque aquello era como cosa de dos machos que se disputasen a una hembra. Pero me di cuenta de que si ambos queríamos poseer enteramente a Rocío, ella también nos deseaba a los dos, por eso cuando Gregorio le propuso hacer las maletas para marcharse de mi casa, ella se negó en redondo, alegando que tenía que cuidar del niño, pero teniendo otro motivo de mucho más peso: el placer que yo le daba. Ya no me importaba meterle la polla a mi suegra y hacerla rugir de placer sabiendo que Gregorio no andaba lejos y nos podía oír. La tensión entre él y yo creció de tal manera que Rocío tuvo que tomar cartas en el asunto si no todo acabaría muy mal y quizá los tres saldríamos perjudicados. Una noche después de cenar ella se sentó en el sofá entre su marido y yo y dijo:

- Ahora voy a hacer algo para demostraros que os quiero y os deseo a los dos. Si alguno de vosotros me rechaza en los próximos minutos me perderá como hembra. Si los dos aceptáis mi juego me tendréis para siempre.

Gregorio y yo nos quedamos callados y expectantes. Él se hallaba a la derecha de su mujer y yo a la izquierda. A continuación dio comienzo un juego en el que Rocío dio muestra de su habilidad con ambas manos. Nos bajó la cremallera del pantalón y extrajo la polla de ambos para empezar a pajearnos suavemente. La situación era excitante porque ella ponía en práctica dotes de auténtica fulana. Gregorio le dijo:

-Nena, eres una verdadera puta.

- Lo sé –dijo ella-, y sé que a ti te encanta.

- Sí –dijo él- me encanta que nos menees la polla a tu marido y a tu yerno a la vez.

Gregorio, al fin, disfrutaba con aquello tanto como yo, pero no cesaba de llamar puta y otras cosas a Rocío, la cual no se sentía molesta, sino más excitada todavía ante las provocaciones de su marido.

-¿No nos vas a hacer a una buena mamada pedazo de zorra? –me atreví a decir yo.

-Bueno –dijo ella-, ya que lo has pedido...

- Empieza por tu marido y enséñale todo lo que has aprendido conmigo, yo mientras te comeré ese delicioso coño que tienes.

Así lo hicimos, mientras Rocío chupaba la polla de Gregorio yo le lamía la raja del coño a ella y ponía su clítoris a punto. La mujer manaba abundantes jugos y ya era el momento de meterle la polla por allí. Ella misma lo pidió, y fue su marido, quien apartándome de un empujón tomó posesión de la cueva húmeda de su mujer que de puro placer ya no dejaba de gemir. No me importó tener que irme hacia la boca de Rocío para que continuara realizándome la felación. Los tres tuvimos nuestro orgasmo simultáneamente e inundamos a mi suegra de semen. El juego parecía acabado y me dispuse a ir a mi dormitorio y dejarlos solos a ellos tumbados sobre la alfombra del salón, pues al fin y al cabo ellos eran matrimonio. Pero Gregorio me detuvo diciéndome que me quedase un rato más a disfrutar con ellos, ya que en cierto modo Rocío me pertenecía a mi también. Me tumbé al lado de ella y lamí todo su cuerpo; y lo mismo hacía su marido recorriéndole con la lengua aquellos maravillosos senos y pezones. En un rato estuvimos a punto de nuevo. Tan a tono nos pusimos que Rocío dijo:

-Bueno, ¿qué es lo más atrevido, puerco y morboso que podemos hacer entre los tres?

Nos quedamos pensativos. Yo exclamé:

-Un sándwich.

- ¿Qué es eso?- preguntaron el hombre y la mujer a un mismo tiempo.

Aunque eran diestros en cuestiones sexuales no conocían la terminología. Quisé abandonar la idea porque no me atrevía a explicárselo, pero finalmente lo hice ante la insistencia de ambos. Les dije que uno se la metería en el coño y otro mientras tanto le daría por el culo. Gregorio no supo qué pensar y lo dejó a la elección de su mujer, la cual accedió pero pidiendo que lo hiciéramos con delicadeza. Quedaba decidir quien se la iba a clavar en el coño y quien en el culo. Como la postura del que le perforase el ano a Rocío iba a ser bastante más difícil Gregorio me cedió a mi el privilegio. Él se tumbó en el suelo y de un golpe Rocío se sentó en su polla clavándosela en el coño. Se agitaron un poco y seguidamente procedí a introducírsela en el pequeño agujero. Costó un poco, pero con ayuda de sus líquidos vaginales lo conseguí. Comencé a embestir a mi suegra por atrás y no me pasaba desapercibido el placer que el matrimonio experimentaba con aquella experiencia. Mis cojones se rozaban de vez en cuando con los de Gregorio, el cual al igual que yo, jadeaba como un cerdo, pero es que lo de mi suegra era descomunal, gritaba como si la estuvieran matando, no de dolor sino de placer. Nos volvimos a correr triunfalmente.

- ¡Qué puta tan deliciosa eres! –dijo Gregorio a Rocío, mientras ella sonreía. ¿Qué opinas tú?- me dijo él a mi.

- Esta mujer es insaciable. Seguro que aparece otro tío y folla con él aquí mismo y ahora.

Todos reímos.

-Sí –dijo ella- follaría con tres hombres a la vez, podéis estar seguros.

4ª PARTE: ROCÍO INSACIABLE, SE ATREVE CON TODO

Se acercaba el día del cumpleaños de mi suegra (no diré su edad porque la edad de una mujer hermosa y complaciente no se dice) y andaba yo pensando en qué regalo poder hacerle. Resulta que por aquellos días llegó un chico de nacionalidad mejicana a trabajar en el área de ingeniería técnica de la misma empresa madrileña en la que yo trabajaba. Me hice muy amigo de él y le confesé mi admiración por las películas de Mario Moreno Cantinflas. Entonces me regaló una colección de cintas de video del mejor cómico de habla hispana que haya existido; el caso es que no supe como agradecérselo, pero se me ocurrió la idea de invitarlo a cenar en casa el mismo día del cumpleaños de mi suegra. Pedro, que así se llamaba mi amigo, se sintió muy agradecido pues aún no conocía a mucha gente en la ciudad y el comer en familia le iba a ser muy grato. Así que llegó el día y Pedro llegó a mi casa, le presenté a mis suegros y a mi hijo y todos se cayeron muy bien. Decir que Pedro era el tipo de hombres de los que quedan pocos en caballerosidad y en atenciones y recuerdo concretamente que al saludar a Rocío besó su mano como hace quien tiene esta buena costumbre. Sólo mirar la cara de Rocío me di cuenta que aquello le había producido un escalofrío de placer que le recorrió de la mano a todo lo largo de la espina dorsal. Nos sentamos a cenar y charlamos gratamente; Pedro contó cosas y anécdotas de su país y aunque todos le prestábamos atención, Rocío parecía ser la más interesada, supongo que también contribuiría a ello el peculiar acento extranjero de Pedro y su voz suave y algo grave, además de su hablar pausado e inteligente, sus historias tan fascinantes y su forma de mirar a los ojos, sobre todo a los de la única mujer que había en casa. Mi hijo se quedó dormido justo después de acabar la cena y Pedro creyó que era el momento de marcharse ya de la reunión. Le pedí que no se marchase todavía y más insistentemente se lo pidió Rocío. Quizá quien no estaba tan entusiasmado con la idea de que Pedro se quedase era mi suegro, pues, no sé yo porqué, se estaba oliendo que algo extraño podía suceder. Estábamos entonces Rocío, Gregorio, Pedro y yo sentados a la mesa y sacamos una enorme tarta de merengue, vainilla y chocolate con velas encendidas; le cantamos la canción del Cumpleaños Feliz a mi suegra y cada uno le dimos dos besos en las mejillas. Rocío estaba entusiasmada, porque además ya había bebido algo de champagne. Ella misma cortó las porciones de tarta; al inclinarse a hacerlo dejó ver su sujetador a través del escote y a ninguno nos pasó desapercibido el hecho. La cara que ponía Pedro al adivinar los enormes pechos de aquella mujer lo decía todo. Yo podía imaginar que mi pobre amigo de Méjico no había tenido contacto con ninguna mujer desde que aterrizó en Madrid. La fiesta de cumpleaños seguía y recordé que no había comprado ningún regalo para Rocío. Me lamenté del descuido, pero una idea fugaz me pasó por la cabeza y decidí intentar ponerla en práctica. Gregorio le regaló una bonita pulsera y su mujer en agradecimiento le dio un beso en los labios que a Pedro y a mí nos dejo mudos contemplarlo. Aquella hembra por poco se come a su marido de un solo beso. Eso sólo podía indicar una cosa: el tremendo estado de excitación en el que se hallaba mi suegra.

- ¿Qué opinas de mi mujer? –dijo Gregorio a nuestro invitado.

Pedro no sabía como interpretar aquella pregunta y yo le tranquilicé explicándole que sencillamente Gregorio se sentiría orgulloso de que le contestará que aquella mujer le parecía hermosa y guapa. Por fin, Pedro dijo que sí, que Rocío le resultaba muy atractiva. Entonces a Gregorio le brillaron los ojos con aquella respuesta y me miró a mi con una mirada que yo conocía de sobra. ¿En qué estaría pensando mi suegro?

Sí –dije yo-, esta mujer es hermosa, bella, atractiva y complaciente. Y mientras decía esto me acerqué a mi suegra que permanecía sentada en una silla, la acaricié y la besé, de un modo que le extrañó a Pedro porque ella era mi suegra y encima mi suegro estaba presente. En pocas palabras, le metí mano a mi suegra delante de Pedro y Gregorio. Rocío no me decepcionó y se dejó hacer. Luego dije que no le había dado ningún regalo de cumpleaños y me saqué la polla diciendo que era un anticipo del gran regalo que le íbamos a hacer. Al sacar mi polla tiesa, a la altura de la boca de mi suegra, todos se quedaron sorprendidos por mi atrevimiento, pero ninguno se movió de su sitio, porque todos esperaban con anhelo que sucediera algo así. Mi suegra supó qué era lo que tenía que hacer y comenzó a tragarse mi pene en una mamada tan delicada como las que ella sabía hacer. Yo le hablaba a Pedro: ¿te gusta lo que me hace mi suegra en presencia de su marido?, Pedro seguía mudo y no dejaba de contemplar la escena y mirarse mutuamente a los ojos con Rocío. Gregorio entre tanto empezó a masturbarse lentamente para disfrutar de la escena con tranquilidad. Mi suegro, con su polla tiesa en la mano se echó a un lado, se sentó en un sofá aparte y nos dejó para su disfrute a mi suegra, mi amigo y a mí en un primer plano. Rocío no dejaba de lamerme el pijo y de acariciarme los huevos, mientras yo le sobaba por encima de la blusa sus tetas. Pedro seguía inmóvil, como petrificado, y yo me sentí algo decepcionado con él porque le estaba poniendo en bandeja a mi suegra y no la tomaba. Pensé por un momento que a lo mejor era de los que hubiera preferido ir a chuparle la polla a mi suegro. Sin embargo me equivoqué. En unos instantes Pedro nos daría una lección de cómo había que comportarse sexualmente con una mujer.

- ¿No te apetece que te la chupe mi suegra? –le pregunté a Pedro.

Él no dijo nada, sólo se limitó a quitarse la ropa quedándose completamente desnudo. Su descomunal polla tiesa nos dejó petrificados. Tenía un pene como el de mi suegro y el mío juntos. Por eso mi suegra sacó mi polla de su boca y me hizo retirarme, a la espera de que Pedro y sólo Pedro le metiese aquel formidable aparato hasta la garganta. Fue una lástima no grabar con una videocámara la escena que se iba a producir a continuación. Esto fue lo que sucedió:

Mi amigo me pidió que fuese a sentarme en otro sofá y que me hiciese una paja mientras veía cómo él satisfacía a Rocío y así lo hice. Él se fue aproximando a ella despacio. Sobre la mesa aún quedaba un buen pedazo de tarta de la fiesta (más de la mitad de las porciones) y Pedro cogió un buen pegote de merengue para restregárselo en el glande; dijo a Rocío: ¡tomad, para que vos se alimente! Aquellas palabras y aquel acento encendieron la chispa en Rocío, que de un golpe engulló casi por entero los 25 centímetros de carne cruda que poseía Pedro. Tan frenéticamente los tragó que yo creía que la muy zorra iba a dejar sin polla a mi amigo. Gregorio y yo mirábamos con cierta envidia cómo aquel hombre se retorcía de gusto por la superfelación que le estaban regalando. En aquel momento habría hablado con Rocío echándole en cara que a mi nunca me había comido la polla con tanto afán. Pero reflexioné y comprendí que Pedro era un magnífico semental y ella se había dado cuenta desde el primer momento, además de que a mí nunca se me hubiera ocurrido untar mi glande con merengue. No obstante aquella escena resultaba morbosa y excitante, y mi suegro y yo disfrutamos como nunca haciéndonos una paja. Pedro no tardó en eyacular; cosa normal por otro lado porque mi suegra le hizo un trabajo con la boca que ni él pudo contenerse en soltar un enorme torrente de leche, el cual se mezcló en parte con el merengue que mi suegra tenía en la boca y se tragó, y otra parte de su semen salió disparada al mismísimo techo, en un alarde de fuerza de Pedro. Parecían fuegos artificiales y a Gregorio y a mi sólo nos faltó aplaudir, cosa que no hicimos porque seguíamos ensimismados haciéndonos una paja. Pero si espectacular fue aquello más espectacular fue ver como Pedro, con su polla flácida, dejando a mi suegra desnuda sobre la alfombra del comedor, fue a beber otro trago de champagne y al darse la vuelta, pues nos estaba dando la espalda, mostró su enorme polla otra vez erecta sin que hubiese pasado ni un minuto desde su eyaculación. Regresó a por mi suegra y poniéndola a cuatro patas se la folló desde atrás. Jamás había visto a mi suegra poner aquella cara de placer mientras le trabajaban el coño, ni la había oído dar esos gritos. Llegaron a su orgasmo y se besaron agradeciéndose el placer mutuo que se proporcionaron. Gregorio y yo no sabíamos que hacer pero mi amigo Pedro, en otro gesto de caballerosidad y generosidad nos dijo que nos aproximáramos a ellos. Pedro cogió lo que quedaba de tarta y untó todo el cuerpo de Rocío, con el merengue en la boca, la vainilla en las tetas y el chocolate en el coño. Mi genial amigo dijo después: ¡ahora hay que comerse a esta puta enterita! Cada uno eligió el sabor que más le gustaba; para Gregorio la boca de merengue, para Pedro las tetas de vainilla y para mí el coño de chocolate. Es indescriptible lo que gozó Rocío con aquello. Corridas, orgasmos, semen... La noche sexual fue enteramente morbosa. Le hicimos tantos sándwich a Rocío como combinaciones entre nosotros los hombres había: Pedro por el coño y yo por el culo, o los dos cambiando de agujero, luego Gregorio se la metía a su mujer en la boca o alguno de los dos le cedíamos el privilegio de nuestro lugar... Aquella noche no la olvidaré, ni Rocío por ser el mejor regalo de cumpleaños que nunca le hicieron. Ni que decir tiene que mi hijo se despertó y tuvimos que explicarle el viejo cuento de las inyecciones que le poníamos a la abuela, pues gritaba mucho la pobre. Creo que el niño jamás creyó aquella excusa .

Un tiempo después destinaron a Pedro a una sucursal londinense de la empresa y lo dejamos de ver. Pero los tres le agradecimos que aquella noche y otras que se repitieron nos hiciese tan felices siendo el maestro de ceremonia.

