Andrés sacó su miembro de ella y se sentó en el sofá. Silvia abandonó su incómoda posición y se sentó junto a él. Sus expresiones eran muy distintas. Mi mujer escondía su cara entre las manos, avergonzada por haber sido jodida, y más aún en mi presencia y en la de los dos individuos que había conocido esa misma noche. Andrés por su parte con los brazos sobre el respaldo del sofá, y con la vista al techo, recuperaba el resuello tras su rápida corrida. La música seguía sonando pero ninguno teníamos claro que hacer a partir de ese momento. El propio Andrés fue el primero en reaccionar y quitándose el preservativo lo cogió por la abertura entre los dedos y se dirigió a Silvia, que estaba a su lado:

Toma Silvia, tira esto a la basura.

Ella apartó las manos de su rostro para ver a qué se refería él. Cuando vio el presente que le enseñaba hizo una mueca de repugnancia y dijo:

No pretenderás que sea yo quién lo haga. ¿Por qué no lo tiras tú?

Andrés la miró extrañado y con una maliciosa sonrisa alzó el condón que contenía su reciente eyaculación a la altura de los ojos de ella. Entonces comenzó a acercárselo lentamente.

¿Qué haces? – protestó -¡Para ya!

El ni se inmutó y continuó acercándole el globito. Silvia comenzó a recular en el sofá hacia el extremo mas cercano a nosotros a le vez que él se estiraba para acercarse cada vez más a mi mujer. Llegó un momento en que ella quedó medio tumbada y recostada sobre el brazo del sofá, sin poder retroceder más. Andrés amplió su sonrisa, situó el condón justo encima de su rostro y le preguntó socarronamente:

¿Qué pasa Silvia? ¿No te gusta?

¡Eres un asqueroso! – contestó ella

Vamos. No te enfades, al fin y al cabo esto es obra tuya.

Silvia cerraba los ojos, pero los abría de inmediato ante el desconocimiento de lo que pretendía hacer Andrés. Él movía con ritmo pendular a escasos centímetros de su cara el transparente envoltorio que contenía su leche recién derramada y cuya consistencia podíamos observar pese a la tenue luz de la pantalla que iluminaba la habitación.

Luego, mientras lo mantenía sujeto por la abertura, cogió la base con los dedos de lo otra mano y empezó a subirla para ponerlo en posición horizontal. Silvia adivinó la intención de Andrés y de inmediato se cubrió la cara con ambas manos, aunque eso no podía evitar, si era el deseo de Andrés, que la mojara.

Vamos Silvia ¿de verdad que no quieres tirarlo tú por el inodoro? Puedo manchar el sofá si se me derrama aquí mismo.

Andrés empezaba a mostrar un aspecto desconocido para mí. Se estaba mostrando soez y grosero con mi mujer, algo que no encajaba en la opinión que yo tenía de él. Estaba cada vez mas convencido de que su temprana corrida, y encima delante de nosotros, le había realmente afectado y lo estaba pagando con ella. Intenté librar a Silvia de su suplicio dirigiéndome a él:

El baño está junto a la puerta de entrada. – y con un gesto y una fingida sonrisa le di a entender que acabara con eso.

Andrés fijó su vista en mí durante unos segundos, con desafío, pero yo no cedí y finalmente se incorporó y salió del salón con su preservativo en la mano.

Tanto yo como mis dos acompañantes intuíamos que el polvo no había sido suficiente para Andrés y no nos movimos. Silvia, en cambio, debió pensar que la apuesta estaba cobrada y una vez recuperada del susto, adecentó su ropa y, sin atreverse a mirarnos, se levantó para irse. Al llegar a la puerta se topó con Andrés que regresaba, ahora ya con las manos vacías.

¿Dónde vas con tanta prisa? - Dijo Andrés.

¿Y lo preguntas? Ya has tenido lo que querías. Me voy a dormir – Silvia contestó con decisión.

Él cortó su retirada cogiéndola por el brazo. De nuevo esa sonrisa maliciosa, nueva para mí, volvió a mostrarse en su semblante.

