EL PECADO
el 27 ene En: HISTORIAS DE HOMBRES - sin comentarios
Me llamo Benigno y soy un sacerdote católico español. Mi parroquia esta en una gran ciudad española cuyo nombre si me permiten no revelaré. Aquí tengo conexión a internet y es fácil entender que en mis horas perdidas navegando por el ciberespacio haya visto gran cantidad de webs eróticas. Sé que pensarán que por qué hace eso un cura, pero les diré que yo me hallo con la conciencia tranquila y pienso que eso es algo natural.
He de admitir que nunca respeté el celibato ni la castidad; ya desde la época del seminario recurría frecuentemente a la masturbación y aunque a veces creía que ese pecado me llevaría sin más remedio al infierno, acabé aceptando mi sexualidad como algo natural (al fin y al cabo soy un hombre como todos). Lo que sucedía es que yo verdaderamente quería estar al servicio de Dios y servir a los demás, por eso no abandoné el sacerdocio, a pesar de mis fuertes inclinaciones sexuales.
Tengo casi cincuenta años y una gran experiencia a mis espaldas como consejero espiritual y confesor; además de haber estado en distintas parroquias y atendiendo diversos menesteres eclesiásticos. Con este relato pretendo hacer memoria de mi vida y sobre todo de feligreses y feligresas que me han dado a conocer una parte muy íntima de ellos a través de la relación de sus pecados. Contaré pues cuáles han sido algunas de esas confesiones (pues creo que no violo el secreto de confesión siempre que no revele nombres verdaderos). También he de añadir sin vanagloria que Dios me dotó de gran belleza y apostura masculina, además de un gran dominio de la persuasión y el diálogo.
Empezaré hablando de una de las primeras misiones que se me encomendaron nada más ordenarme sacerdote: el obispado al que quedé adscrito se regocijó al recibirme por que mi reputación seminarística era excelente, tanto que mi nombre y mi notoriedad llegaron a oídos de algunos obispos y cardenales de gran peso en la iglesia. Por todo ello confiaron en mi ciegamente y decidieron enviarme como capellán a un convento de monjas (para servirles de confesor).
Aunque no me revelaron la raíz del problema, intuí que al menos los dos anteriores capellanes que me precedieron habían sido causantes de graves problemas y escándalos sexuales en el seno del convento. Lo supe nada más conocer a la superiora y luego de haber confesado a varias novicias. El obispado desde luego me hizo el gran favor de mi vida, por que enviarme a relacionarme con una enorme comunidad de mujeres era algo que anhelaba después de tanta soledad durante años en el seminario. Por supuesto que yo intentaría llevar los asuntos con mucho tacto e intentaría no incurrir en los mismos errores que mis antecesores como capellanes. A lo que me refiero es que me sucediese lo que me sucediese en materia sexual allí dentro, nada de ello se sabría extramuros.
Sor Ángela era la madre superiora. No era la monja de más edad, pero si de las más veteranas. Era una mujer de fuerte personalidad y carácter y desde un principio me impresionó hasta el punto de sentir por ella una gran atracción espiritual. Sin embargo la mayor belleza femenina la poseían las novicias y más en concreto dos jovencitas: Sor Ascensión y Sor Cristina, chicas llenas de ternura y encanto que inmediatamente llamaron mi atención por su sensualidad. Pronto noté como todas las monjas en general solicitaban mis servicios como confesor con demasiada asiduidad y como yo no era estúpido supe que todo era porque les agradaba mi presencia y compañía, pero ocurrió también seguidamente que Sor Ángela, la superiora atajó el posible problema apartándome de las demás mujeres en la medida de lo posible, y esto era a costa de mantenerme a mi el máximo tiempo posible junto a ella.