5ª PARTE: MI VIDA Y LA DE ROCÍO AÑOS DESPUÉS

Después de las aventuras vividas, mi suegro murió y fue una triste pérdida. Rocío, mi suegra se marchó a su ciudad de procedencia y poco después yo me casé de nuevo con una compañera de trabajo, llamada Cati. Mi nueva esposa era presidenta de una asociación de mujeres y sobre esto hay mucho que contar, pero será más adelante. En mi vida también aparece la madre de Cati, o sea, la segunda suegra de mi vida, que se llama Petra. Irremediablemente la madurez de Petra me atrajo al instante, después de lo vivido con Rocío sería ya inevitable que me fijara en mujeres mayores. A pesar de que mi vida sexual con Cati era más que intensa, no podía sacarme de la cabeza a su madre, que era una mujer viuda, pero poderosamente atrayente. Pensé sin embargo, que demasiada suerte tuve ya con Rocío, mi primera suegra, al habérmela follado. Con Petra imaginé que no pasaría. Así, que una vez me hube casado con Cati pasaron los años. Envié a mi hijo, Marcos, cuando ya tenía doce años a vivir junto a su abuela Rocío, para que a la vez que le hiciera compañía pudiese estudiar en un centro escolar de mucho prestigio que había en aquella ciudad. Al acabar su curso decidí invitar a mi hijo y a Rocío a que viniesen a pasar unos días de vacaciones en un apartamento que teníamos en la sierra junto con Cati, su madre y yo. Las cosas habían cambiado entre Rocío, mi anterior suegra y yo, pues hacía años de aquellas relaciones nuestras, y ya no existía esa pasión, aunque a decir verdad a veces lo echaba de menos. Así que allí estábamos en el apartamento, mi hijo, Cati, "mis dos suegras" por llamarlas de alguna manera y yo. Nuestros vecinos en la sierra, Ernesto y Yoly, con los que ya habíamos montado más de un intercambio Cati y yo (¡cuántas cosas me quedan por contar!) aún no habían tomado vacaciones, y no estaban allí. Mejor, así mi hijo y las suegras no advertirían nada raro. Empezaré a contar lo que sucedió durante nuestra estancia en la sierra:

Una tarde de viernes decidimos que había que ir a comprar la comida del fin de semana a un pueblo que había a 30 kilómetros de la sierra. A Cati le dolía la cabeza y decidió no venir, mi hijo había salido a hacer senderismo y no lo esperaríamos, así que iba a ir yo solo cuando Rocío se decidió a acompañarme; además como parecía muy violento que los dos fuéramos solos Cati animó a su madre, Petra, para que también nos acompañase; y allá que voy yo en el todoterreno con dos mujeres (Rocío y Petra) que siempre me atrajeron, a hacer las compras del fin de semana. Durante el trayecto imaginé que me detenía en la carretera y las obligaba a tener sexo conmigo, pero solo fue una fantasía. Pensé que quizá Rocío ya no sería la misma de siempre y que me hacía ilusiones falsas, y que además Petra era una vieja estrecha, pero el tiempo se encargaría de darme una sorpresa. Hicimos las compras y hube de apremiarlas, pues se entretenían demasiado en las estanterías del mercado, porque se hacía de noche para regresar a la sierra. Pero al regreso, no sólo se nos hizo de noche, además estalló una violenta tormenta y encima reventó uno de los neumáticos del todoterreno;. Gracias a Dios la avería nos sucedió justo al lado de un motel, desde donde llamamos a un taller para que viniesen a auxiliarnos, pero nos dijeron que hasta el día siguiente sería imposible. Les comuniqué a Rocío y Petra que tendríamos que pasar la noche en aquel motel, en el que además había sólo una habitación libre de dos camas. La tormenta hizo que muchos viajeros se detuviesen a pernoctar. A las dos mujeres no les agradó mucho la idea pero tuvieron que conformarse. (El lector pensará que son demasiadas casualidades excelentes para mi, pero en realidad así ocurrió). Telefoneamos a Cati y se lo explicamos todo, así que se tranquilizó. En la recepción del motel dije que Rocío era mi madre y Petra una tía, para ahorrarnos escándalos. Cenamos en el bar-comedor y nos fuimos a dormir temprano. Cada una de ellas ocupó una cama para dormir y yo un amplio sofá que había. Al cabo del rato de habernos acostado, silenciosamente Rocío vino junto a mi y me dijo que no podía conciliar el sueño, así que charlaríamos un rato en voz baja para no despertar a Petra. Por lo pronto Rocío solo quería hablar, pero tenerla a mi lado con una sábana simplemente cubriendo su cuerpo en ropa interior me calentó un montón; a mi memoria acudían antiguas experiencias vividas con ella. Comenzamos a hablar de Marcos, mi hijo, su nieto. Le pregunté que tal se había portado viviendo con ella durante el curso. Rocío me habló muy positivamente del chico. Yo le expliqué que quería mucho a mi hijo, pero que quizá después de haberme casado con Cati ya no conocía tanto de él como deseaba, así que pregunté a Rocío como era verdaderamente mi hijo y para mi sorpresa ella me contestó que se parecía demasiado a mí, sobre todo en un aspecto. Le rogué a Rocío que me explicara a que aspecto se refería; ella parecía estar arrepentida de haberlo dicho, pero ya era demasiado tarde, casi le exigí que me lo dijera. Ella me pidió calma y me rogó que no me enfadase por lo que iba a escuchar.

EL CURIOSO RELATO DE ROCÍO:

"Al poco tiempo de llegar Marcos a vivir conmigo noté que estaba algo desanimado y triste. Supuse que era por haberse separado de ti que eres su padre, pero mantuve una charla con él y me explicó el porqué. Marcos había hecho amigos nuevos, chicos que presumían de tener novias y de enrollarse con ellas, morreárselas, meterles mano en los pechitos, en el culo, etc, en fin chicos que se las daban de hombres y que además recriminaban a Marcos que no fuese como ellos. Por eso estaba Marcos tan entristecido y a mi me daba pena verle así; por si fuera poco le sorprendí varias veces masturbándose violentamente y eso me preocupó. No sabía que hacer por él. Empecé comprando unas cintas pornográficas para dejarlas perdidas por la casa y que él las encontrase y pudiera verlas, así se consolaría un poco. (El relato de Rocío estaba captando toda mi atención y ella creía que me enfadaría al oír todo aquello, pero la animé a seguir). Como abuela casi no me di cuenta de una cosa, y era que al encontrar Marcos aquel material pornográfico evidentemente pensaría que yo las tenía para verlas y que era una abuela cachonda. El chico, pensando lo peor de mi, pasó a la acción y una noche vino a mi dormitorio con el cuento de que si podía dormir conmigo ya que tenía miedo y pesadillas. Engañada acepté. Se metió conmigo en la cama y después de un rato me quedé dormida. Unas extrañas caricias me despertaron; Marcos me estaba sobando las tetas por encima del camisón y yo llena de confusión fui incapaz de reaccionar. Noté que al mismo tiempo se estaba masturbando, primero despacito y luego fue adquiriendo fuerza, hasta que el chico se corrió. Dejó de tocarme las tetas y se quedó dormido como un ángel. Yo estuve un rato despierta, sin poder dormir; la experiencia me dejó absorta, pero he de admitir que sentí excitación y acabé acariciándome el coño y teniendo un orgasmo. Todo se desarrolló con normalidad durante el día, si bien Marcos seguía algo preocupado por las historias de sus amigos y sus novias. Después de la cena y al irnos a dormir, un deseo irrefrenable me impulsó a decir a Marcos que si tenía miedo también esa noche podía dormir conmigo. Aceptó encantado. Esa noche casi no me había dormido cuando él empezó a acariciarme las tetas y a machacarse su polla; lo pensé mucho y tuve muchas dudas, pues éramos abuela y nieto, pero finalmente me decidí a coger su herramienta yo misma y pegarle una buena paja. Marcos tiene un pene de adulto, al agarrárselo se sorprendió un poco pero acabó dejándose hacer. Después de unos minutos eyaculó en mi mano y le pregunté al oído: ¿esto se lo hacen a tus amigos sus novias? No contestó. Pasó otro día y llegó la noche; ni siquiera me pidió permiso esta vez para acostarse conmigo, simplemente se metió en la cama junto a mi y comentó : Abuela, mis amigos dicen que sus novias si les hacen pajas. Marcos podía estar engañándome para obtener más de mi, o puede que fuese verdad lo que me decía de sus amigos, y yo con mi amor de abuela no podía consentir que Marcos tuviese menos en el terreno sexual que aquellos niños presumidos. Me incliné en la cama y me metí su polla de un golpe en la boca. Mamé con tanta ansia que al instante se corrió en mi boca. No hubo más. Le hice de nuevo la misma pregunta: ¿y esto, se lo hacen a tus amigos sus novias? A la noche siguiente lo mismo; Marcos que va y me dice que aquello también lo tenían sus amigos. "Esto ya se ha convertido en un reto personal" me dije a mi misma. Me bajé las bragas y abriéndome de piernas le dije: Anda Marcos, no seas tonto y cómeme el coño, y Marcos que va y se lo come de maravilla y entre gemidos experimenté un brutal orgasmo como hacía tiempo no tenía. Después le chupé un buen rato la polla antes de que eyaculara en mi boca. Y la pregunta otra vez: Qué Marcos, ¿les dejan las chicas a tus amigos que le coman el coño? Y por fin la noche de la culminación: Marcos que me dice que sus amigos le comen el coño a sus novias cuando les apetece. Yo ya me harto de la situación y me abro bien de piernas, anda nene, vamos a montar un 69, que después te vas a enterar, nos comemos el coño y la polla el uno al otro tan ricamente y al fin el regalo: "Méteme la polla en el coño Marcos te lo suplico", y allá que va Marcos a follarme sin piedad, como ya venía yo deseando, y me bombea como si estuviera sacando petróleo, entre gritos y gemidos de ambos, hasta que al final nos fundimos en un orgasmo brutal que nos deja agotados como si hubiéramos subido una montaña. "¿También esto lo hacen tus amigos y sus novias mi vida?" y Marcos me contesta: No abuela, ni tampoco todo lo demás. Me engañó solo para conseguir follar conmigo, pero yo no me enfadé porque a mi también me satisfizo. Hemos estado follando juntos todo el año."

Ese fue el relato de Rocío. No me enojé con ella porque sé que hizo feliz a mi hijo y además dejó claro que en el aspecto en el que nos parecíamos él y yo era en el sexual. Así que después de haberme contado aquello, yo tenía la polla tiesa y quería follarmela, solo que allí al lado estaba Petra y podía despertarse. Ese relato me calentó tanto que me entraron ganas de follar con ella...

6ª PARTE: RECORDANDO EL PASADO Y VIVIENDO EL EXCITANTE PRESENTE

Estábamos pues sentados los dos juntos en el sofá y cogí su mano para ponerla sobre mi verga erecta y le susurré:

- Rocío quiero volver a follar contigo.

-¿Aquí y ahora? Puede que tu suegra Petra se despierte y nos sorprenda. A mi también me apetece pero habrá de ser en otro lugar; imagina el escándalo que puede armarse sin nos pilla jodiendo.

- No tiene más remedio que ser aquí, no nos vamos a ir afuera con la torrencial lluvia que está cayendo. Ella duerme como un tronco, ni se dará cuenta...

Así intentaba convencer a Rocío al mismo tiempo que le empezaba a acariciar con mucha delicadeza los muslos, el culo y las tetas y ella se iba dejando hacer. Ella comenzó a menear mi polla supertiesa en tanto nos fundíamos en un beso que me hizo estremecer. A pesar de los años pasados, y como suelen decir que no pasan en balde, que no crea nadie que Rocío había perdido atractivo; era algo más vieja pero yo la deseaba igual que siempre. Me abrí camino entre sus piernas hasta llegar hasta su deliciosa raja una vez hube apartado sus bragas. Empecé a lamer el coño que con tanta nostalgia había recordado durante años pasados. Parecerá una estupidez, pero a punto estuve de llorar emocionado. Me comí aquel chumino querido como si fuese el alimento que me iba a conceder la vida eterna; Rocío agradecía el trabajo de mi afanada lengua con entrecortados gemidos que me hicieron temer que Petra se despertase; mas no me hizo ese temor detenerme sino que avancé con mi lengua por la encharcada cueva vaginal al tiempo que mis dedos estimulaban el clítoris de la madura mujer. Mi rabo duro como el granito exigía ya cierto trato especial, por lo que sugerí a Rocío que cambiásemos de posición. A regañadientes accedió ya que aún ella no había llegado al orgasmo; sin embargo, cuando se tragó mi verga entera chupó con la maestría que siempre le había caracterizado. No fui ingrato con ella y procuramos adoptar la mejor posición posible en aquel sofá para dedicarnos un 69. En este menester estuvimos un rato delicioso reteniendo a propósito el orgasmo, dado que queríamos reservarlo para la follada final. Entonces, la hice poner a cuatro patas y desde atrás se la hundí en su coño. Dimos comienzo a los pertinentes vaivenes, primero despacito y luego después a un ritmo mayor. Ambos gemíamos de placer, sobre todo ella, a la que tuve que tapar la boca con la mano no fuese que Petra, mi suegra, se despertara y nos pillase "in fraganti", con el consiguiente perjuicio de que tuviésemos que dejar la deliciosa tarea a medias. Pero la verdad es que no pusimos mucho empeño en disimular ruidos, chirridos del sofá y gemidos, y pasó lo que tenía que pasar. De repente se encendió la luz y allí estaba Petra, puesta en pie junto a su cama, y viendo como Rocío y yo nos pegábamos el lote follando.

- ¡Esto es una vergüenza!, nos dijo. Teníais muchas ganas de darle al asunto y os habéis puesto a hacerlo aquí mismo delante mía. ¡Cuando se entere mi hija te vas a enterar cabrón!- me dijo concretamente a mí, mientras intentaba vestirse para huir de allí.

He de decir que pese a la sorpresa de que nos hubiese descubierto y además amenazase con decírselo a mi mujer, Rocío y yo no nos privamos de culear un poco más para alcanzar un orgasmo gozoso. No nos importó que Petra nos contemplase, casi al borde del llanto, mientras recogía sus cosas para salir de allí al mismo tiempo que seguía recriminándonos que éramos una mujer mayor y un hombre joven lujuriosos y puercos. La verdad es que por un momento temí que se lo contará a mi mujer, a pesar de que Cati y yo nos concedíamos libertad para tener relaciones extramatrimoniales, pero no sabía como le iba a sentar saber que había estado follando con mi ex suegra en presencia de Petra, mi suegra actual.

Petra abrió la puerta y salió al exterior; Rocío y yo la retuvimos sin mala intención pues se pondría empapada por la lluvia y podía coger una pulmonía. Intentamos tranquilizarla, pero aún así se resistía, y entonces, debido a los forcejeos los tres caímos al suelo. Petra ( a la que de aquí en adelante llamaré suegra), continuaba llorando y queriéndose levantar del suelo para marcharse. Se hallaba semidesnuda, y Rocío y yo desnudos enteramente, encima de ella queriéndola retener honestamente, solo que el vernos en aquellas circunstancias me llevó a pensar en una violación o una situación de sexo no consentido y eso me excitó, aunque ni por asomo se me hubiera ocurrido jamás violar a mi suegra.

Sus pechos estaban casi descubiertos y su piel estaba mojada al haber salido corriendo bajo la lluvia en su intento de huir. Rocío y yo también estábamos mojados.

- ¿Qué tiene esta vieja para que le hagas el amor? –me preguntó mi suegra enfadada entre sollozos.

- Es una mujer ardiente y atractiva –le dije-.

- ¿No te basta con tu mujer?- me inquirió.

- Esta noche mi mujer no está aquí, eso es todo. Necesitaba follar.

- ¿Y tú? –le dijo a Rocío- ¿no tendrías que buscar otras cosas ya a tu edad?

- ¡Busco lo que cualquier mujer!-contestó Rocío-. Necesito placer, nada tiene que ver la edad. Tú también lo desearás a menudo, aunque seas madura, como yo.

- ¡Dejadme en paz, estáis locos! ¡Tú eres una vulgar puta y él un cerdo!