No, no. ¿Crees que ya estoy satisfecho? Lo de antes ha sido sólo ha sido un aperitivo. Anda, ven conmigo – y llevándola del brazo la situó frente a nosotros y nos preguntó:

¿Qué os parece lo que he ganado esta noche? Bueno Mariano, tú ya lo sabes, no es necesario que me contestes, pero vosotros dos… ¿que opináis? ¿No os parece magnífica?

Lucas simplemente hizo un gesto de asentimiento. A Juan en cambio se le notaba muy incómodo. Ni se atrevía a alzar la mirada. Lo mismo le pasaba a Silvia, que permanecía ahora de pie inmóvil y expectante ante los desconocidos planes de Andrés sobre ella.

Juan, ¡mírala! ¿No es un auténtico bombón?

El hombre, viendo que comenzaba a ser el punto de atención de los presentes,

se sentía aún mas azorado.

Bien, creo que tendré que convencerte.

Andrés se situó detrás de Silvia y llevó ambas manos a su cintura. Luego las adelantó a la altura del botón mas bajo de su blusa. Soltó los botones, uno a uno, menos el más alto, el que entallaba sus pechos bajo la blusa carmesí. Luego deslizó sus manos hacia los laterales de su falda encontrando con una de ellas la cremallera que hizo descender con parsimonia para jugar después con sus dedos con el corchete que en esos momentos era lo único que sostenía la prenda adherida a la cintura de ella. La mano libre la llevó al botón aún sin desabrochar de su blusa.

Creo que deberías mirar esto, Juan – le reiteró esperando que prestara atención.

Ya teníamos todos claro lo que iba a suceder y observé que Lucas no perdía detalle esperando poder admirar en breve el cuerpo de Silvia mientras que ella temblaba ante la vergonzante inminencia de su desnudez.

Juan no pudo aguantar más tiempo la tensión y finalmente posó su mirada sobre mi mujer justo en el momento en que Andrés desabotonaba el único botón de la blusa que quedaba. La prenda, libre de toda sujeción, se desplegó dejando brevemente a la vista su sujetador de color crema, justo el tiempo que empleó ella para alzar sus manos y cubrirse. Pero Andrés también soltó el corchete de la falda y está resbaló sin piedad a los pies de Silvia que de inmediato también usó una de sus manos para tapar la zona de su sexo.

Pese a los esfuerzos de mi mujer por cubrirse todos podíamos ya admirar la belleza de su cuerpo casi al desnudo. Andrés la giró hacia si mismo obligándola a alzar la cara con un suave empujón en su barbilla. Le susurró algo y ella, bastante indecisa, bajó sus manos.

Mientras la miraba directamente a los ojos, le apartó la blusa y maniobró en el cierre de su sostén hasta liberar por completo sus pechos. Luego, sin dejar de mirarla a los ojos, agarró sus bragas y comenzó a hacerlas descender por los muslos hasta que éstas terminaron de caer por si mismas dejándonos ver de nuevo sus preciosas nalgas. Una vez que la tuvo desnuda, Andrés, embelesado, fue recorriendo con la mirada todos los rincones del cuerpo de ella que aparecían a su vista. Apaciguado su ardor inicial, ahora se tomó su tiempo para contemplarla tranquilamente en toda su desnudez. Después se dirigió a nosotros:

- ¡Ufff….! - ¡Tenéis que ver esto!

Sujetándola de los hombros la fue girando hasta situarla de cara a nosotros tres, para dejarnos contemplar la belleza de su cuerpo. Sus piernas eran firmes, fruto del trabajo de gimnasio que diariamente hacía, sus caderas voluptuosas y marcadas. Sus pechos, voluminosos, iniciaban a caer por el peso para después remontar hacia arriba con unas curvas pronunciadas culminadas por las aureolas y unos pezones rojos pequeños y puntiagudos. Su coño era prominente, tapizado por una hermosa y arreglada mata de pelo castaño oscuro que dejaba entrever los pliegues de su raja.