Por eso Sor Ángela y yo paseábamos frecuentemente por el claustro y conversábamos largo y tendido mientras las otras monjas nos miraban recelosas a través de las ventanas. Sor Ángela me retenía junto a ella hablándome de Dios y de la espiritualidad como arma para alejar al maligno. Sus alocuciones se extendían hasta el anochecer y no cabía en mí la menor duda de que todo aquello venía a cuento para hacerme ver que debía alejarme de la carne, de la carne de aquellas mujeres del convento.
Pero esto no hizo otra cosa en mi sino sembrar la semilla del deseo; brote que empezó a germinar en un sueño de una calurosa noche. A pesar de que yo dormía fuera del convento, en una parroquia cercana, soñé que dormía en una celda cualquiera del venerable recinto conventual. De repente un ruido me despertaba del descanso y veía aparecer a contraluz a dos figuras de hermanas religiosas. Yo encendía una vela y así contemplaba sus rostros: eran Sor Ascensión y Sor Cristina, las novicias, que venían junto a mi. Cuando iba a replicar y reprobarles su conducta, una de ellas tapaba mi boca con la palma de su mano. Nada podía hacer yo, porque ya me encontraba bajo su hechizo, y así, en un santiamén la dos jóvenes bellezas se despojaban de sus hábitos y se quedaban en cueros tal y como sus madres las echaron al mundo.
La palidez de sus pieles era realzada por la luz de la vela; y sólo en esto se parecían ambas porque el físico de cada una era bien distinto: los de Sor Ascensión no podían llamarse senos sino enormes melones de pezones gigantes que harían enloquecer a cualquier santo por tal de poder chupárselos. Igualmente el resto de su cuerpo era generoso en las formas redondeadas, caderas, culo, nalgas... Sor Cristina sin embargo era extremadamente delgada y llamaban la atención sus labios carnosos y sus deliciosos ojos verdes, así como el vello negro y oscuro, como el alma de un pecador, que cubría sus zonas erógenas. Dadas estas características, en mi sueño, acerqué a Sor Ascensión a mi boca para besarla y lamerla toda, y a Sor Cristina, con esos labios la puse a que se tragara mi pene, y así, tumbado en el camastro infame de aquella celda disfruté oníricamente de aquellas dos mujeres de Dios todo cuanto pude, porque cuando decidía penetrar a una de ellas y romper su virgo desperté bruscamente, lo que me disgustó bastante. Después necesité masturbarme como en la época del seminario.
El comportamiento férreo de la superiora continuaba, lo que empezó a desagradarme ya que yo anhelaba poder estar a solas dialogando con el resto de las monjas más a menudo. Pero el derecho a la confesión no lo podía prohibir y era durante esos ratos cuando yo hablaba con aquellas mujeres y las iba conociendo poco a poco. Sus inocentes almas estaban atormentadas sobre todo por el deseo y la tentación de la carne, y eso me daba enorme pena, ya que no podía explicarles que eso era algo natural y aconsejarles que dejasen los hábitos para salir y disfrutar de los placeres terrenales. Mi cometido no me permitía hacer eso, y todo lo más que podía era sosegarlas y absolverlas de sus "ridículos" pecados. Al menos –pensaba yo- si tuviera ocasión de tener conversaciones más prolongadas con algunas de aquellas angustiadas monjas..., pero Sor Ángela guardaba celosa del rebaño, pues a pesar de ser yo sacerdote, era claro que en mí veía a un hombre, a una fuente de pecado entre las religiosas.
Decidí pues sacudir la conciencia de la madura mujer haciéndole casi obligado que me relatase qué había sucedido exactamente con los dos anteriores capellanes, ya que a lo mejor así, conociendo el origen del problema, yo podría contener la tentación y el pecado. Sor Ángela convino conmigo en que podría haber de ese modo una posible solución y accedió a relatarme los hechos. Empezó hablándome del Padre Zacarías, un hombre viejo que llegó unos cinco años atrás y que estuvo con ellas varias estaciones.