Oír aquello pareció molestarle a Rocío, que señalando mi polla erecta, dijo a mi suegra:

- Mira lo que tiene tu yerno entre las piernas, ¿no me dirás que no deseas una verga así, después de tanto tiempo como supongo llevarás

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LA PARTIDA DE PÓKER (Escena Final)

Posteado por: cuentocaliente el 28 ene En: HISTORIAS DE HOMBRES - 3 comentarios

Tras unos minutos de continuada masturbación, acompañada de suspiros y gemidos por parte de Andrés, él saco la picha de la boca de Silvia y sin dejar de pajearse, se dirigió a ella.:

Sabes Silvia, desde que te conocí tu belleza me dejó prendado, pero siempre has tenido conmigo un comportamiento altivo y grosero. Esa forma de tratarme hizo cambiar mis iniciales e inocentes fantasías sexuales contigo hasta desear cosas bastante más perversas que un simple polvo. Últimamente mis mejores pajas me las he hecho pensando en que me la pelaba sobre tu cara hasta correrme sobre ella. Nunca pensé que esto pudiera ocurrir, pero aquí estamos los dos, haciendo realidad mis fantasías.

Eres un cerdo asqueroso y salido.

Tienes razón Silvia, soy un guarro y un salido que te va a llenar la boca y la cara de lefa caliente. Vamos, ¿a qué esperas? Abre la boca.

¡Adelante cabrón, termina de una puta vez!

Silvia abrió su boca y Andrés le metió de nuevo buena parte de la polla acelerando el movimiento de su mano sobre la parte que aún sobresalía y suspirando cada vez con más intensidad. Tras un minuto de furiosa masturbación y medio gimiendo exclamó:

Joder, te voy a embadurnar de leche. Voy a disfrutar de la mejor corrida de mi vida.

Un ronco grito acompañó el inicio de su eyaculación que, pese al anuncio hecho por Andrés, pilló por sorpresa a Silvia que en cuanto sintió el esperma en su boca apartó la cara hacia un lado escupiéndolo con fuerza y liberándose de la polla. A Andrés no le importó, sujetó la cabeza de Silvia con la mano libre y dirigió cada nuevo chorro de leche hacia una parte distinta del rostro de mi esposa. Una vez culminada la eyaculación restregó con su propia verga el semen acumulado esparciéndolo por la cara de Silvia: Luego, tambaleándose, se incorporó y se sentó en el otro sofá sujetándose el pene, aún chorreante y con el semblante repleto de satisfacción. Había completado una deliciosa venganza y era evidente que había disfrutado muchísimo con lo que le había hecho a Silvia.

Increíble, ha sido increíble, mucho mejor de lo que esperaba. Y tú ¿qué tal Silvia? ¿Te ha gustado mi leche?

Silvia, con la cara toda pringosa, se sentó de nuevo en el sofá, a mi lado y le objetó con sorna:

Seguro que es tan asquerosa como tú. ¿No has visto que la he escupido? Apenas he tenido que probar su sabor.

Andrés replicó:

¿No quieres reconsiderarlo? Aun puedes hacerlo, tienes la cara llena de esperma.

En ese momento Juan, que estaba en el sofá junto al exhausto Andrés, se levantó torpemente y se dirigió hacia Silvia. El bulto en sus pantalones era tan evidente que cuando ella le vio acercarse saltó con brusquedad:

- ¿Qué? ¿Tú también quieres hacerme lo mismo?

Pero Juan sacó un pañuelo de su bolsillo y balbuceó:

No. Yo sólo venía a ofrecerte un pañuelo para que te limpies la cara.

Silvia hizo un gesto como pidiendo perdón y le dejó que él mismo le limpiara todos los restos de semen. Una vez terminada la tarea Juan se quedó parado frente a ella admirando su cuerpo desnudo, pues Silvia ya ni se preocupaba por taparse.

De inmediato Andrés retomó la voz cantante de la situación, dirigiéndose a mi esposa:

¿Has visto lo galante que ha sido Juan? ¿No crees que deberías recompensarle de algún modo?

Silvia lanzó primero una furiosa mirada a Andrés, para concentrarse después en el hombre que tenía ante ella, y que inconscientemente, mientras se deleitaba observando sus curvas, se frotaba con la mano en la entrepierna. Andrés intervino de nuevo:

- ¿Tu que crees, Juan? ¿No te mereces un premio? ¿Una mamadita?

Juan, cada vez más turbado, contestó con un hilo de voz:

- No se. Jamás me lo han hecho y no estoy seguro de que me guste.

- ¿Nunca te la han chupado? Eso no puede ser. Tienes que probarlo. Te aseguro que es delicioso.

- Pero yo estoy a cien y podría venirme en su boca y eso es algo que no quiero hacer, es demasiado… sucio. Yo prefiero hacerlo cómo antes, en su coño.

- Pues ya no hay condones, pero tú no te preocupes, deja que te la mame y si notas que te vas a correr, te la follas por el coño y te sales cuando te llegue.

Andrés se dirigió de nuevo a Silvia:

Vamos Silvia, chúpasela un poquito. Dale esa satisfacción, deja que lo pruebe.

Silvia me miró, cómo no dando crédito a lo que oía, pero yo, deseoso en el fondo de que se la mamara también a Juan, asentí levemente, cómo dando la razón a Andrés. Con un pequeño gesto me dio a entender que todos estábamos locos, pero era evidente que ya ni mi esposa tenía tabúes y acercó sus manos a las del tembloroso Juan y las apartó del bulto de sus pantalones. Maniobró con el cinturón, el cierre y la cremallera de sus pantalones para permitir bajárselos hasta la mitad de los muslos. Sus largos calzoncillo de líneas verticales azules fue la siguiente prenda que Silvia le bajó a la misma altura. La polla de Juan apareció, entre una despoblada mata de pelos muy largos y completamente tiesa, ante sus ojos. Me pareció bastante más gruesa que la primera vez que la vi esa noche, seguramente porque su excitación en ese momento era mayor. Volvió a sorprenderme el contraste entre el blanquecino color de su tronco y el rojizo de su glande medio descubierto.

Juan permanecía quieto, sin saber muy bien qué hacer, y fue la propia Silvia la que cogió su polla y con mucha suavidad terminó de descapullarlo, mientras él se estremecía al sentir el contacto de la palma de la mano de mi mujer sobre su dura verga. Cuando ella echó su cuerpo hacia atrás, para apoyar su espalda en el respaldo del sofá, tiró de la polla de Juan obligándole a acercarse y finalmente a poner sus rodillas sobre el asiento a ambos lados de los muslos de ella. Silvia deslizó un poco su cuerpo por el respaldo hasta que el cipote de Juan estuvo a la altura de su boca y luego con un nuevo y ligero tirón la acercó a sus labios.

Cuando engulló el glande en su boca el hombre cerró los ojos, pero cuando se metió en la boca la mayor parte de la picha y, esta vez sí, empezó a mamársela, Juan emitió un gruñido de satisfacción y empezó a suspirar. Era, sin duda, la primera vez que Silvia hacía una mamada, pero también era la primera vez que Juan la recibía. Se la estuvo chupando un rato hasta que empezó a mover rítmicamente los labios subiendo y bajando por el tronco de su cipote cuyo grosor hacía que la piel se moviera al mismo compás, originando un efecto masturbatorio que posiblemente ni la propia Silvia quería, pero que Juan seguro que agradecía, pues le estaba produciendo un gusto impensable, tanto que, instintivamente, apoyó sus manos sobre la parte alta del respaldo del sofá y comenzó a mover su cuerpo, al principio muy ligeramente, siguiendo el vaivén de la mamada de mi mujer.

Las sensaciones placenteras de Juan se fueron incrementando y eso hizo que sus movimientos de riñones de adelante a atrás a se intensificaran y que él comenzara a olvidarse de sus opiniones morales ante la posibilidad de correrse entre los labios de Silvia, mientras su polla asumía el mando de la situación, follándose a mi esposa por la boca, con creciente ímpetu.

Llegó un momento en que la fuerza de la follada era tal que Silvia, intuyendo lo que podía pasar, intentó apartarle poniendo sus manos sobre el pecho del hombre que ya estaba fuera de sí. El intento de mi mujer fue inútil y las exclamaciones de placer de Juan inundaron el salón hasta que su cuerpo empezó a sufrir las convulsiones que ya habíamos visto antes y que anunciaban su inminente orgasmo.

¡Ay Dios, esto es increíble! – pudo exclamar justo antes de que los temblores de su cuerpo aparecieran al empezar a correrse.

Silvia se dio cuenta de que Juan le iba a inundar la boca de esperma e intentó zafarse del pollón pero esta vez no tuvo escapatoria. El temblor de Juan empujaba sin parar su grueso cuerpo contra el rostro de Silvia aplastándolo contra el respaldo del sofá y mi esposa comenzó a recibir en su boca la eyaculación del hombre. Como el grosor de la polla de Juan impedía a Silvia escupir la leche que el vomitaba, intentó retenerla entre sus mofletes que se fueron hinchando. Dado el tiempo de abstinencia de él, y pese a haberse ya corrido una vez, la corrida fue larga y copiosa y en medio de la misma, entre tosidos y arcadas, ella tuvo que tragarse el líquido mientras Juan seguía soltando leche.

Finalmente cesaron los temblores y Juan culminó su éxtasis, pero mantuvo su cuerpo aún apretado sobre mi mujer un buen rato hasta que ella le empujó y él se retiró con su pene ya en clara decadencia. Los aplausos de Andrés resonaron en el salón.

¡Sí señor! ¡Ha sido genial! Ya te lo advertí Juan. Una buena mamada es deliciosa y veo que la has disfrutado de verdad.

Juan retrocedió hasta el mueble, intentando recuperar la compostura y la cordura.

¡La virgen! Ha sido la corrida mas intensa que he tenido en mi vida – y mirando a Silvia se excusó:

Lo siento Silvia, ha sido superior a mí, no he podido evitarlo. Cuando empezaste a pajearme con los labios me descontrolé. Te agradezco el maravilloso momento que me has hecho pasar.

Silvia sonrió sinceramente a Juan y le dijo:

No te preocupes, no pasa nada. Me alegro por ti que lo hayas disfrutado.

Luego se levantó y, tras mirarme brevemente con una expresión que nunca antes había visto en ella, se dirigió, contorneándose como una puta, hacia la silla en la que Lucas había contemplado el espectáculo sin dejar de acariciarse su oscura y circuncindada verga. Aunque prácticamente ya no había nada que pudiera sorprenderme esa noche, no me esperaba las palabras que dirigió al hombre gitano mientras le miraba fijamente a los ojos:

¿Y tú qué, Lucas? ¿No quieres que también te la chupe?

Y se acercó aún más a Lucas mirándole la polla con descaro y claras muestras de deseo, inclinando su cuerpo con clara intención de metérsela también en la boca, pero él se levantó y la alzó también a ella, puso sus dos manos sobre el trasero de mi mujer atrayéndola hacia él. Sus manos se pasearon por las nalgas de Silvia, abrieron sus cachetes y sus dedos se introdujeron repetidamente por la raja del culo, acariciando el agujero de su ano. Lucas y Silvia se besaron con auténtica pasión.

Ella no se mantuvo quieta y, mientras seguían besándose, acarició con una mano la espalda tersa del gitano y con la otra le imitó palpándole y pellizcándole repetidamente el delgado trasero aunque sin rozarle la raja del culo.

Yo ya había asumido que ese hombre producía un efecto devastador en la sexualidad de mi esposa y no me importaba, al contrario me excitaba, aún más si cabe, el abierto comportamiento de ella hacia él.

Lucas puso una vez más a mi esposa a cuatro patas, justo frente a mí, y empezó a lamerle una y otra vez el orificio anal, acudiendo, de vez en cuando, al vaginal. Se incorporó y apuntó con su sable totalmente tieso al trasero de ella. Cuando su polla empujó sobre las paredes de entrada de su ano, Silvia, sorprendida, se giró, pero pese al dolor que la penetración le producía, no rechistó e intentó disfrutar de algo que sexualmente era para ella totalmente novedoso.

Lucas consiguió, con mucho esfuerzo, introducirle buena parte de su cipote en el ano y se movió lentamente, sin llegar a conseguir al principio que Silvia se relajara lo suficiente para gozar de la sodomización. Sin embargo el gitano mantuvo pacientemente durante bastantes minutos la lentitud de sus embestidas hasta que su polla se acopló al canal del recto de mi mujer y empezó a entrar y salir de él sin dificultades. Los gemidos de Silvia le indicaron que ella empezaba a gozar de la verga en su culo y para excitarla aún más llevó una de sus manos a su coño acariciándole el clítoris, mientras incrementaba la fuerza con lo que le taladraba el culo.

Cuando parecía inminente el orgasmo de Lucas, y puede que también el de mi esposa, Andrés se les acercó, de nuevo con la polla en completa erección y le susurró algo al hombre. Lucas se salió, alzó a Silvia y ocupó su lugar tumbado en el suelo. Sin dejarla mirar hacia atrás, donde Andrés esperaba masturbándose, la instó a cabalgarle. Silvia bajó su cuerpo sobre el de Lucas y escondió la polla dentro de su coño. No tuvo ya tiempo para subir. El capullo de Andrés la sorprendió abriéndose paso con ímpetu en su ojete que tan abiertamente, y sin saberlo, había dejado expuesto a la vista del odiado hombre. Mi jefe empujó y le metió la tranca sin muchos problemas, tomando el mando de la follada/enculada con enérgicos golpes de riñón. Ensartada entre los dos hombres y follada duramente por ambos, Silvia ya ni protestó por la rudeza de Andrés, abandonándose al placer que le producían los movimientos de las pollas en sus dos canales. Andrés, en medio de los jadeos y gemidos de los tres, no quiso reprimirse:

¡Joder Silvia! Darte por culo es lo único que me faltaba estaba noche. Y ya veo cómo disfrutas mientras te partimos en dos. Estás hecha una auténtica zorrona.

Andrés no aguantó mucho tiempo sintiendo la estrechez del canal anal de Silvia y anunció su corrida:

Me voy a correr otra vez. Toma mi leche. Guardátela en ese precioso culo.

Jadeando, Andrés se corrió por tercera vez esa noche dentro de mi esposa y luego, medio desfallecido, abandonó el cuerpo de Silvia y volvió a sentarse junto a Juan.

Parecía que era lo que Lucas esperaba, pues apenas se quedó sólo con ella, la volteó girándola boca arriba, se agarró a sus pechos y le penetró de nuevo por el coño, iniciando un furioso mete-saca que mi esposa sin duda agradeció mientras todos sus sentidos se revolucionaban para llevarla a la cima del placer.

Una mezcla de gritos y gemidos acompañaron el orgasmo de Silvia que aprisionaba con sus piernas y brazos el cuerpo de Lucas sobre ella mientras éste se la follaba a placer con potentes embestidas y sin parar de acariciarle y chuparle los pezones. Fue una corrida brutal de mi esposa, pero ella, fuera de sí, quería más y separó la boca de Lucas de sus pechos y de nuevo le besó con furia y pasión. Lucas respondió acelerando aún mas sus envites mientras el sudor recorría la mayor parte de su cuerpo, hasta que sintiendo la proximidad de su venida se incorporó y abandonando el coño de mi mujer empezó a meneársela dispuesto a correrse sobre aquel.

Entonces Silvia le agarró con ambas manos de la cintura y le instó a reptar hacia su pecho. Lucas aceptó la invitación y, arrodillado, se movió hasta colocar ambas rodillas a la altura de sus pechos. De inmediato envolvió su polla entre las tetas de Silvia y se masturbó con ellas durante un par de minutos. Silvia volvió a instarle a subir su cuerpo aún mas arriba y Lucas, a regañadientes, abandonó la cubana que se estaba haciendo, situando ya sus rodillas a la altura del cuello de ella. Cuando mi mujer tuvo la estaca de Lucas a su alcance, se apoderó furiosamente de ella y bajándola la restregó repetidamente sobre su cara sin cesar de pajearle, luego la observó con detenimiento, cómo si quisiera descubrir todos los secretos, para ella desconocidos, que pudiera tener una polla. Su lengua se concentró sobretodo en la base del capullo, pasándola con reiteración sobre la zona del frenillo, algo que, a tenor de los gestos de su cara, a Lucas le debía resultar maravilloso. Luego se la metió en la boca y se la mamó con ganas, acariciándole con una de sus manos los huevos. La mamada era tan enérgica que iba a llevar a Lucas a correrse sin remedio, pero él no debía querer hacerlo aún, pues consiguió sacar la verga del húmedo recinto que la albergaba y, reptando un poco más, tapó con sus cojones la boca de Silvia.