La belleza natural de su cuerpo, la inocultable vergüenza que seguía reflejándose en su rostro y el morbo de estar siendo el objeto de la encandilada mirada de los cuatro hombres que allí estábamos constituía el marco perfecto para producirnos una tremenda erección. Yo mismo nunca había visto a Silvia tan directamente desnuda, pues ella procuraba siempre evitarlo e incluso hacíamos el amor a oscuras.

Andrés seguía sonriendo orgulloso de mostrarnos lo que había ganado.

- Bueno Juan ¿Qué te parece?

Juan soltó un hondo suspiro antes de contestar:

- Yo….., no tengo palabras. – y pareciendo haber perdido de golpe todo la timidez antes demostrada y sin importarle que yo estuviera delante, se dirigió ya directamente a mi esposa diciéndole que era preciosa.

Pero ella ni miraba ni sentía. Estaba totalmente aturdida por el cariz que estaban adquiriendo los acontecimientos

Andrés dio un nuevo giro de tuerca a la situación y empezó a animar a Juan:

Vamos Juan, seguro que estás empalmado a tope. Deja que veamos lo que escondes bajo tus pantalones.

Juan miraba a un lado y a otro sin saber qué hacer. Estaba sumamente excitado y casi sin darse cuenta empezó a tocarse su entrepierna por encima del pantalón.

Andrés ya se lanzó directamente al ruedo y cogiendo a Silvia por la cintura la acercó hacia Juan instándola a arrodillarse sobre el sofá a ambos lados de las piernas de él. Aún reticente, Silvia obedeció los deseos del que esa noche era su dueño y se echó sobre Juan apoyando su desnudo coño justo sobre la oculta erección del hombre. Para él eso era demasiado y con dificultades se bajó la bragueta y extrajo su henchida polla al exterior. Tenía un buen tamaño, sin exagerar, y era de piel muy blanca lo que contrastaba con el rojo capullo que la coronaba.

Andrés ya había preparado otro preservativo, de un color verde llamativo, y se lo ofreció a su amigo. Juan torpemente se colocó la protección y de inmediato se escurrió en el sofá buscando la penetración de su verga en el coño de Silvia.

A los pocos instantes se volvía a representar una escena con altas dosis de morbo: tenía a mi mujer casi frente a mí mientras Juan, sentado a mi lado, se la empezaba a follar con rítmicos golpes de cadera hacia arriba. Y lo más curioso es que lejos de importarme mi excitación iba en aumento. Juan continuó sus movimientos un par de minutos más, ocultando y descubriendo alternativamente el verde envoltorio de su blanca verga mientras jodía con fuerza el coño de Silvia, que, manteniendo los ojos cerrados, se dejaba follar aceptando los designios de mi jefe. Entonces él aferró con sus manos los imponentes pechos de mi esposa y, mientras emitía una especie de quejido continuo, su cuerpo comenzó a convulsionarse de un modo tal que todos nos asustamos temiendo que le pasara algo malo, hasta que el mismo Juan nos sacó de dudas:

- ¡Ayyy, me corro, me corro, por Dios! – y mientras anunciaba con voz quejosa su corrida, sus convulsiones se incrementaron aun más, transformándose a continuación en un temblor, salpicado de espasmos, que se fue apaciguando conforme terminaba el brutal orgasmo que había obtenido tirándose a Silvia.

Juan salió entonces del estado medio hipnótico en el que se encontraba y, apartando a Silvia, se puso de pie tapándose su polla y exclamando:

¡Virgen de la Macarena! ¿Qué he hecho? Mi esposa no me lo va a perdonar jamás. ¿Qué le voy a decir?

Andrés intentó tranquilizarle y le pidió el preservativo para tirarlo. Juan le entregó el condón mecánicamente, mientras permanecía de pie, absorto en sus pensamientos, tanto como la propia Silvia que, incapaz de levantar la vista, permanecía a su lado con las manos cubriendo su pubis y sin tener claro que hacer a partir de ese momento.