Era el típico viejo verde que tocaba y manoseaba a las novicias y lanzaba miradas lascivas al resto de madres abadesas. "Pusimos fin a su estancia en el convento –me dijo Sor Ángela con gran rubor- un día que se abalanzó a mi como un demonio para poner sus sucias manos sobre mis partes deshonestas". Me hizo gracia esta forma de contarme la madre superiora los acontecimientos y me pregunté hasta que punto aquella actitud del viejo Padre Zacarías pudo asquearla o excitarla. Pedí a Sor Ángela que me hablase del siguiente capellán y como estaba siendo muy comprensivo y amable con ella, continuó sin ninguna objeción. "El siguiente – continuó relatando- fue el Padre Simón, que era el mismísimo Satán.
Este Padre Simón era un hombre joven y bien parecido, aunque bastante rudo y grosero en sus modales, y lo peor de todo es que era sobrino del obispo de la diócesis y teníamos que acatar la orden de hacerle sentir cómodo entre nosotras. Lo que sucedió es que aquel depravado se tomó al pie de la letra las órdenes del obispado y quiso abusar carnalmente de todas nosotras. Muchas novicias abandonaron el convento deshonradas, pues cayeron en la tentación, quedando algunas incluso embarazadas de aquel ángel del infierno". La abadesa dudaba entre seguir contando y yo la conminé a que así lo hiciese, por lo que se animó, porque sin duda alguna algo extraordinario hubo de suceder. Sor Ángela prosiguió: "Las monjas eran violadas por él, aunque algunas pecadoras accedían gustosamente a los requerimientos sexuales de aquel patán. Se levantaban a medianoche y corrían de una celda a otra, o profanaban con sus actos la misma iglesia, entregándose a la carne como fieros animales hambrientos sobre el frío mármol del templo sagrado.
A él no le bastaba una sola mujer, acaparaba a varias a ser posible aferradas a su cuerpo, incluso las impulsaba a el sucio lesbianismo..." La superiora respiraba agitada cuando me contaba esto, pero una pregunta residía en mi cabeza, dado que ella había dicho que todas las monjas se vieron acosadas por el padre Simón, ¿ entonces ella sufrió aquel asedio varonil? Le pregunté a bocajarro: ¿Sor Ángela, usted también fue víctima del padre Simón? Sor Ángela respiró hondo insegura de contar más, pero yo le había dado suficiente confianza como para que siguiera hasta el final. "El padre Simón venía frecuentemente a mi estudio privado, el lugar que me sirve de despacho u oficina. Empezó dejándome claro de quién era sobrino y lo que suponía eso, o sea, él era quien mandaba... Me dijo que quería de mí lo mismo que le habían dado todas (Sor Ángela estaba enrojecida de vergüenza, pero aún así continuó).
Yo le dije que no era nada más que una mujer demasiado madura para él y muy inexperta para lo que me requería, pero él insistía en que mantuviésemos una relación carnal, que seguro que yo sabría como complacerle, que si no lo hacía él conseguiría que cerrasen el convento y que nos echasen a todas de allí, no sin antes habernos hecho sufrir todo tipo de vejaciones y humillaciones físicas" Aquí paró Sor Ángela de contar, pues era hora de mencionar lo más comprometido. " El padre Simón era cruel en sus peticiones y amenazas pero este convento y sus moradoras eran mi vida, así que creí que si accedía a aquello lo hacía en bien de la comunidad y ante todo por servicio y amor a Dios. Entonces allí mismo en mi estudio, el padre Simón me sugirió que empezase por despojarme de los hábitos, cosa que hice entre lágrimas. Era la primera vez que estaba desnuda ante un hombre, un hombre que babeaba de excitación al contemplarme, a la vez que elogiaba mis formas de mujer madura, haciendo mención uno por uno de esos ansiados objetos de pecado que yo poseía.
Él se remango la sotana y sacó su báculo inhiesto. Jamás en mi vida creí que contemplaría el miembro de un hombre, y padre –me dijo Sor Ángela dirigiéndose a mí- que esto sirva de confesión, creo que al ver aquello sentí un ápice de deseo (¡que Dios que está en el cielo me perdone!). El padre Simón cogió su falo con una mano y comenzó a zarandeárselo al tiempo que me decía que aprendiera como se hacía, pues luego yo sería la encargada de hacérselo a él.