Mi mujer, cada vez más encendida no se lo pensó y empezó a chupar con frenesí las pelotas del gitano que ahora se masturbaba más lentamente. Lucas bajó su otra mano hacia el chocho de Silvia y volvió a acariciarle el clítoris con su habitual maestría. Las lamidas de Silvia comenzaron a ser acompañadas por gemidos de placer e inconscientemente sus manos se posaron de nuevo sobre las nalgas de él, empujándole aun más hacia ella. Lucas, viendo el estado de frenesí de ella, decidió aventurarse aún más y reptando nuevamente puso su ojete a la altura de la boca de mi esposa, permaneciendo quieto y esperanzado en una reacción positiva de ella, mientras le masturbaba el coño con más intensidad. En efecto no tuvo que esperar mucho, pues Silvia subió su rostro lo suficiente para apoyar sus labios en el esfínter de Lucas quien al sentirlos sobre su ojete se estremeció y empezó a moverse de arriba a abajo consiguiendo que los labios de Silvia se pasearan por toda la raja de su culo. Cuando ella empezó a manipular con la lengua su ano, Lucas se derritió y empezó a pelársela con más fuerza.

Desde mi posición, con incredulidad, veía perfectamente los vericuetos que la lengua de mi esposa efectuaba entre los pelos negros del culo del gitano y como se introducía repetidamente en el interior de su oscuro agujero.

A punto de correrse, Lucas bajó su posición y Silvia aprovechó para apoderarse de inmediato de su polla, metiéndose la mitad en la boca mientras le pajeaba con fuerza. Lucas comenzó a gruñir sintiendo como la leche estaba a punto de subirle por el tronco de su picha. Cuando el cuerpo del hombre se tensó, Silvia le soltó la polla y la engulló por completo dentro de su boca dispuesta a ordeñarle toda la leche que tenía en los cojones. Lucas finalmente aflojó la tensión y empezó a descargar su semen en la boca de mi mujer, entre continuos espasmos de placer. Al sentir la leche caliente Silvia, con un gemido gutural acentuado, pues tenía la boca ocupada, también se corrió. De nuevo fue un orgasmo pronunciado mientras recibía, esta vez con auténtico deleite, la lefa de nuestro invitado.

Cuando Lucas pudo incorporarse volvió a sentarse en la silla, dejando a Silvia tumbada sobre la alfombra. Todos nos dimos cuenta de que el esperma que había escupido Lucas seguía en su boca y ella jugaba con su lengua moviendo el preciado líquido por todos los rincones. De repente se puso de rodillas sobre la alfombra justo frente a mí, mirándome con una sonrisa llena de lascivia. Entonces abrió la boca y me mostró por unos instantes la nata de semen que había batido saboreando el esperma de Lucas, tragándosela a continuación. Se relamió, abrió la boca y permaneció inmóvil, suplicando con la mirada lo que yo, en el fondo, estaba deseando hacer.

¿Será posible? ¡Esta mujer es una auténtica furcia! Vamos Mariano, ¿Qué estás esperando? Creo que tu mujer no ha tenido bastante y necesita más.

La voz de Andrés me hizo reaccionar. Notaba el dolor en mis testículos originado por la prolongada erección que me había causado la sesión de sexo de mi esposa con mis tres colegas de juego. Me levanté y saqué al exterior mi endurecido cipote y lo posé sobre la lengua que Silvia, golosamente, apoyaba sobre su labio inferior, esperando una nueva ración de leche. Apenas tuve que meneármela un par de veces para que el placer se apoderara de mis sentidos y dejara escapar, a borbotones, toda la leche que tenía acumulada en mis huevos. Silvia la recibió, la saboreó como había hecho antes con la de Lucas y se la tragó, dando así por concluida una noche de inimaginable sexo para ella y todos nosotros.

Éramos conscientes de que todos, esa noche, de una u otra forma, habíamos ganado la apuesta. Los tres hombres se habían tirado y habían gozado de mi esposa a placer, y Silvia y yo habíamos descubierto una faceta en nuestra vida sexual que seguramente nos iba a marcar positivamente para siempre.

Por cierto, el lunes siguiente Andrés me entregó el cheque de 30.000 euros, aunque no me correspondía, y yo, por supuesto, lo cogí. Mañana viernes hay una nueva timba de póker, esta vez en casa de Andrés, y yo estoy convencido de que, enseñándole el cheque a Silvia, no tendré muchos problemas en convencerla de que me acompañe a la partida.

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LA PARTIDA DE PÓKER (Escena Segunda)

Posteado por: cuentocaliente el 28 ene En: HISTORIAS DE HOMBRES - sin comentarios

Andrés sacó su miembro de ella y se sentó en el sofá. Silvia abandonó su incómoda posición y se sentó junto a él. Sus expresiones eran muy distintas. Mi mujer escondía su cara entre las manos, avergonzada por haber sido jodida, y más aún en mi presencia y en la de los dos individuos que había conocido esa misma noche. Andrés por su parte con los brazos sobre el respaldo del sofá, y con la vista al techo, recuperaba el resuello tras su rápida corrida. La música seguía sonando pero ninguno teníamos claro que hacer a partir de ese momento. El propio Andrés fue el primero en reaccionar y quitándose el preservativo lo cogió por la abertura entre los dedos y se dirigió a Silvia, que estaba a su lado:

Toma Silvia, tira esto a la basura.

Ella apartó las manos de su rostro para ver a qué se refería él. Cuando vio el presente que le enseñaba hizo una mueca de repugnancia y dijo:

No pretenderás que sea yo quién lo haga. ¿Por qué no lo tiras tú?

Andrés la miró extrañado y con una maliciosa sonrisa alzó el condón que contenía su reciente eyaculación a la altura de los ojos de ella. Entonces comenzó a acercárselo lentamente.

¿Qué haces? – protestó -¡Para ya!

El ni se inmutó y continuó acercándole el globito. Silvia comenzó a recular en el sofá hacia el extremo mas cercano a nosotros a le vez que él se estiraba para acercarse cada vez más a mi mujer. Llegó un momento en que ella quedó medio tumbada y recostada sobre el brazo del sofá, sin poder retroceder más. Andrés amplió su sonrisa, situó el condón justo encima de su rostro y le preguntó socarronamente:

¿Qué pasa Silvia? ¿No te gusta?

¡Eres un asqueroso! – contestó ella

Vamos. No te enfades, al fin y al cabo esto es obra tuya.

Silvia cerraba los ojos, pero los abría de inmediato ante el desconocimiento de lo que pretendía hacer Andrés. Él movía con ritmo pendular a escasos centímetros de su cara el transparente envoltorio que contenía su leche recién derramada y cuya consistencia podíamos observar pese a la tenue luz de la pantalla que iluminaba la habitación.

Luego, mientras lo mantenía sujeto por la abertura, cogió la base con los dedos de lo otra mano y empezó a subirla para ponerlo en posición horizontal. Silvia adivinó la intención de Andrés y de inmediato se cubrió la cara con ambas manos, aunque eso no podía evitar, si era el deseo de Andrés, que la mojara.

Vamos Silvia ¿de verdad que no quieres tirarlo tú por el inodoro? Puedo manchar el sofá si se me derrama aquí mismo.

Andrés empezaba a mostrar un aspecto desconocido para mí. Se estaba mostrando soez y grosero con mi mujer, algo que no encajaba en la opinión que yo tenía de él. Estaba cada vez mas convencido de que su temprana corrida, y encima delante de nosotros, le había realmente afectado y lo estaba pagando con ella. Intenté librar a Silvia de su suplicio dirigiéndome a él:

El baño está junto a la puerta de entrada. – y con un gesto y una fingida sonrisa le di a entender que acabara con eso.

Andrés fijó su vista en mí durante unos segundos, con desafío, pero yo no cedí y finalmente se incorporó y salió del salón con su preservativo en la mano.

Tanto yo como mis dos acompañantes intuíamos que el polvo no había sido suficiente para Andrés y no nos movimos. Silvia, en cambio, debió pensar que la apuesta estaba cobrada y una vez recuperada del susto, adecentó su ropa y, sin atreverse a mirarnos, se levantó para irse. Al llegar a la puerta se topó con Andrés que regresaba, ahora ya con las manos vacías.

¿Dónde vas con tanta prisa? - Dijo Andrés.

¿Y lo preguntas? Ya has tenido lo que querías. Me voy a dormir – Silvia contestó con decisión.

Él cortó su retirada cogiéndola por el brazo. De nuevo esa sonrisa maliciosa, nueva para mí, volvió a mostrarse en su semblante.

No, no. ¿Crees que ya estoy satisfecho? Lo de antes ha sido sólo ha sido un aperitivo. Anda, ven conmigo – y llevándola del brazo la situó frente a nosotros y nos preguntó:

¿Qué os parece lo que he ganado esta noche? Bueno Mariano, tú ya lo sabes, no es necesario que me contestes, pero vosotros dos… ¿que opináis? ¿No os parece magnífica?

Lucas simplemente hizo un gesto de asentimiento. A Juan en cambio se le notaba muy incómodo. Ni se atrevía a alzar la mirada. Lo mismo le pasaba a Silvia, que permanecía ahora de pie inmóvil y expectante ante los desconocidos planes de Andrés sobre ella.

Juan, ¡mírala! ¿No es un auténtico bombón?

El hombre, viendo que comenzaba a ser el punto de atención de los presentes,

se sentía aún mas azorado.

Bien, creo que tendré que convencerte.

Andrés se situó detrás de Silvia y llevó ambas manos a su cintura. Luego las adelantó a la altura del botón mas bajo de su blusa. Soltó los botones, uno a uno, menos el más alto, el que entallaba sus pechos bajo la blusa carmesí. Luego deslizó sus manos hacia los laterales de su falda encontrando con una de ellas la cremallera que hizo descender con parsimonia para jugar después con sus dedos con el corchete que en esos momentos era lo único que sostenía la prenda adherida a la cintura de ella. La mano libre la llevó al botón aún sin desabrochar de su blusa.

Creo que deberías mirar esto, Juan – le reiteró esperando que prestara atención.

Ya teníamos todos claro lo que iba a suceder y observé que Lucas no perdía detalle esperando poder admirar en breve el cuerpo de Silvia mientras que ella temblaba ante la vergonzante inminencia de su desnudez.

Juan no pudo aguantar más tiempo la tensión y finalmente posó su mirada sobre mi mujer justo en el momento en que Andrés desabotonaba el único botón de la blusa que quedaba. La prenda, libre de toda sujeción, se desplegó dejando brevemente a la vista su sujetador de color crema, justo el tiempo que empleó ella para alzar sus manos y cubrirse. Pero Andrés también soltó el corchete de la falda y está resbaló sin piedad a los pies de Silvia que de inmediato también usó una de sus manos para tapar la zona de su sexo.

Pese a los esfuerzos de mi mujer por cubrirse todos podíamos ya admirar la belleza de su cuerpo casi al desnudo. Andrés la giró hacia si mismo obligándola a alzar la cara con un suave empujón en su barbilla. Le susurró algo y ella, bastante indecisa, bajó sus manos.

Mientras la miraba directamente a los ojos, le apartó la blusa y maniobró en el cierre de su sostén hasta liberar por completo sus pechos. Luego, sin dejar de mirarla a los ojos, agarró sus bragas y comenzó a hacerlas descender por los muslos hasta que éstas terminaron de caer por si mismas dejándonos ver de nuevo sus preciosas nalgas. Una vez que la tuvo desnuda, Andrés, embelesado, fue recorriendo con la mirada todos los rincones del cuerpo de ella que aparecían a su vista. Apaciguado su ardor inicial, ahora se tomó su tiempo para contemplarla tranquilamente en toda su desnudez. Después se dirigió a nosotros:

- ¡Ufff….! - ¡Tenéis que ver esto!

Sujetándola de los hombros la fue girando hasta situarla de cara a nosotros tres, para dejarnos contemplar la belleza de su cuerpo. Sus piernas eran firmes, fruto del trabajo de gimnasio que diariamente hacía, sus caderas voluptuosas y marcadas. Sus pechos, voluminosos, iniciaban a caer por el peso para después remontar hacia arriba con unas curvas pronunciadas culminadas por las aureolas y unos pezones rojos pequeños y puntiagudos. Su coño era prominente, tapizado por una hermosa y arreglada mata de pelo castaño oscuro que dejaba entrever los pliegues de su raja.

La belleza natural de su cuerpo, la inocultable vergüenza que seguía reflejándose en su rostro y el morbo de estar siendo el objeto de la encandilada mirada de los cuatro hombres que allí estábamos constituía el marco perfecto para producirnos una tremenda erección. Yo mismo nunca había visto a Silvia tan directamente desnuda, pues ella procuraba siempre evitarlo e incluso hacíamos el amor a oscuras.

Andrés seguía sonriendo orgulloso de mostrarnos lo que había ganado.

- Bueno Juan ¿Qué te parece?

Juan soltó un hondo suspiro antes de contestar:

- Yo….., no tengo palabras. – y pareciendo haber perdido de golpe todo la timidez antes demostrada y sin importarle que yo estuviera delante, se dirigió ya directamente a mi esposa diciéndole que era preciosa.

Pero ella ni miraba ni sentía. Estaba totalmente aturdida por el cariz que estaban adquiriendo los acontecimientos

Andrés dio un nuevo giro de tuerca a la situación y empezó a animar a Juan:

Vamos Juan, seguro que estás empalmado a tope. Deja que veamos lo que escondes bajo tus pantalones.

Juan miraba a un lado y a otro sin saber qué hacer. Estaba sumamente excitado y casi sin darse cuenta empezó a tocarse su entrepierna por encima del pantalón.

Andrés ya se lanzó directamente al ruedo y cogiendo a Silvia por la cintura la acercó hacia Juan instándola a arrodillarse sobre el sofá a ambos lados de las piernas de él. Aún reticente, Silvia obedeció los deseos del que esa noche era su dueño y se echó sobre Juan apoyando su desnudo coño justo sobre la oculta erección del hombre. Para él eso era demasiado y con dificultades se bajó la bragueta y extrajo su henchida polla al exterior. Tenía un buen tamaño, sin exagerar, y era de piel muy blanca lo que contrastaba con el rojo capullo que la coronaba.

Andrés ya había preparado otro preservativo, de un color verde llamativo, y se lo ofreció a su amigo. Juan torpemente se colocó la protección y de inmediato se escurrió en el sofá buscando la penetración de su verga en el coño de Silvia.

A los pocos instantes se volvía a representar una escena con altas dosis de morbo: tenía a mi mujer casi frente a mí mientras Juan, sentado a mi lado, se la empezaba a follar con rítmicos golpes de cadera hacia arriba. Y lo más curioso es que lejos de importarme mi excitación iba en aumento. Juan continuó sus movimientos un par de minutos más, ocultando y descubriendo alternativamente el verde envoltorio de su blanca verga mientras jodía con fuerza el coño de Silvia, que, manteniendo los ojos cerrados, se dejaba follar aceptando los designios de mi jefe. Entonces él aferró con sus manos los imponentes pechos de mi esposa y, mientras emitía una especie de quejido continuo, su cuerpo comenzó a convulsionarse de un modo tal que todos nos asustamos temiendo que le pasara algo malo, hasta que el mismo Juan nos sacó de dudas:

- ¡Ayyy, me corro, me corro, por Dios! – y mientras anunciaba con voz quejosa su corrida, sus convulsiones se incrementaron aun más, transformándose a continuación en un temblor, salpicado de espasmos, que se fue apaciguando conforme terminaba el brutal orgasmo que había obtenido tirándose a Silvia.

Juan salió entonces del estado medio hipnótico en el que se encontraba y, apartando a Silvia, se puso de pie tapándose su polla y exclamando:

¡Virgen de la Macarena! ¿Qué he hecho? Mi esposa no me lo va a perdonar jamás. ¿Qué le voy a decir?

Andrés intentó tranquilizarle y le pidió el preservativo para tirarlo. Juan le entregó el condón mecánicamente, mientras permanecía de pie, absorto en sus pensamientos, tanto como la propia Silvia que, incapaz de levantar la vista, permanecía a su lado con las manos cubriendo su pubis y sin tener claro que hacer a partir de ese momento.