Pero quien si debía tenerlo claro era Lucas. Sentí como el sofá se movía a mi derecha cuando él se levantó y con su habitual semblante serio se dirigió con decisión hacia mi esposa. Con una de sus manos le alzó la barbilla obligándola a mirarle a los ojos. Silvia, como yo, debió notar en los ojos de Lucas el deseo de éste de poseerla al igual que habían hechos los otros dos jugadores. Mantuvo la mirada hasta que Lucas, acariciándole las mejillas, acercó su rostro al de ella para besarla. Lucas paseó repetidamente sus labios por los de ella, y me pareció que fue mi propia mujer la que los entreabrió para dejarle paso, pero el beso fue interrumpido por Andrés a su regreso al salón.

Vaya, vaya, Lucas. Veo que a ti también te ha puesto cachondo mi premio. Silvia, no te quejarás, estás siendo la atracción de la noche.

Lucas interrumpió el beso y miró brevemente a Andrés esbozando una forzada sonrisa. De inmediato volvió a poner su atención en Silvia, la agarró de la cintura y la sentó en el sofá justo a mi izquierda. Se arrodilló a sus pies y tras cogerle las manos las apartó de su coño que celosamente cubrían. Daba igual mi presencia, estaba claro que todos habían asumido que Silvia estaba a disposición de ellos tres. Mi esposa y yo nos miramos brevemente, justo antes de que Lucas comenzara a separarle las piernas mientras acercaba el rostro a su sexo. El rubor volvió a aparecer en ella cuando los dedos de Lucas acariciaron suavemente su vello púbico antes de recorrer sus labios vaginales y separarlos para dejar asomar su clítoris. Lo masajeó unos instantes y acercó aun más su rostro al coño de Silvia hasta posar la boca en él. No me cabía duda de que era la primera vez que Silvia recibía semejante atención en esa parte de su cuerpo, a mí jamás se me había pasado por la mente practicar sexo oral con ella.

Juan y Andrés se habían acoplado de nuevo en el otro sofá y yo seguí observando a mi mujer notando como su inicial incomodidad se iba transformando mientras Lucas movía su lengua por toda la raja de su chocho, chupándolo y aprisionando con los labios el clítoris, hasta que observé cómo ella, aún esforzándose por no dar señal de excitación alguna, sufrió un par de sintomáticas contracciones de placer antes de que él abandonara su labor. Era evidente que las maniobras de Lucas habían hecho que ella, aún sin quererlo, se excitara.

Al ponerse en pie, Lucas recibió de Andrés el correspondiente preservativo, se bajó la bragueta de su elegante pantalón marrón y sacó una verga de color tan aceitunado como el resto de su piel, circuncidada y de un notable grosor. Apenas ajustado el condón, levantó las piernas de Silvia, separándolas, y se echó sobre ella introduciéndole sin dificultades su gruesa polla en el coño, que sin duda estaba mojado por la saliva de Lucas y por sus propios fluidos de excitación.

Apenas empezado el bombeo en el interior del sexo de mi esposa, Lucas le acarició las tetas con ambas manos mientras intentaba de nuevo besarla en la boca. Silvia debió darse cuenta de que besar a ese hombre mientras la follaba podía hacer que su excitación llegara a cotas peligrosamente evidentes, dada mi presencia, y le esquivó, procurando que el placer no se apoderara de ella, manteniendo los ojos cerrados y las manos sobre el asiento del sofá, mientras simulaba muecas y quejidos de fingido desagrado cada vez que él empujaba introduciendo su lanza en lo más profundo de su cueva.

Reconozco que, pese a que un tercer tío se la estaba follando esa noche delante de mí, los esfuerzos de Silvia por resistirse a gozar me agradaron y más cuando éstos concluyeron con éxito en el momento en que Lucas tensaba su cuerpo y con apenas un suave gemido se corría gozando del voluptuoso cuerpo de mi esposa.