Al tiempo que se dedicaba a ese menester el muy cerdo, pronunciaba palabras infames que ofenden lo sagrado de este lugar y profanan el nombre de Dios (hubiese dado lo que fuera porque Sor Ángela pronunciase aquellas palabras durante su confesión). Después – continuó- el padre Simón se aproximó a mi y con sus perversas manos acarició mi cuerpo sin dejar resquicio por recorrer, sin dejar de anunciar cual sería la culminación de nuestra siniestra relación sexual (pensé que se refería al coito).
Me manoseó eternamente y él decía que yo me hallaba predispuesta y excitada, pero Dios sabe que no" En esta pausa del relato interrogué a la ingenua madre superiora que nada sabía de sexo y le pedí que me explicase qué sucedía en su entrepierna mientras se hallaba frente a aquel hombre, confesándome que unos flujos procedentes de su virginal prenda femenina corría piernas abajo, lo que indicaba que la muy indecente se hallaba, aunque sin saberlo, totalmente excitada. "Pronto el cura lascivo –continúa contando- me obligó a echar mano de su mástil para acariciarlo como ya me mostrara y en breves segundos, con un aullido apagado de su dueño, vi como salía de aquella cosa dura un caldo blanco que al caer en mis manos se reveló caliente, y lo curioso es que no paraba de salir, inundando de un olor nuevo para mi todo el ambiente.
Hipnotizada por Satanás no acerté a soltar de mis manos la estaca del cura, la cual se fue haciendo blanda poco a poco... Y ya esperaba que aquel hombre me sometiese al ejercicio mediante el cual se gestan los hijos cuando él mismo dijo que todo había sido de su agrado pero que se hallaba exhausto y habríamos de dejar "nuestras oraciones" para más adelante. Como este tipo de encuentros tuvimos varios más, sin nunca llegar a consumar el acto, merced para mi honra y mi pudor, hasta que un día el padre Simón apareció muerto en el interior del confesionario con la sotana remangada y con la... entre las manos. Fue llamado sin duda al infierno, pues para su alma no habrá salvación"
Mis días en el convento entre aquellas esposas de Dios me eran bastante gratos, solo que empezaba a tener necesidades varoniles que estaban en clara contradicción con mi ministerio sacerdotal. Sí, me masturbaba cada vez que sentía necesidad, cosa frecuente, sobre todo tras las entrevistas, confesiones y charlas con las hermanas. No consideraba yo que esto fuese traicionar la confianza que ellas depositaban en mí, pero cuando me revelaban sus pensamientos más íntimos yo me veía invadido por una terrible calentura muy difícil de controlar.
Como ya dije, las hermanas también estaban deseosas de mi compañía y no habían pasado ni doce horas después de la última confesión cuando algunas de ellas ya estaban solicitando de nuevo mis servicios espirituales.
Dada la comprensión que yo les ofrecía sus confesiones se fueron haciendo cada vez más indiscretas y subidas de tono, además era tal mi indulgencia que a muchas de ellas las convencí de que ciertas tendencias no eran del todo pecado y que si a veces sufrían tentaciones no era siempre responsable el demonio sino nuestra propia naturaleza humana, la cual hizo Dios a su imagen y semejanza, y si el altísimo lo hizo así, bien hecho estaba. Por eso a la pasión que sentimos, a la atracción carnal del hombre y la mujer, es algo que únicamente se puede llamar amor. Las monjas me hacían partícipe de sus sueños y anhelos sexuales, y admitían que echaban de menos a un hombre que las dejara satisfechas. Esto me ponía a mí en un grave aprieto porque en ocasiones eran insinuaciones en toda regla.