Pero quien si debía tenerlo claro era Lucas. Sentí como el sofá se movía a mi derecha cuando él se levantó y con su habitual semblante serio se dirigió con decisión hacia mi esposa. Con una de sus manos le alzó la barbilla obligándola a mirarle a los ojos. Silvia, como yo, debió notar en los ojos de Lucas el deseo de éste de poseerla al igual que habían hechos los otros dos jugadores. Mantuvo la mirada hasta que Lucas, acariciándole las mejillas, acercó su rostro al de ella para besarla. Lucas paseó repetidamente sus labios por los de ella, y me pareció que fue mi propia mujer la que los entreabrió para dejarle paso, pero el beso fue interrumpido por Andrés a su regreso al salón.

Vaya, vaya, Lucas. Veo que a ti también te ha puesto cachondo mi premio. Silvia, no te quejarás, estás siendo la atracción de la noche.

Lucas interrumpió el beso y miró brevemente a Andrés esbozando una forzada sonrisa. De inmediato volvió a poner su atención en Silvia, la agarró de la cintura y la sentó en el sofá justo a mi izquierda. Se arrodilló a sus pies y tras cogerle las manos las apartó de su coño que celosamente cubrían. Daba igual mi presencia, estaba claro que todos habían asumido que Silvia estaba a disposición de ellos tres. Mi esposa y yo nos miramos brevemente, justo antes de que Lucas comenzara a separarle las piernas mientras acercaba el rostro a su sexo. El rubor volvió a aparecer en ella cuando los dedos de Lucas acariciaron suavemente su vello púbico antes de recorrer sus labios vaginales y separarlos para dejar asomar su clítoris. Lo masajeó unos instantes y acercó aun más su rostro al coño de Silvia hasta posar la boca en él. No me cabía duda de que era la primera vez que Silvia recibía semejante atención en esa parte de su cuerpo, a mí jamás se me había pasado por la mente practicar sexo oral con ella.

Juan y Andrés se habían acoplado de nuevo en el otro sofá y yo seguí observando a mi mujer notando como su inicial incomodidad se iba transformando mientras Lucas movía su lengua por toda la raja de su chocho, chupándolo y aprisionando con los labios el clítoris, hasta que observé cómo ella, aún esforzándose por no dar señal de excitación alguna, sufrió un par de sintomáticas contracciones de placer antes de que él abandonara su labor. Era evidente que las maniobras de Lucas habían hecho que ella, aún sin quererlo, se excitara.

Al ponerse en pie, Lucas recibió de Andrés el correspondiente preservativo, se bajó la bragueta de su elegante pantalón marrón y sacó una verga de color tan aceitunado como el resto de su piel, circuncidada y de un notable grosor. Apenas ajustado el condón, levantó las piernas de Silvia, separándolas, y se echó sobre ella introduciéndole sin dificultades su gruesa polla en el coño, que sin duda estaba mojado por la saliva de Lucas y por sus propios fluidos de excitación.

Apenas empezado el bombeo en el interior del sexo de mi esposa, Lucas le acarició las tetas con ambas manos mientras intentaba de nuevo besarla en la boca. Silvia debió darse cuenta de que besar a ese hombre mientras la follaba podía hacer que su excitación llegara a cotas peligrosamente evidentes, dada mi presencia, y le esquivó, procurando que el placer no se apoderara de ella, manteniendo los ojos cerrados y las manos sobre el asiento del sofá, mientras simulaba muecas y quejidos de fingido desagrado cada vez que él empujaba introduciendo su lanza en lo más profundo de su cueva.

Reconozco que, pese a que un tercer tío se la estaba follando esa noche delante de mí, los esfuerzos de Silvia por resistirse a gozar me agradaron y más cuando éstos concluyeron con éxito en el momento en que Lucas tensaba su cuerpo y con apenas un suave gemido se corría gozando del voluptuoso cuerpo de mi esposa.

Cuando Lucas abandonó el cuerpo de mi mujer, ella y yo intercambiamos una mirada que dejaba translucir su sentimiento de triunfo, con la creencia de que todo había terminado, y mi convencimiento de que eso no iba a ser así y de que algo iba a cambiar en nuestra vida sexual a partir de esa noche.

Al volver a prestar atención a mis invitados noté que Andrés no se encontraba en el salón, que Juan seguía perdido en sus pensamientos sentado en el otro sofá y que Lucas, relajándose, se había acercado al equipo de música y escudriñaba entre los Cds.

Silvia, intentando exponer lo menos posible su cuerpo desnudo, se deslizó del asiento del sofá en el que había sido follada consecutivamente por Juan y Lucas y, gateando, buscó su ropa que se amontonaba en la alfombra, allí donde la había dejado Andrés al desnudarla. Su movimiento mientras, arrodillada, se alejaba de mi posición en el sofá, me permitió contemplar su culo balanceándose y el nacimiento, asomando entre los pelos, de la raja de su coño allá donde terminaba la de su trasero. Fue la segunda visión para mí nueva, y excitantemente turbadora, de la desnudez de mi mujer.

Cuando estaba a punto de recoger su ropa, Andrés entró de nuevo al salón con una botella de champán en las manos. Al ver a Silvia en esa posición sonrió lascivamente y le conminó a sentarse, desnuda como estaba, y acompañarnos a tomar una copa de cava. Las protestas de mi mujer no sirvieron de nada y finalmente se sentó junto a mí intentando de nuevo proteger todo lo que podía, con sus brazos y manos, su cuerpo desnudo. Debo reconocer que el contraste entre ella, espléndidamente desnuda, y los cuatro hombres, que permanecíamos totalmente vestidos, ofrecía una situación altamente morbosa. Todos, menos ella, sabíamos que Andrés tenía más proyectos para esa noche.

Andrés propuso un brindis por Silvia y todos fuimos apurando nuestras copas mientras mi jefe seguía alabando a mi esposa y alardeando de la suerte que estaban teniendo todos esa noche. Después se acercó de nuevo a ella y, tomándola de la mano, la levantó y la atrajo hacia él. Le acarició con ambas manos el culo mientras su boca se dedicaba a lamerle alternativamente los pechos, centrándose en sus pezones que reaccionaron a las caricias endureciéndose. Silvia se mantenía quieta con la vista hacia el techo y los brazos colgando hacia el suelo, dejando que Andrés la manoseara de nuevo a placer.

Este cogió una de sus manos y la llevó hacia el bulto de su polla sobre los pantalones. Silvia reaccionó negativamente e intentó apartar la mano, pero Andrés se mantuvo firme y la apoyó de nuevo sobre su erección, apretándola e iniciando una suave frotación. Fue retrocediendo hacia el sofá hasta sentarse en él y obligando a Silvia a arrodillarse a sus pies, instándola a que continuara acariciándole el bulto de su polla. Con evidente torpeza ella siguió frotando un rato sobre el pantalón hasta que Andrés le pidió que le sacara la polla al exterior y le masturbara. Silvia negó con la cabeza, dándole a entender que no estaba dispuesta a seguir adelante, pero la fija y seria mirada de Andrés le convenció de que parar en ese instante, después de haber sido ya follada esa noche por los tres jugadores, era una tontería. Se aplicó en bajar la cremallera del pantalón, metió la mano en su interior y, tras maniobrar un rato, la sacó junto con la verga de Andrés a la que sujetaba con sus dedos índice y pulgar.

Andrés reiteró sus deseos de que se la meneara y Silvia inició el movimiento con los dos dedos con los que le asía la polla. Entonces él le cogió la mano y le mostró cómo quería que la envolviera con toda la palma de la mano. Silvia reanudó la masturbación mientras Andrés comenzaba a suspirar de gusto mientras su polla iba creciendo de tamaño. Era ya evidente lo que iba a pasar a continuación. Andrés se bajó los pantalones y slips hasta los tobillos y, agarrando con ambas manos la cabeza de mi esposa, fue acercando el rostro de ella hacia su entrepierna. Silvia luchó contra la intención de Andrés de que se la chupara, y es que mamársela era ya demasiado para ella.

Ambos porfiaron un rato, y parecía que Andrés iba finalmente a renunciar, pero en ese momento Lucas, completamente desnudo, se acercó a Silvia y se arrodilló detrás de ella, cogiéndola de las nalgas. Ella se giró observando al hombre gitano que la estaba de nuevo manoseando. Lucas acercó su cara al trasero de mi mujer y de nuevo su lengua se apoderó del coño de Silvia que reaccionó con un respingo al sentir la calida sensación sobre su vulva. Le chupó por completo no solo la raja del coño, sino también la del culo lo que de nuevo le produjo varias contracciones de placer mientras, inconscientemente, aceleraba la paja que le hacía a Andrés.

Lucas abandonó la maravillosa tarea y poniéndose en pie, introdujo por detrás su picha en el coño de Silvia que permanecía arrodillada masturbando cada vez con más énfasis a mi jefe. El gitano empezó un lento bombeo que se fue acelerando cada vez más, mientras sus manos se habían ya apoderado de las dos tetas de Silvia que colgaban al aire por la posición en la que ambos se encontraban. En esta ocasión mi esposa no pudo contenerse. La postura en la que se la estaba follando Lucas era la que mas le gustaba y estaba claro que el hombre debía agradarle o sabía excitarla muy bien. Silvia comenzó a gemir suavemente mientras sus piernas comenzaban a dar signos de debilidad ante la furiosa follada que Lucas le propinaba. Los síntomas de un cercano orgasmo de Silvia se fueron acentuando y Andrés aprovechó la calentura de ella para conseguir finalmente arrimar el rostro de mi mujer a su polla y, sustituyendo la mano de ella por la suya propia, dirigir e introducir el glande entre sus labios entreabiertos. Silvia, concentrada en el gusto obtenido por la impetuosa follada de Lucas, apenas se percató de que tenía en su boca un pedazo de polla y succionó el capullo de Andrés, quien sí comenzó a suspirar mas profundamente con la excitante sensación de sentir su picha en la boca de mi bella esposa.

Finalmente Silvia no pudo aguantar más y sus gemidos se convirtieron en una mezcla de quejidos y gritos hasta que sus rodillas se doblaron en el momento en que el orgasmo apareció en ella. Mientras se corría Silvia, inconscientemente, comenzó a chupar con frenesí la polla de Andrés quien, sorprendido, apenas tuvo tiempo de sacarla de tan estupendo agujero donde iba a correrse sin remedio si ella seguía mamándosela.

Consiguió a duras penas evitar la eyaculación y también Lucas se retiró sin venirse, dejando a Silvia hecha un trapo a los pies de Andrés mientras se serenaban sus sentidos después del orgasmo alcanzado.

Miré a Juan y observé en él claras muestras de incredulidad ante lo acontecido. Seguramente no esperaba que Silvia pudiera tener un orgasmo y debo admitir que a mí también me había sorprendido y, sobretodo, molestado que se corriera con un hombre al que ni conocía. Pero la más sorprendida era la propia Silvia que, confundida y azorada por lo que había pasado, ahora no se atrevía ni a levantar la mirada.

En cambio Andrés estaba en su salsa, había conseguido evitar una nueva e inesperada eyaculación precoz y, sonriente, se incorporó anunciando un nuevo brindis por el orgasmo de mi mujer. Se despojó de toda la ropa, tal y como había hecho Lucas, y cogiendo a Silvia la sentó en el sofá. Recibí una furtiva mirada de mi esposa en la que me quería dar a entender que le disculpara, que no había podido evitar lo que había pasado. Pero ella no sabía que yo mismo, pese a mi enfado, estaba totalmente empalmado y que también había estado a punto de correrme viendo como se la follaba Lucas mientras ella se la chupaba a Andrés.

Andrés comenzó a llenar de cava las copas dejando para el final la de Silvia. Apenas unas gotas cayeron en la de mi esposa antes de que se vaciara la botella. Juan se ofreció a compartir con ella el contenido de su copa, pero Andrés, que mantenía un rictus sonriente, le dijo que no se preocupara, que él lo arreglaría.

Salió del salón, ante la extrañeza general, volviendo al poco rato y escondiendo algo en una mano detrás de su espalda desnuda. Le dijo a Silvia que alzara su copa y entonces nos enseñó lo que escondía. Traía los tres condones que creíamos estaban en la basura y los mostraba orgullosamente. Con la otra mano acercó uno de ellos a la copa de mi esposa, que, estupefacta e incapaz de reaccionar, vio como derramaba el esperma recogido en el condón dentro de su copa de cava.

Hizo lo mismo con el segundo de los preservativos y cuando cogió el tercero, el de color verde que se había puesto Juan, nos lo acercó sin poder evitar dirigirse a él para preguntarle cuando se había corrido por última vez, y es que el preservativo mostraba una abundante eyaculación. Juan, ante la risa de Andrés, a duras penas pudo contestar que hacía más de seis meses. Cuando lo vació en la copa de Silvia, su contenido alcanzó una notable cantidad de semen, ya bastante licuado, que llenaba mas de dos tercios de la misma.

Andrés pidió brindar por el orgasmo alcanzado por mi mujer y todos levantamos nuestras copas menos Silvia que, aturdida, miraba su copa repleta de la lefa de los tres hombres que esa noche se la habían tirado consecutivamente. Todos dimos un sorbo a nuestras copas y Andrés se dirigió a Silvia animándola a hacer lo mismo. Yo estaba convencido de que ella no lo iba a hacer y en efecto ella reaccionó depositando la copa a sus pies. Entonces Andrés le dijo que si no lo hacía consideraría que la apuesta no estaría cobrada.

Silvia me miró suplicando que intentara sacarla de esa situación, como había hecho anteriormente, pero no fui capaz de decir nada. En realidad, y no se si por el propio cabreo que yo tenía después de su orgasmo, sentía una excitante comezón interior ante la posibilidad de observarla bebiéndose la leche de los tres varones que me acompañaban. Entonces ella, tras lanzarme una mirada llena de rabia, cogió la copa del suelo y, tras contemplar de nuevo su contenido, la aproximó a sus labios, dudando que hacer.

Andrés y Lucas, totalmente empalmados, se la meneaban ante la incertidumbre de Silvia en apurar el semen recogido en la copa. Juan también se tocaba sobre los pantalones y yo, totalmente excitado, prefería no tocarme por miedo a correrme.

Tras unos segundos de espera, Silvia posó sus labios sobre la copa y la inclinó lentamente, con lo que el líquido comenzó deslizarse en dirección a su boca. Cuando la leche alcanzó su labio superior, hizo una mueca de asco y puso de nuevo la copa en posición vertical. Volvió a contemplar lo que debía beberse y unos segundos después, tras obsequiarnos a todos los allí presentes con una mirada llena de ira, aproximó de nuevo la copa a sus labios y de un solo trago, sin saborearlo, se echó a la garganta todo el semen allí acumulado. No pudo evitar un par de arcadas que la obligaron a toser varias veces, pero, una vez repuesta, puso la copa sobre la alfombra y volvió a mirarnos, esta vez de una manera desafiante.

Nuestra sorpresa era total, sobretodo la mía, pues aún no podía creerme que mi escrupulosa esposa se hubiera llevado a la garganta la leche de los tres invitados. Pero Andrés no tardó en reaccionar y, sonriendo aun más lascivamente, se aproximó a ella sin dejar de menarse la polla. Cuando estuvo justo frente a ella le dijo:

Vaya Silvia, creo que nos has desconcertado a todos. No pensaba obligarte a beberte la copa, era sólo un juego. La pregunta que ahora me hago es hasta donde eres capaz de llegar.

Andrés, sin dejar de masturbarse con una de sus manos, agarró con la otra uno de los hombros de mi mujer. Manteniéndola sentada, la separó del respaldo del sofá y la atrajo hacia él, hasta que su rostro estuvo a escasos centímetros de su rabo. Silvia observó brevemente la polla babeante de Andrés y luego dirigió su mirada a los ojos de mi jefe, con el mismo aire de desafío mostrado con anterioridad. Andrés aceleró los movimientos de su mano sobre la polla y por unos instantes pareció que iba a terminar de hacerse la paja sobre el rostro de ella, pero la mirada altiva de Silvia debió hacerle recapacitar y se paró. Acercó la punta de su capullo a los labios de Silvia y lo restregó suavemente por ellos, impregnándolos de líquido preseminal. Silvia se limpió con la mano los labios y levantó de nuevo su fría mirada a Andrés, quién meditaba qué hacer a continuación.