Cuando Lucas abandonó el cuerpo de mi mujer, ella y yo intercambiamos una mirada que dejaba translucir su sentimiento de triunfo, con la creencia de que todo había terminado, y mi convencimiento de que eso no iba a ser así y de que algo iba a cambiar en nuestra vida sexual a partir de esa noche.

Al volver a prestar atención a mis invitados noté que Andrés no se encontraba en el salón, que Juan seguía perdido en sus pensamientos sentado en el otro sofá y que Lucas, relajándose, se había acercado al equipo de música y escudriñaba entre los Cds.

Silvia, intentando exponer lo menos posible su cuerpo desnudo, se deslizó del asiento del sofá en el que había sido follada consecutivamente por Juan y Lucas y, gateando, buscó su ropa que se amontonaba en la alfombra, allí donde la había dejado Andrés al desnudarla. Su movimiento mientras, arrodillada, se alejaba de mi posición en el sofá, me permitió contemplar su culo balanceándose y el nacimiento, asomando entre los pelos, de la raja de su coño allá donde terminaba la de su trasero. Fue la segunda visión para mí nueva, y excitantemente turbadora, de la desnudez de mi mujer.

Cuando estaba a punto de recoger su ropa, Andrés entró de nuevo al salón con una botella de champán en las manos. Al ver a Silvia en esa posición sonrió lascivamente y le conminó a sentarse, desnuda como estaba, y acompañarnos a tomar una copa de cava. Las protestas de mi mujer no sirvieron de nada y finalmente se sentó junto a mí intentando de nuevo proteger todo lo que podía, con sus brazos y manos, su cuerpo desnudo. Debo reconocer que el contraste entre ella, espléndidamente desnuda, y los cuatro hombres, que permanecíamos totalmente vestidos, ofrecía una situación altamente morbosa. Todos, menos ella, sabíamos que Andrés tenía más proyectos para esa noche.

Andrés propuso un brindis por Silvia y todos fuimos apurando nuestras copas mientras mi jefe seguía alabando a mi esposa y alardeando de la suerte que estaban teniendo todos esa noche. Después se acercó de nuevo a ella y, tomándola de la mano, la levantó y la atrajo hacia él. Le acarició con ambas manos el culo mientras su boca se dedicaba a lamerle alternativamente los pechos, centrándose en sus pezones que reaccionaron a las caricias endureciéndose. Silvia se mantenía quieta con la vista hacia el techo y los brazos colgando hacia el suelo, dejando que Andrés la manoseara de nuevo a placer.

Este cogió una de sus manos y la llevó hacia el bulto de su polla sobre los pantalones. Silvia reaccionó negativamente e intentó apartar la mano, pero Andrés se mantuvo firme y la apoyó de nuevo sobre su erección, apretándola e iniciando una suave frotación. Fue retrocediendo hacia el sofá hasta sentarse en él y obligando a Silvia a arrodillarse a sus pies, instándola a que continuara acariciándole el bulto de su polla. Con evidente torpeza ella siguió frotando un rato sobre el pantalón hasta que Andrés le pidió que le sacara la polla al exterior y le masturbara. Silvia negó con la cabeza, dándole a entender que no estaba dispuesta a seguir adelante, pero la fija y seria mirada de Andrés le convenció de que parar en ese instante, después de haber sido ya follada esa noche por los tres jugadores, era una tontería. Se aplicó en bajar la cremallera del pantalón, metió la mano en su interior y, tras maniobrar un rato, la sacó junto con la verga de Andrés a la que sujetaba con sus dedos índice y pulgar.

Andrés reiteró sus deseos de que se la meneara y Silvia inició el movimiento con los dos dedos con los que le asía la polla. Entonces él le cogió la mano y le mostró cómo quería que la envolviera con toda la palma de la mano. Silvia reanudó la masturbación mientras Andrés comenzaba a suspirar de gusto mientras su polla iba creciendo de tamaño. Era ya evidente lo que iba a pasar a continuación. Andrés se bajó los pantalones y slips hasta los tobillos y, agarrando con ambas manos la cabeza de mi esposa, fue acercando el rostro de ella hacia su entrepierna. Silvia luchó contra la intención de Andrés de que se la chupara, y es que mamársela era ya demasiado para ella.