La madre superiora nos vigilaba a las hermanas y a mí constantemente, y si me daba por animarme a tener algún roce sexual con alguna de ella y por casualidad Sor Ángela nos sorprendía eso suponía mi fin como sacerdote, pues me expulsarían de la iglesia. Y en verdad digo que no era fácil convivir con aquellas mujeres, criaturas celestiales y hechas para delicia y tormento de un pobre pecador como yo lo he sido siempre. Pongo por ejemplo del sufrimiento que me infringía aquella situación de abstinencia sexual, el día en el que habiéndome ausentado unos minutos de la sacristía, donde dejaba los enseres de la liturgia, regresé y sin que ella me viera, pude sorprender a una de las monjas sentada en mi habitual lugar de lectura, con el hábito remangado y acariciando su sexo frenéticamente con una de sus manos.
Pude entrar y sermonearle, pero era tan sublime el espectáculo que me ofrecía y tal la seguridad que tenía de que nadie llegaría a interrumpirlo, que allí, oculto desde un rincón preferí no perder detalle. Además ella no se daría cuenta de mi presencia tampoco, pues se hallaba con los ojos entornados y gozando cuan pecadora empedernida.
¡Qué Dios me perdone, pero no podía dejar de admirar a aquel ángel procurándose placer a si misma! La reconocí: era Sor Purificación, una de mis monjas favoritas del convento, por su sensualidad y belleza. ¡Qué forma de gozar con sus dedos! ¡Qué manera de darse gusto! Su cara era la mismísima expresión del placer. El esfuerzo que hube de hacer por reprimir la tentación y no abalanzarme a acariciarla yo mismo fue enorme. Sin embargo no me privé de remangarme la sotana y echar mano de mi durísima verga para masturbarme yo también.
Era mejor así, podría ocultarme o disimular mi tarea si alguna otra monja entraba. ¡Qué escándalo si la madre superiora nos pillaba...! Sor Purificación gemía tenuemente y eso me hacía enloquecer de placer. Procuré alargar el placer todo lo posible y no eyacular hasta que ella también llegase al orgasmo.
Las notas musicales que dejaba escapar el órgano llegaban hasta la sacristía desde el templo, donde Sor Armonía, otra perra en celo de cuidado, tocaba las teclas con sus delicados dedos. La música sacra me excitaba más aún, como creo que sucedía también a Sor Purificación que con un aullido apagado anunció su orgasmo; yo por mi lado di unas fuertes sacudidas finales a mi polla y me corrí como nunca en mi vida.
En los días sucesivos me encontraba muy alterado. Definitivamente necesitaba fornicar con alguna de aquellas mujeres, pero la vigilancia de Sor Ángela me lo hacía difícil. ¿Y si ella misma...?
Tras las experiencias vividas en el convento, y dada mi alteración y anhelos sexuales, estuve reflexionando acerca de la idea de marcharme de allí y de ese modo evitar la tentación y la flagelación a la que el deseo me tenía sometido. Así que pensé en comunicárselo a la madre superiora, Sor Ángela en cuanto ella y yo tuviéramos la siguiente charla.
Esperaba por tanto encontrarla una tarde en el claustro como otras muchas veces cuando la hermana Sor Anunciación me comunicó que la superiora me aguardaba en su estudio privado. Así pues, me encaminé hacia allí, pero quiso el destino ofrecerme otra tórrida escena sexual antes de llegar a mi entrevista con Sor Ángela. Y es que, yendo a su encuentro, había de pasar por la galería donde hallaban las celdas o dormitorios de las monjas. Era la hora del retiro espiritual y muchas de ellas se hallaban orando en soledad.
El convento, antiguo en su construcción, aún conservaba esas puertas de grandes ojos de cerradura a través de los cuales, si mirabas con un ojo, podía verse el interior. Como pronto me iría, sentí necesidad de contemplar, quizá por última vez, el bello rostro de Sor Cristina y como todo respiraba tranquilidad y nadie había en los pasillos, fui audaz y miré por el ojo de la cerradura de la puerta de su celda.