Mi jefe le tomó la cara con las manos y, tras acariciarle repetidamente las mejillas, se dispuso a besarla. Andrés tanteó con su lengua sobre los labios de mi esposa, hasta que ella los abrió permitiéndole el paso y él aprovechó para besarla con pasión, moviendo la lengua con fuerza en el interior de su boca. Echó su cuerpo hacia el de ella obligándola a recostarse de nuevo sobre el respaldo del sofá y le separó las piernas lo suficiente para dejar al descubierto la raja de su coño y dirigir allí su tranca. No tardó demasiado en acoplarse e introducirle el nabo en su totalidad moviéndose despacio, tomándose el tiempo necesario para no incurrir de nuevo en el error de una corrida prematura.

Luego dirigió sus besos a las tetas de Silvia que, pese al disgusto que le provocaba ser jodida por Andrés, notó como sus pezones se erizaban con el jugueteo de la lengua del macho sobre ellos. Cuando Andrés llevó sus dedos al clítoris de mi mujer y lo frotó repetidamente, acompañando la follada, ésta tuvo que esforzarse en reprimir la creciente excitación que iba sintiendo. La suerte para ella era que Andrés también estaba próximo al climax y por ello, al poco rato, él le sacó la polla, se medio incorporó y empujó a Silvia por los hombros hacia abajo, arrastrándola desde el respaldo al asiento del sofá.

Cuando la tuvo incómodamente tumbada de cuerpo para arriba sobre el asiento, se arrodilló sobre éste y llevó su picha al perfecto canal que separaba sus dos grandes tetas. Las agarró con ambas manos, ocultó entre ellas su miembro y moviendo de arriba abajo los dos globos mamarios comenzó de nuevo a masturbar su polla con ellos.

Joder Silvia, vaya par de tetas que tienes. Me dan ganas de echártelo todo entre ellas, pero aún no ha llegado el momento.

¡El momento de qué, cerdo! – Silvia le contestó - ¿Aún no has tenido bastante?

Pronto lo verás, querida, y los demás también.

Andrés abandonó el desfiladero en el que su polla estaba a punto de explotar y agarrando a Silvia de las caderas tiró aun más de ella hacia abajo, mientras él se arrodillaba en el suelo. Con esta maniobra consiguió que ella quedara sentada en el suelo con la espalda apoyada en la base del sofá y la cara recostada sobre el asiento. Acercó su verga al rostro de Silvia y comenzó a restregarla por todos los rincones de éste. Luego le acercó a la boca la punta del nabo y con tres pequeños golpecitos le invitó a abrirla. Vi cómo mi esposa le miraba con rabia y sin ánimo de obedecer, pero otros tres golpes más fuertes sobre sus labios le convencieron de que era estúpido negarse.

Cuando Silvia entreabrió la boca, Andrés empujó y le metió más de la mitad de su aparato, iniciando una nueva masturbación, meneándose la parte de la polla que aún sobresalía. Silvia puso de manifiesto su desagrado cuando sintió las gotas de líquido preseminal que desprendía el capullo de Andrés conforme este se pajeaba cada vez más rápido, pero en ningún momento se la mamó, dejando que todo lo hiciera él, a quien parecía no importarle la actitud pasiva de ella.

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LA PARTIDA DE PÓKER (Escena Primera)

Posteado por: cuentocaliente el 28 ene En: HISTORIAS DE HOMBRES - sin comentarios

Cuando llamé a Silvia, mi mujer, para decirle que la tradicional partida de Póker del viernes la teníamos que celebrar en nuestra casa, sabía que no le iba a gustar. Siempre jugábamos en casa de Andrés, el dueño de le empresa en la que trabajo, pero ese día era imposible hacerlo allí.

Como me imaginaba, a mi esposa le disgustó que la sesión de cartas tuviera que celebrarse en nuestra casa, lo noté claramente en su voz cuando se lo anuncié, pero seguramente no quiso contrariarme y no puso pega alguna.

A Silvia no le gustaba Andrés. Habíamos coincidido con él en algunas salidas y ella me había dicho que en más de una ocasión le había pillado mirándola a escondidas, en especial a sus tetas, y que siempre le daba la impresión de que la desnudaba con la mirada. Yo nunca me había percatado de tal circunstancia, e incluso, en mi opinión, él había mostrado con frecuencia signos de galantería que mi mujer había cortado de raíz con una actitud altiva y hasta a veces grosera. Andrés no se había casado y a sus 47 años disfrutaba de una vida de plena libertad, apoyada por una buena economía. Además era un tío delgado y alto, cerca del 1,80, de ojos azules y pelo canoso. Físicamente se mantenía bien pues hacía mucho deporte.

A la hora convenida se presentó Andrés acompañado de los otros dos invitados. Uno de ellos, que ya había participado en alguna sesión, era Juan, un andaluz de unos 50 años, que ya lucía una notable calvicie y una gorda barriga, muy simpático y bastante campechano. El otro participante era desconocido para mí y Andrés me lo presentó como Lucas. Era un hombre muy delgado, de pelo algo largo y oscuro, nariz aguileña y ojos negros y penetrantes, en el que destacaba el color aceitunado de su piel, demostrando una ascendencia claramente de origen gitano.

Los tres saludaron a Silvia, Andrés con un beso, pues ya la conocía, y los otros dos dándole respetuosamente la mano. Ella devolvió el saludo y tras desearnos suerte en la partida se fue a la salita de estar a ver la tele.

El juego se iba desarrollando con normalidad entre vasos de whisky, bromas, chistes y el constante parloteo de Juan y Andrés, mientras que Lucas participaba poco de las risas y chirigotas manteniendo un rictus más serio y concentrado en el juego.

Tras casi tres horas de timba y cuando ya ésta tocaba a su fin tuve la suerte de ligar una escalera de color máxima y, emocionado por la suerte que había tenido, hice una apuesta considerable. Cuando Andrés contestó subiendo aún mas su apuesta los nervios se apoderaron de mí y sin dudarlo doblé la apuesta suya y él respondió aumentándola de nuevo. La situación se había vuelto tensa y todos estábamos concentrados en lo que estaba aconteciendo en la mesa.

En ese momento apareció Silvia para decirnos que se iba a dormir pero, detectando la emoción que allí se respiraba, se acercó a mi lugar. Yo acababa de lanzar una nueva y más fuerte apuesta. Andrés, tras pensárselo un poco sacó un cheque bancario y escribió en él una cifra: 30.000 Euros. La apuesta era demasiado para mi y comenté que no podría cubrirla.

En ese momento Silvia, que ya había visto mis cartas y también el cheque de Andrés, me susurró al oído:

No puedes abandonar ahora. Tienes unas cartas sin duda ganadoras.

Silvia, no tenemos tanto dinero. Si pierdo tendríamos que pedir un préstamo y luego pagarlo, y no estamos en condiciones de afrontar eso - le contesté, e iba ya a anunciar mi decisión final cuando ella, de nuevo al oído, me dijo:

Espera, ese dinero nos vendría de perlas, ya sabes, es una oportunidad única que no podemos rechazar.

Mi mujer se había metido de lleno en la partida. Ella en esos días andaba detrás de reformar varias zonas de la casa, algo a lo que yo siempre me había negado por cuestiones monetarias. Pero Silvia es una mujer perseverante, y busca siempre la manera de conseguir lo que se propone. En esos momentos veía la puerta abierta para conseguir su objetivo.

Como yo seguía dudando aunque me inclinaba por rechazar el envite, me dio un nuevo apretón en el hombro empujándome a aceptar. Cuando, con un mar de dudas, negué con la cabeza ella me miró enfadada y, tras unos segundos, se dirigió directamente a Andrés:

¿Aceptarías mi coche para cubrir la apuesta?

Andrés, sin inmutarse, contestó:

Silvia, yo ya tengo varios coches. ¿Qué interés puedo tener en el tuyo?

Ya claro, tú tienes mucho dinero. Dudo que tengamos algo que ofrecerte.

En ese momento Andrés concentró su mirada en mi esposa, primero mirándola directamente a los ojos y luego descendiendo la vista a su busto que se realzaba desafiante bajo la blusa encarnada. Por primera vez noté en él esa mirada lujuriosa que tantas veces me había señalado Silvia y que yo me negaba a creer.

Silvia captó lo que Andrés le decía con los ojos y, sin pensárselo, se lanzó al ruedo.

Está bien, para igualar tu apuesta estoy dispuesta a entregarme a ti. Si aceptas y ganas seré tuya durante el resto de la noche. Si pierdes nos quedaremos con tu cheque.

Los cuatro nos quedamos de piedra ante el anuncio de mi mujer.

Un momento – balbuceé yo, y cogiendo a Silvia del brazo la giré hacia mí y le dije al oído:

¿Estas loca o qué? Como se te ocurre hacer semejante apuesta.

Cariño, no hay peligro alguno. Tienes unas cartas imposibles de superar y sé que Andrés la aceptará aunque se arriesgue a perder ese dinero.

Reconozco que estaba confundido, mi mujer tenía razón en cuanto al hecho de que mis cartas eran maravillosas, pero en el póker que nosotros jugábamos, y desconozco si en el real es también así, no había una combinación de cartas insuperable. La escalera de color máxima, en teoría invencible, sólo podía ser superada por una escalera de color mínima. Es una regla que impide que nadie pueda sentirse seguro de ganar por muy buenas que sean sus cartas.

Andrés, ya repuesto de la sorpresa inicial y frunciendo el ceño, se dirigió a nosotros dos:

¿Estáis seguros de lo que acabáis de proponer? – y tras un breve silencio añadió:

Voy a hacer como que no he escuchado nada por si os lo queréis pensar mejor.

La patata caliente estaba de nuevo en nuestro tejado, pero Silvia estaba convencida, quizás demasiado, de la victoria y, mirándome fijamente, asintió levemente con la cabeza, lo suficiente para que yo me percatara de que quería seguir adelante. Su mente ya estaba planificando todas las cosas que iba a hacer con el dinero y yo sabía que si me negaba a seguir adelante me lo recriminaría en el futuro. Con un hilo de voz y un nudo en la garganta confirmé que mantenía la apuesta.

El envite estaba echado. Observé como Juan escondía la mirada hacia la mesa soltando aire, mientras que Lucas, serio e impasible como siempre, observaba a Andrés que era el siguiente que tenía que hablar.

Andrés repasó unos segundos sus cartas hasta que levantó la mirada hacia a Silvia que se mantenía a mi lado contemplando mis naipes. Debo reconocer que mi esposa es una mujer guapa, luce una melena lisa de color castaño natural, sus ojos son de color verde botella, con pestañas largas y cejas no demasiado pobladas, también de color castaño, como su pelo. Su boca, cuyo labio inferior es muy carnoso, y una nariz ligeramente achatada completaba unas facciones en su rostro dulces y redondeadas.

La mirada de Andrés era fija y penetrante y en ese momento si me pareció que la estaba desnudando con ella. Caí en la cuenta de que mi jefe ya tenía arriesgado su dinero antes de que nosotros contra apostáramos. No había para el riesgo añadido, pero se le ofrecía la oportunidad de gozar de un auténtico bombón y supe que no iba a rechazar semejante invitación.

Efectivamente, tras unos segundos que parecieron horas, Andrés se dirigió a mí:

Está bien, acepto. Si ganas te quedarás con el cheque y los 30.000 Euros. Si pierdes tu esposa será mía el resto de la noche y se someterá a mis deseos. Te toca enseñar tus cartas.

Silvia me acarició el hombro en señal de satisfacción y yo empecé a mostrar mi jugada: 10, J, Q, K y As de diamantes. Juan no pudo evitar soltar un "Guauu" de sorpresa y hasta Lucas hizo una pequeña mueca de admiración, pero Andrés se mantuvo impasible y empezó a mostrar las suyas: 2, 3, 4, 5 de corazones. Miró a Silvia una vez mas y pasándose la lengua por los labios enseñó la última carta que le quedaba, el As de corazones.

Mi corazón dio un vuelco mientras contemplaba, absorto, las dos tiras de cartas sobre la mesa. Juan observaba con incredulidad, Lucas se rascaba nerviosamente la nariz y Andrés me miraba con una media sonrisa. La baza era suya, su escalera batía a la mía. Entonces valoré el alcance de la apuesta. Silvia iba a ser suya y, de pronto, me vino la imagen de él follándosela. Me apareció una opresión en el estómago.

Cuando alcé la mirada hacia Silvia la vi sonriendo nerviosamente y sólo al ver mi rostro se dio cuentas de que algo iba mal.

¿Qué pasa? ¿Has ganado, no? Tu escalera es mayor que la suya – dijo con toda confianza y seguridad.

Yo ya no podía ni hablar, y fue Juan el que replicó a mi mujer:

La escalera mínima es la única que supera la máxima. Son las reglas del Póker. ¿No lo sabías? Andrés ha ganado la apuesta.

Silvia me miró y yo asentí con la cabeza confirmando las palabras de Juan. Cuando ella miró a Andrés, éste la contemplaba embelesado. Los ojos de él le decían que había ganado e iba a disfrutar de ella plenamente lo que quedaba de noche. Mi esposa no pudo evitar sonrojarse ante la fija mirada de Andrés y yo volví a imaginármelos follando.

El silencio se apoderó del salón hasta que la propia Silvia con claros signos de nerviosismo lo interrumpió:

Mira Andrés, te pagaremos los 30.000 euros de la apuesta y todo zanjado ¿De acuerdo?

Andrés contestó con toda la tranquilidad:

Os di la oportunidad de echaros atrás y no lo hicisteis: Apostasteis fuerte y tengo intención de cobrar. No te haré ningún daño, te lo prometo, pero a partir de este momento vas a estar a mi entera disposición. – y tomó su vaso de whisky, dio un sorbo y se puso a juguetear con las cartas que esa noche le habían obsequiado con un triunfo totalmente inesperado

Sus palabras me golpearon de nuevo pero sobretodo afectaron a mi esposa a la que sentía respirar junto a mí muy agitada. Fue Juan quien levantándose rompió la tensión que se mascaba en el ambiente:

Bueno chicos, creo que por hoy ya está bien, voy a llamar a un taxi y me vuelvo a casa; ¿Vienes Lucas? -

Antes de que Lucas respondiera intervino Andrés:

Donde vais a encontrar un taxi a estas horas de la noche. Os he traído yo y os volveréis conmigo – y dirigiéndose de nuevo a Silvia, añadió:

No vamos a tardar mucho en lo que tenemos que hacer ¿Verdad Silvia?

Apareció en ella un claro semblante de rabia, y dándose la vuelta se dirigió sin mediar palabra hacia la cocina. Andrés sonreía viendo la reacción de mi esposa. El enfado de Silvia le estaba dando sin duda un añadido morbo a lo que él ya tuviese pensado hacer con ella.

Me levanté y también yo fui a la cocina. La encontré ligeramente reclinada sobre el fregadero con un vaso de agua en la mano y muy pensativa.

¿Por qué no me dijiste que podíamos perder? – me dijo cuando me acerqué a ella.

Creía que conocías las reglas. Además fuiste tu quien hizo la apuesta sin consultármelo.

¿Y si me niego a cumplir lo pactado?

Es mi jefe y sabes que puede ponernos en problemas. Ya has oído que tiene que llevar a casa a los otros dos. Te echará un polvo rápido y todo habrá terminado.

Hablarle así a Silvia estaba siendo una pesadilla porque de mi mente no desaparecía la imagen de ella con Andrés follándola salvajemente.

Está bien, espero que tengas razón - y tras terminar el vaso de agua se dirigió de nuevo al salón. En su serio semblante se denotaba la turbación que le producía el saber que en pocos minutos estaría en los brazos de otro hombre.