Ambos porfiaron un rato, y parecía que Andrés iba finalmente a renunciar, pero en ese momento Lucas, completamente desnudo, se acercó a Silvia y se arrodilló detrás de ella, cogiéndola de las nalgas. Ella se giró observando al hombre gitano que la estaba de nuevo manoseando. Lucas acercó su cara al trasero de mi mujer y de nuevo su lengua se apoderó del coño de Silvia que reaccionó con un respingo al sentir la calida sensación sobre su vulva. Le chupó por completo no solo la raja del coño, sino también la del culo lo que de nuevo le produjo varias contracciones de placer mientras, inconscientemente, aceleraba la paja que le hacía a Andrés.

Lucas abandonó la maravillosa tarea y poniéndose en pie, introdujo por detrás su picha en el coño de Silvia que permanecía arrodillada masturbando cada vez con más énfasis a mi jefe. El gitano empezó un lento bombeo que se fue acelerando cada vez más, mientras sus manos se habían ya apoderado de las dos tetas de Silvia que colgaban al aire por la posición en la que ambos se encontraban. En esta ocasión mi esposa no pudo contenerse. La postura en la que se la estaba follando Lucas era la que mas le gustaba y estaba claro que el hombre debía agradarle o sabía excitarla muy bien. Silvia comenzó a gemir suavemente mientras sus piernas comenzaban a dar signos de debilidad ante la furiosa follada que Lucas le propinaba. Los síntomas de un cercano orgasmo de Silvia se fueron acentuando y Andrés aprovechó la calentura de ella para conseguir finalmente arrimar el rostro de mi mujer a su polla y, sustituyendo la mano de ella por la suya propia, dirigir e introducir el glande entre sus labios entreabiertos. Silvia, concentrada en el gusto obtenido por la impetuosa follada de Lucas, apenas se percató de que tenía en su boca un pedazo de polla y succionó el capullo de Andrés, quien sí comenzó a suspirar mas profundamente con la excitante sensación de sentir su picha en la boca de mi bella esposa.

Finalmente Silvia no pudo aguantar más y sus gemidos se convirtieron en una mezcla de quejidos y gritos hasta que sus rodillas se doblaron en el momento en que el orgasmo apareció en ella. Mientras se corría Silvia, inconscientemente, comenzó a chupar con frenesí la polla de Andrés quien, sorprendido, apenas tuvo tiempo de sacarla de tan estupendo agujero donde iba a correrse sin remedio si ella seguía mamándosela.

Consiguió a duras penas evitar la eyaculación y también Lucas se retiró sin venirse, dejando a Silvia hecha un trapo a los pies de Andrés mientras se serenaban sus sentidos después del orgasmo alcanzado.

Miré a Juan y observé en él claras muestras de incredulidad ante lo acontecido. Seguramente no esperaba que Silvia pudiera tener un orgasmo y debo admitir que a mí también me había sorprendido y, sobretodo, molestado que se corriera con un hombre al que ni conocía. Pero la más sorprendida era la propia Silvia que, confundida y azorada por lo que había pasado, ahora no se atrevía ni a levantar la mirada.

En cambio Andrés estaba en su salsa, había conseguido evitar una nueva e inesperada eyaculación precoz y, sonriente, se incorporó anunciando un nuevo brindis por el orgasmo de mi mujer. Se despojó de toda la ropa, tal y como había hecho Lucas, y cogiendo a Silvia la sentó en el sofá. Recibí una furtiva mirada de mi esposa en la que me quería dar a entender que le disculpara, que no había podido evitar lo que había pasado. Pero ella no sabía que yo mismo, pese a mi enfado, estaba totalmente empalmado y que también había estado a punto de correrme viendo como se la follaba Lucas mientras ella se la chupaba a Andrés.