¡Qué sorpresa tan enorme me llevé cuando vi no sólo a Sor Cristina, sino también a Sor Ascensión! ¡Y no estaban orando, sino cayendo por el precipicio del sexo entre ninfas! Sus bellos cuerpos entrelazados deleitaron mis vista durante unos instantes, pero tenía que acudir presto a la cita con la superiora y no podía demorarme. El amor entre ellas era sublime, sano, lleno de pureza y auténtica pasión. Se acariciaban, sus labios se besaban; también besaban toda su piel, sus senos, sus coños... Sus lenguas recorrían toda la anatomía de la compañera y yo creo, que no pecaban, sino que esa era su particular forma de entrar en plena comunión con Dios.
Excitado y empalmado, como dicen los libertinos, me dirigí al estudio de Sor Ángela; decidido estaba a decirle que me marchaba. Nos saludamos cortésmente como por costumbre teníamos y comenzamos a hablar de Dios y del espíritu como otras tantas veces. Sor Ángela era orgullosa y altiva; se creía estar al margen del pecado y rara era la vez que solicitaba confesión. Ella creía estar por encima del bien y del mal y consideraba en su fuero interno haber sido elegida por Dios para grandes designios.
Pero en realidad era una estúpida para ciertos temas, pues nada sabía de amor humano. Por eso creo que sentía cierto desprecio por ella, ¡qué Dios me perdone!, y que me perdone también cuando en mi pensamiento creía que lo adecuado para aquella madura mujer era que un hombre dotado de una buena verga se la metiese por el culo hasta la empuñadura a la muy orgullosa.
Es más, yo pedía que Dios me diera consentimiento a mi mismo para ello. ¡Pero qué imaginación la mía! Era hora de comunicarle mi marcha y no imaginar más lascivias. Sin embargo Sor Ángela se anticipó a mi y me habló de forma extraña de temas como el pecado y el sacrificio: como aquel que entregó su vida por nosotros. Su idea era que para salvar al resto de las hermanas feligresas de la tentación de la carne que últimamente las asaltaba, ella misma haría un sacrificio y se entregaría a los designios del maligno encarnado en forma de hombre. La abadesa me dejó impresionado, pues además no creí entender bien, sugiriéndole que me lo explicara de nuevo y más sencillamente. Sor Ángela dijo que ella entregaría su cuerpo a un hombre por tal de expiar las culpas de las demás. Quise convencerla de que eso era una necedad, pero no me quiso escuchar.
La superiora fue y cerró por dentro la dependencia en la que nos hallábamos. Supuse que quería evitar que ninguna otra monja tuviese oportunidad de escuchar nuestra conversación, pero no parecía que lo que tuviera planeado era seguir conversando. Se aproximó a mi y me dijo que el diablo me había puesto en su camino para tal “sacrificio”. Aquello me molestó e intenté disuadirla de la idea, pero ella perseveraba. Al menos, la convencí de que no era el diablo quien me trajo, sino Dios, y que mi labor bien podía ser la de un ángel. Esas palabras le gustaron y comenzó a acariciar mi rostro. Ella misma empezó a remangarme la sotana y yo no hice nada por impedirlo. Paradójicamente me decía que la respetara, pues era una mujer de Dios, pero yo no sabía como interpretar eso ya que al parecer íbamos a fornicar.
Cuando agarró mi pene se aferró a él con deseo y pasión a la vez que susurraba: “lo echaba de menos”. Supuse que aquella pecadora aún se acordaba de la estaca del padre Simón y que desde entonces sólo había deseado poder atrapar otra entre sus manos. Acaricié a Sor Ángela lo que estrictamente me permitió. Ella misma se quitó su hábito y se echó sobre su escritorio dándome la espalda. Me
dijo que su vagina era una cueva sagrada que yo no debía profanar. Eso me fastidió bastante, pues deseaba penetrarla por allí. Sin embargo me animó a sodomizarla, pues según ella por ahí disfrutaría más mi santa polla, dada la estrechez del esfínter.

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