Cuando regresamos al salón nuestros tres invitados se habían servido otra copa. Juan y Lucas estaban sentados en uno de los dos sofás, mientras que Andrés trasteaba junto a la cadena de música entre los Cds de música. Silvia, excusándose, se dirigió al aseo principal de la casa y yo, tras coger mi bebida me senté, cada vez más nervioso, entre Juan y Lucas.

Este último se me acercó y me dijo al oído:

No entiendo como has consentido en entregar a una mujer tan espléndida como tu bella esposa. No te enfades, pero reconozco que me hubiera gustado tener yo las cartas de él - y tras su comentario se echó un sorbo de whisky a la garganta.

No tuve ganas de contestarle en ese momento. Sabía que tendría que intentar conversar con ellos mientras Andrés se llevaba a mi mujer a una de las habitaciones para hacerla suya. La bebida no calmaba mi boca seca y sabía que la espera iba a ser interminable.

Andrés eligió finalmente un Cd y una música suave comenzó a brotar de los altavoces. Se sentó en el otro sofá y, con su copa en la mano, esperó el regreso de Silvia, el inesperado premio que le había ofrecido una inocente partida de póker.

Al cabo de un rato, en el que reinó un absoluto silencio, ella regresó al salón. Silvia es muy coqueta y se había arreglado para recibir a nuestros visitantes. Estaba preciosa con su falda beige tableada que le llegaba a la altura de las rodillas y la blusa color carmesí cuya apretura hacía resaltar sus pechos. Unos zapatos negros de medio tacón completaban su figura. No sabía la causa, pero me parecía mas guapa que nunca y a Andrés le debía parecer lo mismo pues se la comía con la mirada.

Silvia se quedó junto a la puerta de entrada al salón, quieta y avergonzada, esperando el temido momento en el que Andrés fuera a buscarla.

Finalmente él se levantó, nos indicó que cogiéramos de la mesa de centro nuestras copas y la apartó a un lado. Luego se aproximó al lugar donde ella estaba y le cogió la mano, pero cuando todos esperábamos que abandonaran el salón, apagó la luz principal dejando sólo la de la pantalla de mesa situada en la esquina de la ele que formaban los dos sofás de nuestro salón. Con la vista puesta en Silvia comentó en voz alta:

Vamos a bailar un poquito. La música nos relajará.

Agarrando a Silvia por la cintura, la atrajo hacia él y empezaron a bailar, justo delante de nosotros tres. Silvia le puso sus brazos en los hombros y, mirando hacia el suelo, empezó a moverse al compás de la melodía. El ambiente de luz tenue existente y la calidez de la melodía creaban realmente un efecto relajante y a todos nos vino bien, sobretodo porque Silvia y Andrés empezaron a bailar simplemente como amigos.

Pero a Andrés debía hacérsele muy difícil mantenerse bailando a distancia de Silvia sabiendo que ésta estaba a su entera disposición y poco a poco comenzó a arrimar su cuerpo al de ella. Mi mujer ya se lo esperaba y no puso obstáculos al acercamiento. Cuando los dos cuerpos se rozaron finalmente, Silvia encogió ligeramente su pelvis. Sin duda Andrés tenía su pene en erección y ella ya lo había notado.

La escena fue calentándose por momentos, buscando él la mayor proximidad a mi esposa y reculando ella para evitarlo. Me pareció que Andrés había perdido de vista el hecho de que estábamos nosotros allí contemplándolo todo y, sin reparo alguno, bajó sus manos de la cintura al trasero de mi mujer, apretándolo contra su entrepierna sin que ella pudiera ya separarse. Cuando les vi totalmente juntos pensé que era preferible marcharnos, pero tanto Juan como Lucas contemplaban embelesados el baile, de modo que no dije nada.

Cuando Andrés comenzó a recoger con sus dedos la tela de la falda de Silvia y está empezó a deslizarse hacia arriba ella paró e intentó apartarse para protestar:

¿Qué haces? ¡Aquí no, delante de ellos no!

Andrés la miró y sin contestar la atrajo de nuevo hacia él. Ella intentó rebelarse separándose de nuevo:

¡Basta ya! – le reprendió con seriedad.

La categórica respuesta de él nos sorprendió a todos:

Me apetece seguir aquí y no me importa que ellos estén delante, además así podrán ver como cobro mi apuesta. Si quieren irse que lo hagan. Tú sigue bailando.

Y apretándola de nuevo contra el comenzó de nuevo a recoger entre sus manos la falda que había caído cuando ella se había apartado. Cuando al girar Silvia nos ofreció la parte posterior de su cuerpo la maniobra de Andrés ya había dejado al desnudo la mitad de sus muslos. Medio giro después los ojos de Silvia se encontraron con los míos y noté en su mirada el ruego de que abandonáramos el salón.

Tanto Juan como Lucas me miraron esperando que me levantara para irnos, pero mi cabeza no hacía más que pensar en esos momentos en las palabras de Andrés. Lo lógico era abandonar el salón para no ver lo que se avecinaba, pero por otro lado era evidente que podía ser peor imaginármelo sin saber nunca la auténtica realidad. Además quedarme me ofrecía la gran ventaja de poder ver las reacciones de Silvia. Miré a mis dos acompañantes y luego giré de nuevo la vista al frente. El siguiente encuentro con los ojos de mi mujer reflejaban su despecho por mi actitud de mirón.

Andrés se iba excitando por momentos y no tardó en terminar de subir la falda enrollando la tela en la cintura. Apretándose aún más a Silvia puso sus dos manos sobre las bragas y empezó a recorrer su trasero por encima de ellas. La comenzó a besar en el cuello y en el siguiente giro sus manos trasladaban los extremos de las bragas hacia el centro de sus nalgas. Un giro más y éstas aparecían ya como si fueran un tanga, mientras que Andrés pellizcaba y manoseaba la suave piel de los cachetes desnudos de su trasero.

Él buscó besar la boca que se escondía en el rostro agachado de mi avergonzada mujer. Le costó conseguirlo pero ella, resignada, al final tuvo que ceder. Cuando sus lenguas se entrelazaron él se encendió aún más, pero, sorprendentemente, a los pocos instantes dejó de besarla y separándose un poco de ella se quedó quieto durante unos segundos. Luego se aproximó de nuevo a mi mujer y poniéndole las manos en los hombros la giró, lentamente, media vuelta. Volvió a apretarse contra ella y comenzó a bailar de nuevo haciendo notar a Silvia su erección, esta vez en el trasero. Ella sintiéndose frontalmente observada por completo por nosotros volvió a agachar avergonzada el rostro mientras que Andrés, tras pasarle sus manos por los pechos, sobre la blusa, las bajó y metiéndolas directamente bajo la falda, que frontalmente aún cubrían la mitad de los muslos, empezó a subir hacia su coño.

Cuando Silvia notó los dedos de Andrés pasearse por su vulva sobre la braga instintivamente se encorvó, lo que originó que el erecto miembro de él se apretara por completo al culo de ella. Andrés paró de nuevo y exclamó:

No puedo mas, me pones a tope, tengo que follarte.

Con celeridad se bajó la cremallera del pantalón sacando al exterior una polla erguida y de buen tamaño. Silvia, medio encogida y con un hilo de voz volvió a protestar:

Por favor, no lo hagas aquí. Vamos a una habitación.

No puedo esperar más, te deseo, tengo que metértela ya.

Y acercando su picha al trasero de mi mujer, comenzó a apartar la braga para poder abrirse paso hacia el coño de ella. Silvia le dijo entonces:

Ten cuidado, no tomo pastillas y podría quedarme embarazada.

Andrés dudó unos instantes y mientras con una mano se masturbaba bajó la otra al bolsillo trasero de su pantalón. Con habilidad maniobró en la cartera con una sola mano para extraer un preservativo que agarró entre sus dientes. Guardó de nuevo la cartera y tras romper el envoltorio ajustó el condón a su verga. Se la meneó un par de veces más y se arrimó de nuevo a Silvia apartando de nuevo la braga y buscando la entrada de su cueva. No le fue fácil por la posición de ambos y por tener ella las piernas cerradas, pero tras tantear varias veces le introdujo su inflamado cipote y apretó su cuerpo al de ella. Silvia no estaba excitada y se quejó por la rápida penetración que le dolió. Andrés bombeó un par de veces y se frenó en seco con claros rasgos de sufrimiento en su rostro. Tras mantenerse parado unos segundos dio un golpe de caderas hacia delante que empujó a mi esposa hacia el sofá vacío, haciendo que apoyara sus manos sobre el respaldo. Continuó follándosela unas pocas veces y resoplando se pegó a ella con un último empujón. Se estaba corriendo. Entonces entendí la causa de su urgencia y sus paradas. Su grado de excitación era tal, que no podía aguantar mucho tiempo sin venirse. Eso me extrañó, pues la idea que tenía de Andrés y de su forma de vida no coincidía con lo que acababa de pasarle.

Cuando sus espasmos terminaron Andrés se retiró de dentro de ella, exclamando que había sido maravilloso. Sin embargo, pese a sus palabras, le noté contrariado por lo que le había pasado. En el fondo los tres espectadores estábamos decepcionados. Todo había ido muy deprisa y en realidad él apenas había podido gozar del sensual cuerpo de Silvia. La calidez del ambiente y las expectativas que se abrían invitaban a una sesión de sexo morboso, pero la eyaculación precoz de Andrés parecía haber roto el encanto de la situación.

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EL PECADO

Posteado por: cuentocaliente el 27 ene En: HISTORIAS DE HOMBRES - sin comentarios

Me llamo Benigno y soy un sacerdote católico español. Mi parroquia esta en una gran ciudad española cuyo nombre si me permiten no revelaré. Aquí tengo conexión a internet y es fácil entender que en mis horas perdidas navegando por el ciberespacio haya visto gran cantidad de webs eróticas. Sé que pensarán que por qué hace eso un cura, pero les diré que yo me hallo con la conciencia tranquila y pienso que eso es algo natural.

He de admitir que nunca respeté el celibato ni la castidad; ya desde la época del seminario recurría frecuentemente a la masturbación y aunque a veces creía que ese pecado me llevaría sin más remedio al infierno, acabé aceptando mi sexualidad como algo natural (al fin y al cabo soy un hombre como todos). Lo que sucedía es que yo verdaderamente quería estar al servicio de Dios y servir a los demás, por eso no abandoné el sacerdocio, a pesar de mis fuertes inclinaciones sexuales.

Tengo casi cincuenta años y una gran experiencia a mis espaldas como consejero espiritual y confesor; además de haber estado en distintas parroquias y atendiendo diversos menesteres eclesiásticos. Con este relato pretendo hacer memoria de mi vida y sobre todo de feligreses y feligresas que me han dado a conocer una parte muy íntima de ellos a través de la relación de sus pecados. Contaré pues cuáles han sido algunas de esas confesiones (pues creo que no violo el secreto de confesión siempre que no revele nombres verdaderos). También he de añadir sin vanagloria que Dios me dotó de gran belleza y apostura masculina, además de un gran dominio de la persuasión y el diálogo.

Empezaré hablando de una de las primeras misiones que se me encomendaron nada más ordenarme sacerdote: el obispado al que quedé adscrito se regocijó al recibirme por que mi reputación seminarística era excelente, tanto que mi nombre y mi notoriedad llegaron a oídos de algunos obispos y cardenales de gran peso en la iglesia. Por todo ello confiaron en mi ciegamente y decidieron enviarme como capellán a un convento de monjas (para servirles de confesor).

Aunque no me revelaron la raíz del problema, intuí que al menos los dos anteriores capellanes que me precedieron habían sido causantes de graves problemas y escándalos sexuales en el seno del convento. Lo supe nada más conocer a la superiora y luego de haber confesado a varias novicias. El obispado desde luego me hizo el gran favor de mi vida, por que enviarme a relacionarme con una enorme comunidad de mujeres era algo que anhelaba después de tanta soledad durante años en el seminario. Por supuesto que yo intentaría llevar los asuntos con mucho tacto e intentaría no incurrir en los mismos errores que mis antecesores como capellanes. A lo que me refiero es que me sucediese lo que me sucediese en materia sexual allí dentro, nada de ello se sabría extramuros.

Sor Ángela era la madre superiora. No era la monja de más edad, pero si de las más veteranas. Era una mujer de fuerte personalidad y carácter y desde un principio me impresionó hasta el punto de sentir por ella una gran atracción espiritual. Sin embargo la mayor belleza femenina la poseían las novicias y más en concreto dos jovencitas: Sor Ascensión y Sor Cristina, chicas llenas de ternura y encanto que inmediatamente llamaron mi atención por su sensualidad. Pronto noté como todas las monjas en general solicitaban mis servicios como confesor con demasiada asiduidad y como yo no era estúpido supe que todo era porque les agradaba mi presencia y compañía, pero ocurrió también seguidamente que Sor Ángela, la superiora atajó el posible problema apartándome de las demás mujeres en la medida de lo posible, y esto era a costa de mantenerme a mi el máximo tiempo posible junto a ella.

Por eso Sor Ángela y yo paseábamos frecuentemente por el claustro y conversábamos largo y tendido mientras las otras monjas nos miraban recelosas a través de las ventanas. Sor Ángela me retenía junto a ella hablándome de Dios y de la espiritualidad como arma para alejar al maligno. Sus alocuciones se extendían hasta el anochecer y no cabía en mí la menor duda de que todo aquello venía a cuento para hacerme ver que debía alejarme de la carne, de la carne de aquellas mujeres del convento.

Pero esto no hizo otra cosa en mi sino sembrar la semilla del deseo; brote que empezó a germinar en un sueño de una calurosa noche. A pesar de que yo dormía fuera del convento, en una parroquia cercana, soñé que dormía en una celda cualquiera del venerable recinto conventual. De repente un ruido me despertaba del descanso y veía aparecer a contraluz a dos figuras de hermanas religiosas. Yo encendía una vela y así contemplaba sus rostros: eran Sor Ascensión y Sor Cristina, las novicias, que venían junto a mi. Cuando iba a replicar y reprobarles su conducta, una de ellas tapaba mi boca con la palma de su mano. Nada podía hacer yo, porque ya me encontraba bajo su hechizo, y así, en un santiamén la dos jóvenes bellezas se despojaban de sus hábitos y se quedaban en cueros tal y como sus madres las echaron al mundo.

La palidez de sus pieles era realzada por la luz de la vela; y sólo en esto se parecían ambas porque el físico de cada una era bien distinto: los de Sor Ascensión no podían llamarse senos sino enormes melones de pezones gigantes que harían enloquecer a cualquier santo por tal de poder chupárselos. Igualmente el resto de su cuerpo era generoso en las formas redondeadas, caderas, culo, nalgas... Sor Cristina sin embargo era extremadamente delgada y llamaban la atención sus labios carnosos y sus deliciosos ojos verdes, así como el vello negro y oscuro, como el alma de un pecador, que cubría sus zonas erógenas. Dadas estas características, en mi sueño, acerqué a Sor Ascensión a mi boca para besarla y lamerla toda, y a Sor Cristina, con esos labios la puse a que se tragara mi pene, y así, tumbado en el camastro infame de aquella celda disfruté oníricamente de aquellas dos mujeres de Dios todo cuanto pude, porque cuando decidía penetrar a una de ellas y romper su virgo desperté bruscamente, lo que me disgustó bastante. Después necesité masturbarme como en la época del seminario.

El comportamiento férreo de la superiora continuaba, lo que empezó a desagradarme ya que yo anhelaba poder estar a solas dialogando con el resto de las monjas más a menudo. Pero el derecho a la confesión no lo podía prohibir y era durante esos ratos cuando yo hablaba con aquellas mujeres y las iba conociendo poco a poco. Sus inocentes almas estaban atormentadas sobre todo por el deseo y la tentación de la carne, y eso me daba enorme pena, ya que no podía explicarles que eso era algo natural y aconsejarles que dejasen los hábitos para salir y disfrutar de los placeres terrenales. Mi cometido no me permitía hacer eso, y todo lo más que podía era sosegarlas y absolverlas de sus "ridículos" pecados. Al menos –pensaba yo- si tuviera ocasión de tener conversaciones más prolongadas con algunas de aquellas angustiadas monjas..., pero Sor Ángela guardaba celosa del rebaño, pues a pesar de ser yo sacerdote, era claro que en mí veía a un hombre, a una fuente de pecado entre las religiosas.