Andrés comenzó a llenar de cava las copas dejando para el final la de Silvia. Apenas unas gotas cayeron en la de mi esposa antes de que se vaciara la botella. Juan se ofreció a compartir con ella el contenido de su copa, pero Andrés, que mantenía un rictus sonriente, le dijo que no se preocupara, que él lo arreglaría.

Salió del salón, ante la extrañeza general, volviendo al poco rato y escondiendo algo en una mano detrás de su espalda desnuda. Le dijo a Silvia que alzara su copa y entonces nos enseñó lo que escondía. Traía los tres condones que creíamos estaban en la basura y los mostraba orgullosamente. Con la otra mano acercó uno de ellos a la copa de mi esposa, que, estupefacta e incapaz de reaccionar, vio como derramaba el esperma recogido en el condón dentro de su copa de cava.

Hizo lo mismo con el segundo de los preservativos y cuando cogió el tercero, el de color verde que se había puesto Juan, nos lo acercó sin poder evitar dirigirse a él para preguntarle cuando se había corrido por última vez, y es que el preservativo mostraba una abundante eyaculación. Juan, ante la risa de Andrés, a duras penas pudo contestar que hacía más de seis meses. Cuando lo vació en la copa de Silvia, su contenido alcanzó una notable cantidad de semen, ya bastante licuado, que llenaba mas de dos tercios de la misma.

Andrés pidió brindar por el orgasmo alcanzado por mi mujer y todos levantamos nuestras copas menos Silvia que, aturdida, miraba su copa repleta de la lefa de los tres hombres que esa noche se la habían tirado consecutivamente. Todos dimos un sorbo a nuestras copas y Andrés se dirigió a Silvia animándola a hacer lo mismo. Yo estaba convencido de que ella no lo iba a hacer y en efecto ella reaccionó depositando la copa a sus pies. Entonces Andrés le dijo que si no lo hacía consideraría que la apuesta no estaría cobrada.

Silvia me miró suplicando que intentara sacarla de esa situación, como había hecho anteriormente, pero no fui capaz de decir nada. En realidad, y no se si por el propio cabreo que yo tenía después de su orgasmo, sentía una excitante comezón interior ante la posibilidad de observarla bebiéndose la leche de los tres varones que me acompañaban. Entonces ella, tras lanzarme una mirada llena de rabia, cogió la copa del suelo y, tras contemplar de nuevo su contenido, la aproximó a sus labios, dudando que hacer.

Andrés y Lucas, totalmente empalmados, se la meneaban ante la incertidumbre de Silvia en apurar el semen recogido en la copa. Juan también se tocaba sobre los pantalones y yo, totalmente excitado, prefería no tocarme por miedo a correrme.

Tras unos segundos de espera, Silvia posó sus labios sobre la copa y la inclinó lentamente, con lo que el líquido comenzó deslizarse en dirección a su boca. Cuando la leche alcanzó su labio superior, hizo una mueca de asco y puso de nuevo la copa en posición vertical. Volvió a contemplar lo que debía beberse y unos segundos después, tras obsequiarnos a todos los allí presentes con una mirada llena de ira, aproximó de nuevo la copa a sus labios y de un solo trago, sin saborearlo, se echó a la garganta todo el semen allí acumulado. No pudo evitar un par de arcadas que la obligaron a toser varias veces, pero, una vez repuesta, puso la copa sobre la alfombra y volvió a mirarnos, esta vez de una manera desafiante.

Nuestra sorpresa era total, sobretodo la mía, pues aún no podía creerme que mi escrupulosa esposa se hubiera llevado a la garganta la leche de los tres invitados. Pero Andrés no tardó en reaccionar y, sonriendo aun más lascivamente, se aproximó a ella sin dejar de menarse la polla. Cuando estuvo justo frente a ella le dijo:

Vaya Silvia, creo que nos has desconcertado a todos. No pensaba obligarte a beberte la copa, era sólo un juego. La pregunta que ahora me hago es hasta donde eres capaz de llegar.

Andrés, sin dejar de masturbarse con una de sus manos, agarró con la otra uno de los hombros de mi mujer. Manteniéndola sentada, la separó del respaldo del sofá y la atrajo hacia él, hasta que su rostro estuvo a escasos centímetros de su rabo. Silvia observó brevemente la polla babeante de Andrés y luego dirigió su mirada a los ojos de mi jefe, con el mismo aire de desafío mostrado con anterioridad. Andrés aceleró los movimientos de su mano sobre la polla y por unos instantes pareció que iba a terminar de hacerse la paja sobre el rostro de ella, pero la mirada altiva de Silvia debió hacerle recapacitar y se paró. Acercó la punta de su capullo a los labios de Silvia y lo restregó suavemente por ellos, impregnándolos de líquido preseminal. Silvia se limpió con la mano los labios y levantó de nuevo su fría mirada a Andrés, quién meditaba qué hacer a continuación.

Mi jefe le tomó la cara con las manos y, tras acariciarle repetidamente las mejillas, se dispuso a besarla. Andrés tanteó con su lengua sobre los labios de mi esposa, hasta que ella los abrió permitiéndole el paso y él aprovechó para besarla con pasión, moviendo la lengua con fuerza en el interior de su boca. Echó su cuerpo hacia el de ella obligándola a recostarse de nuevo sobre el respaldo del sofá y le separó las piernas lo suficiente para dejar al descubierto la raja de su coño y dirigir allí su tranca. No tardó demasiado en acoplarse e introducirle el nabo en su totalidad moviéndose despacio, tomándose el tiempo necesario para no incurrir de nuevo en el error de una corrida prematura.

Luego dirigió sus besos a las tetas de Silvia que, pese al disgusto que le provocaba ser jodida por Andrés, notó como sus pezones se erizaban con el jugueteo de la lengua del macho sobre ellos. Cuando Andrés llevó sus dedos al clítoris de mi mujer y lo frotó repetidamente, acompañando la follada, ésta tuvo que esforzarse en reprimir la creciente excitación que iba sintiendo. La suerte para ella era que Andrés también estaba próximo al climax y por ello, al poco rato, él le sacó la polla, se medio incorporó y empujó a Silvia por los hombros hacia abajo, arrastrándola desde el respaldo al asiento del sofá.

Cuando la tuvo incómodamente tumbada de cuerpo para arriba sobre el asiento, se arrodilló sobre éste y llevó su picha al perfecto canal que separaba sus dos grandes tetas. Las agarró con ambas manos, ocultó entre ellas su miembro y moviendo de arriba abajo los dos globos mamarios comenzó de nuevo a masturbar su polla con ellos.

Joder Silvia, vaya par de tetas que tienes. Me dan ganas de echártelo todo entre ellas, pero aún no ha llegado el momento.

¡El momento de qué, cerdo! – Silvia le contestó - ¿Aún no has tenido bastante?

Pronto lo verás, querida, y los demás también.

Andrés abandonó el desfiladero en el que su polla estaba a punto de explotar y agarrando a Silvia de las caderas tiró aun más de ella hacia abajo, mientras él se arrodillaba en el suelo. Con esta maniobra consiguió que ella quedara sentada en el suelo con la espalda apoyada en la base del sofá y la cara recostada sobre el asiento. Acercó su verga al rostro de Silvia y comenzó a restregarla por todos los rincones de éste. Luego le acercó a la boca la punta del nabo y con tres pequeños golpecitos le invitó a abrirla. Vi cómo mi esposa le miraba con rabia y sin ánimo de obedecer, pero otros tres golpes más fuertes sobre sus labios le convencieron de que era estúpido negarse.

Cuando Silvia entreabrió la boca, Andrés empujó y le metió más de la mitad de su aparato, iniciando una nueva masturbación, meneándose la parte de la polla que aún sobresalía. Silvia puso de manifiesto su desagrado cuando sintió las gotas de líquido preseminal que desprendía el capullo de Andrés conforme este se pajeaba cada vez más rápido, pero en ningún momento se la mamó, dejando que todo lo hiciera él, a quien parecía no importarle la actitud pasiva de ella.