Decidí pues sacudir la conciencia de la madura mujer haciéndole casi obligado que me relatase qué había sucedido exactamente con los dos anteriores capellanes, ya que a lo mejor así, conociendo el origen del problema, yo podría contener la tentación y el pecado. Sor Ángela convino conmigo en que podría haber de ese modo una posible solución y accedió a relatarme los hechos. Empezó hablándome del Padre Zacarías, un hombre viejo que llegó unos cinco años atrás y que estuvo con ellas varias estaciones.

Era el típico viejo verde que tocaba y manoseaba a las novicias y lanzaba miradas lascivas al resto de madres abadesas. "Pusimos fin a su estancia en el convento –me dijo Sor Ángela con gran rubor- un día que se abalanzó a mi como un demonio para poner sus sucias manos sobre mis partes deshonestas". Me hizo gracia esta forma de contarme la madre superiora los acontecimientos y me pregunté hasta que punto aquella actitud del viejo Padre Zacarías pudo asquearla o excitarla. Pedí a Sor Ángela que me hablase del siguiente capellán y como estaba siendo muy comprensivo y amable con ella, continuó sin ninguna objeción. "El siguiente – continuó relatando- fue el Padre Simón, que era el mismísimo Satán.

Este Padre Simón era un hombre joven y bien parecido, aunque bastante rudo y grosero en sus modales, y lo peor de todo es que era sobrino del obispo de la diócesis y teníamos que acatar la orden de hacerle sentir cómodo entre nosotras. Lo que sucedió es que aquel depravado se tomó al pie de la letra las órdenes del obispado y quiso abusar carnalmente de todas nosotras. Muchas novicias abandonaron el convento deshonradas, pues cayeron en la tentación, quedando algunas incluso embarazadas de aquel ángel del infierno". La abadesa dudaba entre seguir contando y yo la conminé a que así lo hiciese, por lo que se animó, porque sin duda alguna algo extraordinario hubo de suceder. Sor Ángela prosiguió: "Las monjas eran violadas por él, aunque algunas pecadoras accedían gustosamente a los requerimientos sexuales de aquel patán. Se levantaban a medianoche y corrían de una celda a otra, o profanaban con sus actos la misma iglesia, entregándose a la carne como fieros animales hambrientos sobre el frío mármol del templo sagrado.

A él no le bastaba una sola mujer, acaparaba a varias a ser posible aferradas a su cuerpo, incluso las impulsaba a el sucio lesbianismo..." La superiora respiraba agitada cuando me contaba esto, pero una pregunta residía en mi cabeza, dado que ella había dicho que todas las monjas se vieron acosadas por el padre Simón, ¿ entonces ella sufrió aquel asedio varonil? Le pregunté a bocajarro: ¿Sor Ángela, usted también fue víctima del padre Simón? Sor Ángela respiró hondo insegura de contar más, pero yo le había dado suficiente confianza como para que siguiera hasta el final. "El padre Simón venía frecuentemente a mi estudio privado, el lugar que me sirve de despacho u oficina. Empezó dejándome claro de quién era sobrino y lo que suponía eso, o sea, él era quien mandaba... Me dijo que quería de mí lo mismo que le habían dado todas (Sor Ángela estaba enrojecida de vergüenza, pero aún así continuó).

Yo le dije que no era nada más que una mujer demasiado madura para él y muy inexperta para lo que me requería, pero él insistía en que mantuviésemos una relación carnal, que seguro que yo sabría como complacerle, que si no lo hacía él conseguiría que cerrasen el convento y que nos echasen a todas de allí, no sin antes habernos hecho sufrir todo tipo de vejaciones y humillaciones físicas" Aquí paró Sor Ángela de contar, pues era hora de mencionar lo más comprometido. " El padre Simón era cruel en sus peticiones y amenazas pero este convento y sus moradoras eran mi vida, así que creí que si accedía a aquello lo hacía en bien de la comunidad y ante todo por servicio y amor a Dios. Entonces allí mismo en mi estudio, el padre Simón me sugirió que empezase por despojarme de los hábitos, cosa que hice entre lágrimas. Era la primera vez que estaba desnuda ante un hombre, un hombre que babeaba de excitación al contemplarme, a la vez que elogiaba mis formas de mujer madura, haciendo mención uno por uno de esos ansiados objetos de pecado que yo poseía.

Él se remango la sotana y sacó su báculo inhiesto. Jamás en mi vida creí que contemplaría el miembro de un hombre, y padre –me dijo Sor Ángela dirigiéndose a mí- que esto sirva de confesión, creo que al ver aquello sentí un ápice de deseo (¡que Dios que está en el cielo me perdone!). El padre Simón cogió su falo con una mano y comenzó a zarandeárselo al tiempo que me decía que aprendiera como se hacía, pues luego yo sería la encargada de hacérselo a él.

Al tiempo que se dedicaba a ese menester el muy cerdo, pronunciaba palabras infames que ofenden lo sagrado de este lugar y profanan el nombre de Dios (hubiese dado lo que fuera porque Sor Ángela pronunciase aquellas palabras durante su confesión). Después – continuó- el padre Simón se aproximó a mi y con sus perversas manos acarició mi cuerpo sin dejar resquicio por recorrer, sin dejar de anunciar cual sería la culminación de nuestra siniestra relación sexual (pensé que se refería al coito).

Me manoseó eternamente y él decía que yo me hallaba predispuesta y excitada, pero Dios sabe que no" En esta pausa del relato interrogué a la ingenua madre superiora que nada sabía de sexo y le pedí que me explicase qué sucedía en su entrepierna mientras se hallaba frente a aquel hombre, confesándome que unos flujos procedentes de su virginal prenda femenina corría piernas abajo, lo que indicaba que la muy indecente se hallaba, aunque sin saberlo, totalmente excitada. "Pronto el cura lascivo –continúa contando- me obligó a echar mano de su mástil para acariciarlo como ya me mostrara y en breves segundos, con un aullido apagado de su dueño, vi como salía de aquella cosa dura un caldo blanco que al caer en mis manos se reveló caliente, y lo curioso es que no paraba de salir, inundando de un olor nuevo para mi todo el ambiente.

Hipnotizada por Satanás no acerté a soltar de mis manos la estaca del cura, la cual se fue haciendo blanda poco a poco... Y ya esperaba que aquel hombre me sometiese al ejercicio mediante el cual se gestan los hijos cuando él mismo dijo que todo había sido de su agrado pero que se hallaba exhausto y habríamos de dejar "nuestras oraciones" para más adelante. Como este tipo de encuentros tuvimos varios más, sin nunca llegar a consumar el acto, merced para mi honra y mi pudor, hasta que un día el padre Simón apareció muerto en el interior del confesionario con la sotana remangada y con la... entre las manos. Fue llamado sin duda al infierno, pues para su alma no habrá salvación"

Mis días en el convento entre aquellas esposas de Dios me eran bastante gratos, solo que empezaba a tener necesidades varoniles que estaban en clara contradicción con mi ministerio sacerdotal. Sí, me masturbaba cada vez que sentía necesidad, cosa frecuente, sobre todo tras las entrevistas, confesiones y charlas con las hermanas. No consideraba yo que esto fuese traicionar la confianza que ellas depositaban en mí, pero cuando me revelaban sus pensamientos más íntimos yo me veía invadido por una terrible calentura muy difícil de controlar.

Como ya dije, las hermanas también estaban deseosas de mi compañía y no habían pasado ni doce horas después de la última confesión cuando algunas de ellas ya estaban solicitando de nuevo mis servicios espirituales.

Dada la comprensión que yo les ofrecía sus confesiones se fueron haciendo cada vez más indiscretas y subidas de tono, además era tal mi indulgencia que a muchas de ellas las convencí de que ciertas tendencias no eran del todo pecado y que si a veces sufrían tentaciones no era siempre responsable el demonio sino nuestra propia naturaleza humana, la cual hizo Dios a su imagen y semejanza, y si el altísimo lo hizo así, bien hecho estaba. Por eso a la pasión que sentimos, a la atracción carnal del hombre y la mujer, es algo que únicamente se puede llamar amor. Las monjas me hacían partícipe de sus sueños y anhelos sexuales, y admitían que echaban de menos a un hombre que las dejara satisfechas. Esto me ponía a mí en un grave aprieto porque en ocasiones eran insinuaciones en toda regla.

La madre superiora nos vigilaba a las hermanas y a mí constantemente, y si me daba por animarme a tener algún roce sexual con alguna de ella y por casualidad Sor Ángela nos sorprendía eso suponía mi fin como sacerdote, pues me expulsarían de la iglesia. Y en verdad digo que no era fácil convivir con aquellas mujeres, criaturas celestiales y hechas para delicia y tormento de un pobre pecador como yo lo he sido siempre. Pongo por ejemplo del sufrimiento que me infringía aquella situación de abstinencia sexual, el día en el que habiéndome ausentado unos minutos de la sacristía, donde dejaba los enseres de la liturgia, regresé y sin que ella me viera, pude sorprender a una de las monjas sentada en mi habitual lugar de lectura, con el hábito remangado y acariciando su sexo frenéticamente con una de sus manos.

Pude entrar y sermonearle, pero era tan sublime el espectáculo que me ofrecía y tal la seguridad que tenía de que nadie llegaría a interrumpirlo, que allí, oculto desde un rincón preferí no perder detalle. Además ella no se daría cuenta de mi presencia tampoco, pues se hallaba con los ojos entornados y gozando cuan pecadora empedernida.

¡Qué Dios me perdone, pero no podía dejar de admirar a aquel ángel procurándose placer a si misma! La reconocí: era Sor Purificación, una de mis monjas favoritas del convento, por su sensualidad y belleza. ¡Qué forma de gozar con sus dedos! ¡Qué manera de darse gusto! Su cara era la mismísima expresión del placer. El esfuerzo que hube de hacer por reprimir la tentación y no abalanzarme a acariciarla yo mismo fue enorme. Sin embargo no me privé de remangarme la sotana y echar mano de mi durísima verga para masturbarme yo también.

Era mejor así, podría ocultarme o disimular mi tarea si alguna otra monja entraba. ¡Qué escándalo si la madre superiora nos pillaba...! Sor Purificación gemía tenuemente y eso me hacía enloquecer de placer. Procuré alargar el placer todo lo posible y no eyacular hasta que ella también llegase al orgasmo.

Las notas musicales que dejaba escapar el órgano llegaban hasta la sacristía desde el templo, donde Sor Armonía, otra perra en celo de cuidado, tocaba las teclas con sus delicados dedos. La música sacra me excitaba más aún, como creo que sucedía también a Sor Purificación que con un aullido apagado anunció su orgasmo; yo por mi lado di unas fuertes sacudidas finales a mi polla y me corrí como nunca en mi vida.

En los días sucesivos me encontraba muy alterado. Definitivamente necesitaba fornicar con alguna de aquellas mujeres, pero la vigilancia de Sor Ángela me lo hacía difícil. ¿Y si ella misma...?

Tras las experiencias vividas en el convento, y dada mi alteración y anhelos sexuales, estuve reflexionando acerca de la idea de marcharme de allí y de ese modo evitar la tentación y la flagelación a la que el deseo me tenía sometido. Así que pensé en comunicárselo a la madre superiora, Sor Ángela en cuanto ella y yo tuviéramos la siguiente charla.

Esperaba por tanto encontrarla una tarde en el claustro como otras muchas veces cuando la hermana Sor Anunciación me comunicó que la superiora me aguardaba en su estudio privado. Así pues, me encaminé hacia allí, pero quiso el destino ofrecerme otra tórrida escena sexual antes de llegar a mi entrevista con Sor Ángela. Y es que, yendo a su encuentro, había de pasar por la galería donde hallaban las celdas o dormitorios de las monjas. Era la hora del retiro espiritual y muchas de ellas se hallaban orando en soledad.

El convento, antiguo en su construcción, aún conservaba esas puertas de grandes ojos de cerradura a través de los cuales, si mirabas con un ojo, podía verse el interior. Como pronto me iría, sentí necesidad de contemplar, quizá por última vez, el bello rostro de Sor Cristina y como todo respiraba tranquilidad y nadie había en los pasillos, fui audaz y miré por el ojo de la cerradura de la puerta de su celda.

¡Qué sorpresa tan enorme me llevé cuando vi no sólo a Sor Cristina, sino también a Sor Ascensión! ¡Y no estaban orando, sino cayendo por el precipicio del sexo entre ninfas! Sus bellos cuerpos entrelazados deleitaron mis vista durante unos instantes, pero tenía que acudir presto a la cita con la superiora y no podía demorarme. El amor entre ellas era sublime, sano, lleno de pureza y auténtica pasión. Se acariciaban, sus labios se besaban; también besaban toda su piel, sus senos, sus coños... Sus lenguas recorrían toda la anatomía de la compañera y yo creo, que no pecaban, sino que esa era su particular forma de entrar en plena comunión con Dios.

Excitado y empalmado, como dicen los libertinos, me dirigí al estudio de Sor Ángela; decidido estaba a decirle que me marchaba. Nos saludamos cortésmente como por costumbre teníamos y comenzamos a hablar de Dios y del espíritu como otras tantas veces. Sor Ángela era orgullosa y altiva; se creía estar al margen del pecado y rara era la vez que solicitaba confesión. Ella creía estar por encima del bien y del mal y consideraba en su fuero interno haber sido elegida por Dios para grandes designios.

Pero en realidad era una estúpida para ciertos temas, pues nada sabía de amor humano. Por eso creo que sentía cierto desprecio por ella, ¡qué Dios me perdone!, y que me perdone también cuando en mi pensamiento creía que lo adecuado para aquella madura mujer era que un hombre dotado de una buena verga se la metiese por el culo hasta la empuñadura a la muy orgullosa.

Es más, yo pedía que Dios me diera consentimiento a mi mismo para ello. ¡Pero qué imaginación la mía! Era hora de comunicarle mi marcha y no imaginar más lascivias. Sin embargo Sor Ángela se anticipó a mi y me habló de forma extraña de temas como el pecado y el sacrificio: como aquel que entregó su vida por nosotros. Su idea era que para salvar al resto de las hermanas feligresas de la tentación de la carne que últimamente las asaltaba, ella misma haría un sacrificio y se entregaría a los designios del maligno encarnado en forma de hombre. La abadesa me dejó impresionado, pues además no creí entender bien, sugiriéndole que me lo explicara de nuevo y más sencillamente. Sor Ángela dijo que ella entregaría su cuerpo a un hombre por tal de expiar las culpas de las demás. Quise convencerla de que eso era una necedad, pero no me quiso escuchar.

La superiora fue y cerró por dentro la dependencia en la que nos hallábamos. Supuse que quería evitar que ninguna otra monja tuviese oportunidad de escuchar nuestra conversación, pero no parecía que lo que tuviera planeado era seguir conversando. Se aproximó a mi y me dijo que el diablo me había puesto en su camino para tal “sacrificio”. Aquello me molestó e intenté disuadirla de la idea, pero ella perseveraba. Al menos, la convencí de que no era el diablo quien me trajo, sino Dios, y que mi labor bien podía ser la de un ángel. Esas palabras le gustaron y comenzó a acariciar mi rostro. Ella misma empezó a remangarme la sotana y yo no hice nada por impedirlo. Paradójicamente me decía que la respetara, pues era una mujer de Dios, pero yo no sabía como interpretar eso ya que al parecer íbamos a fornicar.

Cuando agarró mi pene se aferró a él con deseo y pasión a la vez que susurraba: “lo echaba de menos”. Supuse que aquella pecadora aún se acordaba de la estaca del padre Simón y que desde entonces sólo había deseado poder atrapar otra entre sus manos. Acaricié a Sor Ángela lo que estrictamente me permitió. Ella misma se quitó su hábito y se echó sobre su escritorio dándome la espalda. Me dijo que su vagina era una cueva sagrada que yo no debía profanar. Eso me fastidió bastante, pues deseaba penetrarla por allí. Sin embargo me animó a sodomizarla, pues según ella por ahí disfrutaría más mi santa polla, dada la estrechez del esfínter.

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